Rodolfo Aicardi: la voz de los diciembres

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Como una locomotora a todo vapor, sin descarrilarse, sin pensar en la noche o en el día, la voz de Rodolfo Aicardi aparece para convertirse en tradición, en símbolo patrio, en bandera, escudo, altar, en religión incuestionable y en el himno mejor cantado. También se transforma en familia, en fiesta y melancolía, en guayabo y baile hasta el amanecer. Su tono agudo, metálico, brillante, exagerado, potente e inalcanzable, fue capaz de interpretar todos los géneros musicales, desde el bolero, la música popular, pasando por la ranchera, la salsa, la música tropical y hasta el rock.

Esa voz llena de potencia y vitalidad interpretó todos los compases de emoción, todas las historias de vida, los amores, los desamores, las mujeres, la calle, la falta y la abundancia de dinero, las muertes, los problemas y la alegría de todo un continente que tiene su voz clavada en el corazón, como el más hermoso e inefable de los recuerdos.

Esa voz, que también es mía, nuestra, de todos, perdurará por siempre; misteriosa, inexplicable, cinematográfica, dolida, sincera, esa voz que siente y vive cada palabra, cada tono, cada cadencia, esa voz que pocas veces estuvo mal, y cuando lo estuvo sonó bien, esa voz que es fiesta, desamor, es parranda en la calle, aguardiente, natilla, buñuelo y sancocho bajo el sol de domingo, es luces iluminadas y comida por doquier, es explosiones, pirotecnia, es la verdad, la realidad, y la historia de todo un pueblo, de un corazón que late música.

Mientras esa voz imitó a un perro ladrar, mientras gritaba insistentemente que bailáramos hasta las seis de la mañana, mientras nos gritó al oído el popular ¡Ueyyy!, se convertía en güiro, en el piano de la salsa pesada, en el bajo de Los Hispanos y el timbal de Fruko y sus Tesos, en las historias del Joe, en la elegancia de Lucho Bermúdez y en la inteligencia y sonrisa de Antonio “Toño” Fuentes. Sus animaciones son himnos que se gritan en el barrio, que se recuerdan con cariño y que ahora se convierten en idiosincrasia, en agua panela por la mañana, en el verde de las montañas de Antioquia.

Por estas y por muchísimas más razones, la voz de Rodolfo Aicardi perdurará, porque representa al costeño, al rolo, al valluno, al pastuso, al paisa, al colombiano, al latino, al indígena, al que simplemente la quiera escuchar y hacer parte de su vida. El baile tiene un nombre y un apellido: Rodolfo Aicardi, el juglar del ritmo, el Inmortal, el insuperable, el eterno, el rey de los diciembres, el apóstol de la alegría, el que cantó a ricos, pobres, buenos, malos y al que gracias a su voz dorada, triunfadora en cualquier lugar del mundo, somos felices bailando y cantando.

Esta voz de la que les hablo nos acompaña desde inicios de los años sesenta y por fortuna no se va a extinguir nunca, porque su sonido ahora es ADN generacional. A Rodolfo le debemos mucho, las fiestas, las alegrías, los diciembres en felicidad, pero él también nos debe a nosotros, pues su voz se debe a su gente, a la del barrio, a las personas que decidieron adoptarlo como su familia. Por esas deudas Rodolfo sigue acá, como el presente sonoro que nunca nadie nos va a apagar.

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