Alejandro Duque, el baterista colombiano

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“El Duque toca como si el mundo se fuera a acabar”: escuché a lo lejos, mientras muchos lo veíamos tocar la batería y cerrar los ojos cuando el redoblante nos ponía a vivir una ilusión que terminó cuando la canción llegó a su fin.

Mientras eso pasaba y veía a Alejandro Duque tocar la batería, sudar, gritar, elevar su espíritu con el sonido, imaginé mil cosas sobre su vida; y así lo conozca un poco, lo que más sé de su vida es su batería. Nada más. Continuar leyendo

20 años buscando un disco Bajo Tierra

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Si el rock es calle, debajo de la calle hay tierra. Y esta historia sí que tiene calle, tierra y rocanrol. Finalizando los 90, era un puberto curioso y deseoso de nuevos sonidos. Caminé por muchos barrios con una maleta Lesportsac negra decorada con parches de I.R.A, Dead Kennedys, The Clash, la carita de Nirvana, y una A de anarquía que yo mismo plasmé con pintela color rojo. En ella guardaba los casetos, los nuevos y los que me prestaban, llegaba a casa, ponía a reproducir y a grabar al mismo tiempo, mientras hacía los libritos que iban dentro de la caja. En esa rutina no solo llegué a casa de amigos y desconocidos que vendían música por catálogo, sino también a los San Alejo en el Parque Bolívar, al Pasaje San José, donde no le vendían música a todo el mundo y me tuve que ganar ese mérito. Igualmente llegué al Paseo La Playa, y transité caminando o en bus de Bello a Itagüí, de Laureles a Robledo, en busca de música para mi colección.

Un día, uno de esos amigos de música me llamó y me dijo: “tengo el Lavandería Real y en CD”. Yo no sabía quiénes eran, ni cómo sonaban, pero yo le creía, sabía que era un buen disco. Nos encontramos en unas escalas en Itagüí. Él sacó el CD de su bolso, me lo mostró y abrimos el librito para verlo. Decía: BajoTierra – Lavandería Real, todo eso en un círculo rojo con franja amarilla.

A los segundos le dije: -“¿Puedo ir a grabarlo?, prometo no demorarme”.

-No es mío y ya vienen a reclamarlo- Respondió negativamente el melenudo amigo.

Sin embargo, luego de insistir, me dejó ir corriendo a grabarlo. Llegué a casa agitado, preparé todo, y empezó la captura. Cuando iba por la tercera canción -Jimmy García- tocaron a mi ventana, era momento de entregar el CD.

Esos tres tracks: Intro-Justiciero, Las Puertas del Amor y Jimmy García, los escuché por 9 meses seguidos, todos los días. Luego, ese mismo disco lo encontré en la casa de una prima, al lado de otros de U2 y The Smashing Pumpkins. Lo tomé prestado, lo grabé en casete y pude escucharlo, pero a los días mi grabadora murió. Parecía que la vida no me dejaba tener el Lavandería Real de Bajo Tierra. A los años, cuando ya Youtube se consolidaba como nuestro reproductor de música, compré el disco, más caro que hace 10 años, y lo guardé como tesoro. En una fiesta de amigos desapareció mágicamente. Vaya amigos los que tengo. Espero el que lo tenga lo disfrute como nunca.

Y todas estas historias las cuento porque en el 2016 este disco generacional cumple 20 años. Dos décadas de agitar la vida, de musicalizar a Medellín, de hacer historia y convertirse en crónica de la calle, en mito, en orgullo para nuestro rock colombiano.

11 canciones que son raíz, influencia y esencia, no solo para fanáticos, sino también para los músicos de vieja data y la nueva sangre que hace rocanrol en Colombia. Un disco para tener en el estante, para guardar en el corazón. Y como bien cuento, luego de 20 años aún no tengo esta producción fundamental para mi vida. Por eso si a usted le sobra uno, o simplemente le conmovió esta trágica historia de pérdidas, hallazgos, rocanrol, y mucha tierra caminada, pues véndalo o dónelo a este humilde fan fatal.

