Estamos buscando #ElDiscoColombiano 2017 ¿Cuál es el tuyo?

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Se acerca el fin de año, y ya se hace costumbre en El Colombiano, el ejercicio editorial de @Elfanfatal por encontrar las historias musicales que han contado los músicos del país. La búsqueda discográfica tiene como propósito mostrar y resaltar las producciones sonoras de diversos artistas de todo el territorio, y lo queremos hacer con las propuestas que no están en el boca a boca de la industria mundial y que merecen estarlo. Más que una apuesta por lo independiente o alternativo, es una ventana que queremos se expanda a los nuevos universos sonoros, y una invitación para conocer discos completos, además, para deleitarnos con obras creadas acá en Colombia.

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Entrevista a Vetusta Morla (España)

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Es un buen momento para el rock de España, y desde hace muchos años nos visitan en Colombia agrupaciones como Ilegales, Radio Futura, El último de la fila, Héroes del Silencio, Nacha Pop, Extremoduro, Los Rodríguez, Alaska y Dinarama, entre muchas otras.

Pero este momento es quizá de los más interesantes para esa nueva ola del sonido español que llega con la necesidad imperiosa de contar esta nueva realidad de Iberoamérica.

Desde hace unos años nos visita con agrado el sonido de una agrupación literaria por excelencia. Una que canta sus historias porque no le queda de otra, porque tiene la necesidad y responsabilidad de la creación de ambientes sonoros para las historias que viven.

Vetusta Morla es una banda que se reencuentra, que se aleja de sus influencias, que experimenta con el cadáver exquisito, con las luces que iluminan sus escenarios, con las texturas, con el terciopelo sonoro que le han dado los años de trabajo, de textos y de canciones compartidas.

Ya se publicó el nuevo disco de Vetusta Morla “Mismo Sitio, Distinto Lugar”, un disco que emociona, que es un mapa de encuentros y desencuentros, de melancolías y de finales abiertos que no quieren concluir. Como sus otras placas discográficas es un disco exigente literariamente, que nos deja interpretaciones abiertas para la escucha, nos encripta el mensaje en guitarras que se redescubren en cada canción y que nos pisa los talones con la melancolía de ese rock poético que se niega a morir.

A raíz de su lanzamiento, hablé con Guillermo Galván, guitarrista y compositor de la banda.

 

 

 

 

Jeihhco: un guerrero que pelea la vida con hip hop

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La primera vez que hablé con Jeihhco fue a través de un chat. Él, muy molesto, me exigía qué hablara de algunos procesos del rap en la Comuna 13 en Medellín. Me invitó a acercarme y a no obviar la trayectoria de “Revolución sin muertos”, en ese momento el festival que él mismo lideraba. Fue una conversación tensa, nada amistosa ni cordial.

De entrada el contacto no empezó bien. Sin embargo a través del tiempo, entendí la importancia y el trabajo desinteresado que este ser musical y bonachón, le regala a la música del país. Con cada paso, con cada palabra, con cada movimiento de manos, con cada rima, Jeihhco nos dice “Aquí si hay amor”.

Él no hace hip hop, él mismo es hip hop, la calle es su hogar, la gente sus hermanos, su compañía; y la música, sea cual sea, su motor para respirar, fuerte, tan fuerte que rompe el aire. A mediados de los años 90 conoció ese ritmo poderoso de human beatbox e historias, el rap. Se enamoró, y desde ese momento ningún anochecer, ni despertar, carecen de ritmo, de bombo y caja.

Su nombre es Jeison Castaño, pero nadie lo sabe. Él mismo construyó su identidad, él mismo proyectó su futuro y su vida con el alias de Jeihhco: JEI (Por su nombre)HH (Por el hip hop) CO (por el lugar que ama: Colombia) y a través de esta propuesta de héroe musical, este personaje ha creado festivales, agrupaciones, canciones, memoria e historia, todo con un beat, una libreta y las ganas de cambiar el mundo entero. Ha despedido amigos por culpa de la violencia, y él con un cariño verdadero los inmortaliza, con arte, con grafittis y canciones, para su ciudad, su país y su corazón. Pero además de despedir, también ha recibido niños y jóvenes y los ha enrutado en el mismo camino que el decidió recorrer.

