Alejandro Duque, el baterista colombiano

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“El Duque toca como si el mundo se fuera a acabar”: escuché a lo lejos, mientras muchos lo veíamos tocar la batería y cerrar los ojos cuando el redoblante nos ponía a vivir una ilusión que terminó cuando la canción llegó a su fin.

Mientras eso pasaba y veía a Alejandro Duque tocar la batería, sudar, gritar, elevar su espíritu con el sonido, imaginé mil cosas sobre su vida; y así lo conozca un poco, lo que más sé de su vida es su batería. Nada más.

¿Cuántos conciertos lleva El Duque en su vida? No lo sabemos, incluso es poco probable que él mismo lo sepa, pero esas anécdotas aún nos las quedará debiendo este baterista colombiano, que solo debería tener la etiqueta de “uno de los mejores”, así, a secas, como se habla de los que inspiran respeto y admiración.

Más de veinte bandas de todos los géneros han pasado por las manos de este soñador, que cambió el fútbol por la música cuando solo tenía trece años, en Pereira, cuna de rock duro y metal extremo en Colombia. Allí cambió los balones y celebraciones, por el pogo, la batería y el rock; decidió que la percusión sería el motor de su alma para siempre. Bajo Tierra, Aterciopelados, Lina & Los Bandidos, Ritual, La Burning Caravan, Bohemia Suburbana, Estoy Puto, Veneno, Nadie, Dub Killer Combo, TBCB, Alerta Kamarada, entre otras y muchas otras bandas, que se dejaron contagiar por el ponche enérgico y la sangre experimentada en el escenario.

Poco o mucho se sabe sobre Alejandro Duque, poco, porque es un hombre reservado, porque siempre está detrás de la batería y solo vive para ella, es lo único que importa, y mucho, porque siempre lo observamos y es tan íntima la escena de verlo hacer música, que podemos casi adivinar lo que piensa y siente.

Duque tiene la sonrisa del rocanrol, la que demuestra felicidad, pero a su vez, tiene todo el vértigo y la malicia de la calle; su voz está trajinada quizá por los años, el cigarrillo, las noches y la fiesta; su cabellera y barba tienen el leve paso de los años reflejado en canas; su piel con tatuajes tiene las marcas de la vida; sus manos podrían ser los platos, sus pies el bombo, su corazón el redoblante, y los toms, la sangre que brota por toda su piel. Ese es Duque, un hombre del que no hay que saber mucho, solo lo necesario, verlo y más que eso, escucharlo.

Alejo ha contado parte de la historia de Colombia gracias a su batería, ha pasado por muchos momentos, y ha dejado su rol de instrumentista para ser técnico, stage manager, roadie y hasta asesor de sonido. Ha dejado grandes lecciones, como que sonar bien no es sonar duro, es sonar bien, punto. Y que una canción desde la batería debe ser simple, pero contundente. Él, quizá, es uno de los bateristas referentes para músicos que empiezan, que van y que acaban.

Y al final de este texto, que develó lo que ustedes realmente siempre ven de este baterista, reafirmo lo que dijo esa persona en aquel concierto que mi memoria recordaba, “El Duque toca como si el mundo se fuera acabar”, y yo, mientras me enfrento a esta hoja que estaba en blanco y ahora tiene solo cariño por un músico que admiro, solo espero que ese fin de los días me agarre en uno de sus solos de batería

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