 

Camilo Suárez, una aguja por el surco del asfalto

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Vestía camiseta roja, con una “CH” encerrada en un corazón, y aunque no era un chapulín, no paraba de agitar las manos y de moverse para alentar al público, saltando de lado a lado como una pelota de hule en ese escenario repleto de rock. Usaba un chipote chillón para detener el tiempo: con un golpe se detenían los músicos y el público, y con dos, formaba una fiesta protagonizada por las melenas, los gritos y el olor a juventud. Para los que vivieron este momento, seguro lo tendrán grabado en su memoria.

A ese personaje caricaturesco, llamado Juan Camilo Suárez Roldán Martínez, le decían “Burro”, cuando entre risas en la tarima, presentaban a la banda llamada Bajo Tierra, como la quebrada Santa Elena pasando por la avenida La Playa. Su sonido, sin mucha pretensión, impactaba, y cantaba historias que los muchachos no paraban de tararear, de silbar, de bailar. Bajo Tierra le cambió el horizonte sonoro, el presente y el futuro al rock colombiano.

Paralelo a esta banda, la voz del Burro sonaba en Los Cucuyos, una banda integrada por Federico López, Lucas Guingue, Jaime Pulgarín “Papo” y Pedro Villa, de la que hoy sacaríamos una gran agrupación de rock nacional. Ellos alumbraban su sonido con covers de The Clash y otras bandas que resonaban en su cabeza. Y antes, este personaje también debutó en Cancerbero, una banda creada en 1987, con la sonoridad propia de la época, de los instrumentos hechizos y las ganas frenéticas de rocanrol.

Años después, El Burro aparece como un maduro parlanchín del rock, con menos cabello en su cabeza, más delicadeza y elegancia en sus movimientos, y con un atuendo digno de todo un don. Sus nuevas historias se materializan en la agrupación Parlantes, y con ella, nos sigue cumpliendo sueños sonoros a los amantes del rock hecho entre montañas.

Hablamos a través de un chat un miércoles en la noche. Le pregunto si le molesta, si le gusta chatear. Responde con un no y sonríe con una carcajada que no suena en la pantalla: “Normal, mejor conversar. Aquí la cerveza es en muñequitos, ¡salud!”.

Le pregunto por la primera canción que le voló la cabeza pero no la recuerda. “Es muy difícil hacer memoria de ese momento, porque justamente me voló la cabeza”. Sin embargo, la pregunta lo remite a la casona amplia donde creció al lado de sus padres, en el barrio La Castellana en Medellín, donde antes todo eran mangas. Allí escuchaba música en un radio viejo azul, lo último en tecnología, dos pilas pequeñas y a sonar. El radio pasó por sus manos pero también por las de Zunilda, Rosario, Matilde y Ofelia, las señoras que cocinaban y limpiaban la casa. En su barrio escuchó a “Perales”, el pregonero que pasaba cantando cuanta melodía se le atravesara. Esas tonadas a alto volumen le cambiaron el mundo, y fueron, quizá, las primeras que le volaron la cabeza.

¿Por qué Burro? “Dicen, porque soy de carga y paso fino, por el villancico y por el malevo Cambalache ‘lo mismo un burro que un gran profesor’.”

Él, un candidato a doctor por lo que lee y escribe, es un maestro en el arte de hacer canciones y convertirlas en historias de ciudad y en himnos generacionales que se cantan con el corazón. Otra cerveza en emoticón, un abrazo a la distancia y un chat que se cierra a las 9:12 de la noche.

Como músico, letrista y cantante, Camilo se apropia de la ciudad y de sus historias, mientras que con sus manos canta lo que su boca va narrando. El Burro le hace guiños a la poesía, a los escritores, a los vendedores de ciudad, a las historias escondidas bajo la clandestinidad de los semáforos. Su rol se vuelve canto peregrino, pregón de calle con el glamour que solo da lo que ha leído, lo que ha cantado, lo que ha vivido, como un disco rayado, como un canto rayado, como un canto rodado, como un judío errante que canta los pasos, como una aguja por el surco del asfalto.