Para Jeihhco el amor y la paz, no son palabras gastadas, son realidades que tenemos que vivir a diario y que él, las vive desde la propuesta, la ayuda al otro, desde las realidades de su barrio, desde el rap, desde el hip hop.

Por eso este personaje de risa permanente y pasos cadenciosos es inspirador. Por su capacidad de transformar realidades, por su música y su apuesta de vida, por ser cronista desde las canciones, por amar lo que hace y contárselo al mundo.

Y como el bombo y la caja, el corazón de este rapero de Medellín sigue latiendo, con la fuerza de sus canciones, y con las calles impregnadas como el tatuaje más hermoso y doloroso que jamás pueda existir.

Alfonso Lizarazo, un visionario de la música

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Quizá muchos recuerden el nombre de Alfonso Lizarazo con la etiqueta del humor, por su mítico paso por uno de los programas más representativos de la televisión colombiana “Sábados felices”, pero este nombre y apellido, no solo cargan con la historia del humor y la televisión, sino también con la de la radio, los descubrimientos musicales y el surgimiento del rock y la balada en Colombia. Desde temprana edad Lizarazo sabía qué quería hacer de su vida, sin embargo, los azares del destino lo llevaron a la radio, donde empezó un hermoso camino que tenemos que agradecer. Radio 15 fue su primera casa, allí a través de su trabajo y de su tacto visionario al lado de Carlos Pinzón, pudo reconocer nuevas tendencias que llegaban a Colombia en los años 60. Óscar Golden, Lyda Zamorá, Los Yetis, Los Speakers, Los Flippers, Vicky, Los Ampex, Ana y Jaime, Harold, Juan Nicolás Estela, Pablus Gallinazus, Fausto de América, entre muchos otros artistas, pasaron por sus micrófonos, como una premonición de lo que sería nuestra identidad sonora colombiana.

En ese trabajo de escuchar y sonar nuevos artistas, Lizarazo se convirtió en una figura importantísima del disc jockey en Colombia, que descubría música y la programaba para el público; fue así que inicio una nueva generación de músicos, que fue llamada Nueva Ola. A través de este movimiento que era romántico, revolucionario y sonoramente internacional, se consolidó el inicio de nuestro sonido rock and roll, que era etiquetado como yeyé o gogó, y que sin darnos cuenta nos cambió la vida.

Posteriormente Alfonso trabajó para la tv en los programas Juventud Moderna y Estudio 15, dos producciones vitales donde pudo evidenciar los procesos musicales del mundo y unirlos a lo que se vivía en Colombia. Allí nacieron por fortuna muchos de nuestros artistas. Esta solo es una pequeña muestra del brillante y admirado camino de un grande en todo el sentido de la palabra. Por esto y mucho más, Lizarazo es importante para nuestra historia e idiosincrasia musical; lastimosamente no todo el mundo dimensiona lo que significa para los medios de comunicación en Colombia y sobretodo para la música y el rock colombiano. Un ser visionario que vio propuesta y evolución en el sonido nacional. Alfonso, no te olvidamos, pero más que eso, agradecemos tu amor y compromiso por el sonido nacional.

Un ruido legendario pasó por Medellín

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Un escenario simple, con tres amplificadores, ocho pedales de efectos y una guitarra colgando de un lado a otro, recibió a uno de los músicos más revolucionarios, a uno de los 33 guitarristas más importantes de la historia del rock, Lee Ranaldo, miembro fundador y artífice del noise en la ruidosa y admirada agrupación Sonic Youth, una visita inesperada y necesaria para el momento musical que vive Medellín.

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¿Sabes cuánto vale tu concierto?

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No es un secreto que a muchas propuestas musicales del país les falta cancha y profesionalismo a la hora de analizar su proyección y circulación. Y empiezo diciendo esto, por algunas experiencias cercanas que he tenido con el valor económico de los conciertos, el pago que merecen los músicos, y el abuso de muchos contratantes.

