Jeihhco: un guerrero que pelea la vida con hip hop

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La primera vez que hablé con Jeihhco fue a través de un chat. Él, muy molesto, me exigía qué hablara de algunos procesos del rap en la Comuna 13 en Medellín. Me invitó a acercarme y a no obviar la trayectoria de “Revolución sin muertos”, en ese momento el festival que él mismo lideraba. Fue una conversación tensa, nada amistosa ni cordial.

De entrada el contacto no empezó bien. Sin embargo a través del tiempo, entendí la importancia y el trabajo desinteresado que este ser musical y bonachón, le regala a la música del país. Con cada paso, con cada palabra, con cada movimiento de manos, con cada rima, Jeihhco nos dice “Aquí si hay amor”.

Él no hace hip hop, él mismo es hip hop, la calle es su hogar, la gente sus hermanos, su compañía; y la música, sea cual sea, su motor para respirar, fuerte, tan fuerte que rompe el aire. A mediados de los años 90 conoció ese ritmo poderoso de human beatbox e historias, el rap. Se enamoró, y desde ese momento ningún anochecer, ni despertar, carecen de ritmo, de bombo y caja.

Su nombre es Jeison Castaño, pero nadie lo sabe. Él mismo construyó su identidad, él mismo proyectó su futuro y su vida con el alias de Jeihhco: JEI (Por su nombre)HH (Por el hip hop) CO (por el lugar que ama: Colombia) y a través de esta propuesta de héroe musical, este personaje ha creado festivales, agrupaciones, canciones, memoria e historia, todo con un beat, una libreta y las ganas de cambiar el mundo entero. Ha despedido amigos por culpa de la violencia, y él con un cariño verdadero los inmortaliza, con arte, con grafittis y canciones, para su ciudad, su país y su corazón. Pero además de despedir, también ha recibido niños y jóvenes y los ha enrutado en el mismo camino que el decidió recorrer.

Para Jeihhco el amor y la paz, no son palabras gastadas, son realidades que tenemos que vivir a diario y que él, las vive desde la propuesta, la ayuda al otro, desde las realidades de su barrio, desde el rap, desde el hip hop.

Por eso este personaje de risa permanente y pasos cadenciosos es inspirador. Por su capacidad de transformar realidades, por su música y su apuesta de vida, por ser cronista desde las canciones, por amar lo que hace y contárselo al mundo.

Y como el bombo y la caja, el corazón de este rapero de Medellín sigue latiendo, con la fuerza de sus canciones, y con las calles impregnadas como el tatuaje más hermoso y doloroso que jamás pueda existir.

¿Qué sería de la vida sin música?

Siguiendo de cerca como periodista musical el circuito de los músicos independientes de Medellín y Colombia, de estar cerca también de los conciertos realizados en la ciudad y de las bandas que están proponiendo nuevas estéticas auditivas; veo una clara evolución con respecto al trabajo de los músicos y de la escena musical así, otros digan que no, que todo va de cabezas. Llego a este cuestionamiento, precisamente por la lectura de un documento sobre la vida de los afganos en la que básicamente cuentan la historia de la abolición de la música en la cultura afgana por parte de dos eruditos islámicos.

Estas manifestaciones de exclusión las hemos visto reflejadas en la historia en muchas oportunidades desde la música negra con el blues y el jazz al ser sonidos exclusivamente para la raza negra, la mismísima salsa con el recelo de los cubanos por sus composiciones y arreglos, hasta el ámbito religioso que se remonta a la época del genialísimo Mozart cuando quien reproduciera o transcribiera la obra “Miserere” utilizada en la capilla Sixtina los miércoles y viernes de la Semana Santa quedaba bajo pena de excomunión y para no irnos muy lejos, con los estigmas por el rock y las músicas urbanas en la sociedad actual.

También un referente importante dentro de la censura de la música en Suramérica es precisamente Argentina, donde la censura de la música popular y sobretodo del lunfardo que era catalogado como la jerga de los delincuentes, se evidenció como una forma más para protestar por la libertad de expresión.

Con la guerra de Malvinas nació una de las etapas más oscuras de la historia argentina y a la vez, una de las más brillantes del rock nacional, debido al reflotamiento del mismo por parte de los medios de comunicación y al cierre del mercado musical, lo que creó que las producciones nacionales fueran valoradas como tal. La Guerra de las Malvinas fue en cierta manera la que potenció lo que conocemos hoy como Rock Argentino, el grandísimo Rock Argentino que es influencia directa para muchos países latinoamericanos con respecto a la música.

Por eso no vamos de cabeza, porque hablando de Medellín y del movimiento musical que se vive en la ciudad, podemos destacar la gran producción de videoclips de bandas musicales, la consolidación de festivales independientes, el surgimiento de nuevos e interesantes géneros y también la materialización del trabajo de los músicos a través de buenas producciones discográficas. Eso no es poco.

Medellín sin duda, según los antecedentes antes mencionados, se está convirtiendo paso a paso, lentamente y aprendiendo de su propia experiencia, en una ciudad propositiva, plurigenérica y representativa en cuanto a la música, pero la censura musical en la ciudad al parecer, va por otro lado, ¿cómo tolerar actos de violencia contra los músicos?¿Cómo tolerar la muerte de varios jóvenes raperos de la Comuna 13 –Yhiel, Colacho, Marcelo Pimienta, Medina, El Gordo-, o la muerte de Rasta, líder del rap en Medellín desde hace más de una década o la muerte de El Pollo Músico de la agrupación de Techno (Automático) de la Zona Noroccidental, o de dos guitarristas representativos de la escena metalera de la ciudad– Monsa y Néstor-, o simplemente el acto bochornoso del Altavoz clasificatorio de Hip Hop de hace algunas ediciones cuando bajaron a un grupo a punta de botellas plásticas porque simplemente no les gusta la música?

Pensemos un poco en estas situaciones, la música no puede hacer parte de la violencia de esta ciudad. Porque, ¿Qué seria de la vida sin música?…