Las bandas Altavoz

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En pocos días en la ciudad de Medellín, se vivirá una nueva edición de el esperado Festival Internacional Altavoz. Muchos comentarios surgieron en los muros de Facebook de quienes construyen la escena virtualmente. Bien o mal, el festival ha ido creciendo en la medida de sus posibilidades; y esta edición 2017 trae consigo riesgos artísticos que fueron asumidos por la dirección, pues le apostaron a bandas que no están clavadas en el imaginario de las personas. Sin embargo, es una decisión inteligente que le mostrará a Medellín otra realidad sonora, y la industria musical no vista desde las super estrellas saturadas por los medios, sino desde agrupaciones que quizá le aporten más a los músicos y a la acomodada escena musical de la ciudad.

En esta ocasión, la idea no es hablar del cartel de bandas que desarrollará el Festival este año, pero sí será el espacio adecuado para seguir hablando de las bandas de Medellín.

De las bandas que tienen un nombre definido y concertado por cada uno de sus integrantes, pero a su vez tienen un apellido: Altavoz. Trabajan todo un año componiendo, ensamblando, puliendo, ensayando y naturalmente comprando cuerdas, baquetas, parches y pagando salas de ensayo y transporte. En una fecha definida preparan material de presentación: brochure, fotografías y discos. Corren para no perder la hora de entrega y esperan ansiosos los resultados de dicha convocatoria. Pero si pasa que no están dentro de los “ganadores”, de inmediato se sumergen en un hoyo negro que parece no tener fondo, o en el peor de los casos, esa agrupación con nombre y apellido sencillamente se acaba, pues su meta era “tocar en Altavoz”.

De esto es de lo que quiero hablar, de la comodidad en la que se han establecido algunos proyectos musicales, que no crean música sino pensando en una época del año y en un espacio definido, que en este caso puede ser Altavoz, Feria de Flores, Circulart, u otros. Estas agrupaciones no imaginan un mundo diferente a éste y su zona de confort se limitó a esperar resultados para participar en espacios que se realizan cada año, lo que genera falta de independencia, creación y autogestión.

Sin duda alguna, Altavoz ha sido una ventana de profesionalización y cualificación de las bandas de la ciudad, que año tras año, ha brindado espacios para que éstas maduren y se afronten como proyectos de vida más allá de hobbies. Pero también es cierto que no es el único escenario; que los festivales independientes viven en la ciudad, que los circuitos locales funcionan, que Antioquia tiene escenarios a la espera de descentralizar y definitivamente, que la autogestión sigue siendo una propuesta que el mismo rock nos enseñó.

Altavoz y otros espacios, aunque se han convertido en políticas públicas de la ciudad, no tienen asegurada la eternidad. Puede llegar una administración sin visión cultural y estos espacios sencillamente acaban. ¿Qué sería entonces de estas bandas? La música de la ciudad no se debe hacer cuando un festival diga, debe hacerse a diario y además, debe crecer por sí misma. Las bandas deberían nacer, crecer por si solas, y con el Altavoz fortalecerse para continuar su proceso, más no nacer, crecer y morir tras el festival.

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