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¿No le gusta el reggaetón? Entonces respete

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Ilustración por: Fulaleo

Hace pocos días leía un artículo donde una emisora prohibía la rotación del reggaetón dentro de su parrilla de programación. Esta situación es muy respetable, pues cada medio de comunicación tiene su filtro, su curaduría y estética sonora. Además de esto, es un proceso sano, pues son muchas las radio frecuencias que tienen como banda sonora este género.

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Edson Velandia: crónicas amargas para endulzar los oídos

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De niño era cabezón, “un enano mal hecho” decían por ahí. Nació el 19 de noviembre de 1975 en Bucaramanga. Inquieto, gritón y gran dibujante. La música para ese tiempo de travesuras y suciedad en las manos no era ni un camino, ni un placer.

Solo hasta sus 15 años apareció la música, en forma de vals, como un castigo por ser indisciplinado en su colegio. Lo escogieron a dedo como venganza por sus múltiples travesuras para representar a su grupo en un concurso musical. En los parlantes sonaba Tiempo de vals de Chayanne, la canción infaltable para toda quinceañera, esta vez en la voz de Edson. Ese castigo fue divino, en ese momento inició su romance con la música. “Debo agradecerle mucho a Chayanne, me permitió conocer la magia que hay entre la melodía y la armonía, el misterio que se siente cuando uno canta. Esa sensación me puso los pelos de punta. Pocas veces en la vida voy a volver a sentir lo mismo”.

Velandia me contó esta hazaña curiosa y paradójica un martes en la mañana, luego de día festivo. No paramos de reír, mientras su vida se hacía verso entre dos micrófonos encendidos. Las risas e historias aparecieron en su boca. Sus manos no pararon de moverse, se quitó su boina roja 4 veces, la misma que hacía juego con sus pantalones de colores indescifrables. Y aunque no tenía guitarra, los versos y el humor inteligente le salían de la boca, como preparados con anterioridad.

En Bucaramanga, en los años ochenta, luego de un curso corto de guitarra, con los primeros tres acordes que le enseñaron: re, la y sol, Edson hizo su primera canción. No recuerda cómo era, pero en su memoria quedó un coro que gritaba “porquería”.

Luego de más de 20 años de esta historia, Edson vive en el campo al lado de su esposa y sus dos hijos, Naira y Luciano, a quienes educa bajo su mismo método, en casa y con amor. Allí, a 60 minutos caminando del centro de Piedecuesta en Santander, en su casa de campo, Edson demuestra que se le puede hacer canciones al acto más simple. Ha creado música maravillosa para el país; rebelde, grosera, cercana, real. Crónicas cantadas, con guitarra y con una voz a la que no le da miedo atreverse a ser diferente en un país godo y tradicional.

Este pirómano de bibliotecas, este karateca de la guitarra, este trovador de la calle y acróbata de la vida que tiene agrieras en el pensamiento y náuseas en la conciencia, es una genialidad musical de nuestro país. Si Argentina tiene a Les Luthiers, nosotros tenemos a este vagabundo cancionista. Se levanta temprano y en vez de trotar “como un bobo” se va caminando hasta el pueblo a mercar para el almuerzo. En este trayecto, mientras camina, mientras se alimenta de todo lo que ve, crea sus crónicas, sus fábulas musicales que han endulzado los oídos de todos los que buscan una forma atípica de oír la vida.

Le pregunto por su sonido preferido.

– El grito ¡Papá! de mi hija.

¿Y él que más le molesta? – Ese mismo. Ríe a carcajadas.

¿Un libro? – El libro gordo de petete.

¿Una canción? – Mula Hijueputa, de Octavio Mesa.

¿Película? -Por mis pistolas, Cantinflas.

¿Un viaje? -Volver al futuro.

¿Una guitarra? -La guitarra verde que mi papá le prestó a José Ordóñez padre y nunca la devolvió..

Camilo Suárez, una aguja por el surco del asfalto

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Vestía camiseta roja, con una “CH” encerrada en un corazón, y aunque no era un chapulín, no paraba de agitar las manos y de moverse para alentar al público, saltando de lado a lado como una pelota de hule en ese escenario repleto de rock. Usaba un chipote chillón para detener el tiempo: con un golpe se detenían los músicos y el público, y con dos, formaba una fiesta protagonizada por las melenas, los gritos y el olor a juventud. Para los que vivieron este momento, seguro lo tendrán grabado en su memoria.

