NicolaiFella, una tinta que suena a rap

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¿El mundo está hecho de átomos? No, el mundo está hecho de historias, y este escritor rebelde y musical tiene todas por contar. Por eso, sagradamente, como un obrero de la escritura, como un arquitecto de sueños sonoros jamás imaginados, Nicolás Barragán, conocido como NicolaiFella o como Mc Mr Error, sale a la calle a buscar historias, a conocer personas, a escudriñar conversaciones o simplemente a parpadear mientras el mundo pasa enfrente suyo. Luego, como un ritual inamovible, a las once en punto de la noche, en la tranquilidad de su casa, de su espacio, usa su cama de escritorio o de aeropuerto, abre la ventana bajo el cielo del barrio Carlos Llegas Restrepo en Bogotá, prende un cigarrillo y se deja llevar por el olor del café y de las palabras que se cruzan por su mente. A las seis de la mañana, mientras unos están despertando y él sigue despierto, cierra el computador, deja la mente en quietud y duerme todas las palabras, todos los sueños que ya imaginó en su pluma.

Su cabeza es un diccionario, y su corazón vibra con las miradas del público que corea sus canciones como himnos de vida. Nicolás no imagina sus historias cantadas, las vive y por eso el público las hace suyas, las siente reales y las hace parte de su vida, él ante eso solo expresa gratitud, y prefiere ser fan de su gente antes que ser un rockstar más.

Día a día, además de escribir, rapear, ensayar e imaginarse toda una vida viviendo de la música, de Los PetitFellas, este personaje le dedica tiempo a su familia, a hablar de fútbol con su papá, un rolo enamorado de el Club Deportivo Los Millonarios y a estar en complicidad con su mamá, una boyacense que con sus palabras guía su vida.

Cada una de sus canciones es una libreta, bien escrita, y también tachada para recordarse a sí mismo cuánto le costó, cuánto le dolió cada palabra y que siempre todo puede ser mejor. Esa exigencia, hoy en día, da como resultado ser considerado uno de los mejores letristas de la música actual colombiana. Su corazón es una efervescencia sonora constante, por eso sus latidos no solo rapean, también gustan del blues, del jazz, del ruido del rock y de la tradición sonora de su padre, la salsa.

Nicolás quiere vivir de hacer canciones, es su sueño y a diario trabaja para lograrlo. No se conforma con lo que hace, repite, borra, va, vuelve, canta, y saca lo mejor de su alma. Una de sus canciones puede tardar meses en escribirse, y si así tiene que ser, para él está bien. Es un personaje que cuestiona, que a veces incomoda con sus letras, con sus canciones, como debe ser el arte, incómodo y real, y por fortuna aún tiene más preguntas que respuestas ¿Podré llenar la nevera con esto? ¿A cuántos versos estoy de la muerte? ¿Qué de la religión, si Dios fuera mujer? ¿En la guerra puede haber empate? ¿Por qué al amor ya no le gustan las flores y el chocolate? ¿Qué demonios queda después de la soledad? ¿Cuál es el color preferido del camaleón? ¿Cuál es la opinión de la moral en las escuelas? ¿Si al mundo no lo cambia el amor, quién lo puede hacer? Y nos hace una invitación: Amen en vez de amén. Sí, así, sin tilde.

Y esta historia, no como todas, termina con final abierto, porque Nicolás sigue construyendo la historia de la música en el país con sus letras, con su corazón y con la tinta de un lapicero que suena a rap.

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