A ese personaje caricaturesco, llamado Juan Camilo Suárez Roldán Martínez, le decían “Burro”, cuando entre risas en la tarima, presentaban a la banda llamada Bajo Tierra, como la quebrada Santa Elena pasando por la avenida La Playa. Su sonido, sin mucha pretensión, impactaba, y cantaba historias que los muchachos no paraban de tararear, de silbar, de bailar. Bajo Tierra le cambió el horizonte sonoro, el presente y el futuro al rock colombiano.

Paralelo a esta banda, la voz del Burro sonaba en Los Cucuyos, una banda integrada por Federico López, Lucas Guingue, Jaime Pulgarín “Papo” y Pedro Villa, de la que hoy sacaríamos una gran agrupación de rock nacional. Ellos alumbraban su sonido con covers de The Clash y otras bandas que resonaban en su cabeza. Y antes, este personaje también debutó en Cancerbero, una banda creada en 1987, con la sonoridad propia de la época, de los instrumentos hechizos y las ganas frenéticas de rocanrol.

Años después, El Burro aparece como un maduro parlanchín del rock, con menos cabello en su cabeza, más delicadeza y elegancia en sus movimientos, y con un atuendo digno de todo un don. Sus nuevas historias se materializan en la agrupación Parlantes, y con ella, nos sigue cumpliendo sueños sonoros a los amantes del rock hecho entre montañas.

Hablamos a través de un chat un miércoles en la noche. Le pregunto si le molesta, si le gusta chatear. Responde con un no y sonríe con una carcajada que no suena en la pantalla: “Normal, mejor conversar. Aquí la cerveza es en muñequitos, ¡salud!”.

Le pregunto por la primera canción que le voló la cabeza pero no la recuerda. “Es muy difícil hacer memoria de ese momento, porque justamente me voló la cabeza”. Sin embargo, la pregunta lo remite a la casona amplia donde creció al lado de sus padres, en el barrio La Castellana en Medellín, donde antes todo eran mangas. Allí escuchaba música en un radio viejo azul, lo último en tecnología, dos pilas pequeñas y a sonar. El radio pasó por sus manos pero también por las de Zunilda, Rosario, Matilde y Ofelia, las señoras que cocinaban y limpiaban la casa. En su barrio escuchó a “Perales”, el pregonero que pasaba cantando cuanta melodía se le atravesara. Esas tonadas a alto volumen le cambiaron el mundo, y fueron, quizá, las primeras que le volaron la cabeza.

¿Por qué Burro? “Dicen, porque soy de carga y paso fino, por el villancico y por el malevo Cambalache ‘lo mismo un burro que un gran profesor’.”

Él, un candidato a doctor por lo que lee y escribe, es un maestro en el arte de hacer canciones y convertirlas en historias de ciudad y en himnos generacionales que se cantan con el corazón. Otra cerveza en emoticón, un abrazo a la distancia y un chat que se cierra a las 9:12 de la noche.

Como músico, letrista y cantante, Camilo se apropia de la ciudad y de sus historias, mientras que con sus manos canta lo que su boca va narrando. El Burro le hace guiños a la poesía, a los escritores, a los vendedores de ciudad, a las historias escondidas bajo la clandestinidad de los semáforos. Su rol se vuelve canto peregrino, pregón de calle con el glamour que solo da lo que ha leído, lo que ha cantado, lo que ha vivido, como un disco rayado, como un canto rayado, como un canto rodado, como un judío errante que canta los pasos, como una aguja por el surco del asfalto.

Cuando Andrea Echeverri me sacó la lengua

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Este, es un relato personal, un día con una flor aterciopelada.

Su cabello ya no era rubio, y aunque había crecido más que en los días frenéticos del año 1995, su longitud, con algunas canas, no alcanzaba sino hasta el nivel de sus orejas. Sus tatuajes estaban intactos, al igual que su voz, la misma que desde entrados los años noventa engalanó con toda la sinceridad nuestro rock colombiano.

Sí, hablo de Andrea Echeverri, la florecita rockera que supo sacarle la lengua a todo un país, la que le cantó sus verdades, y las puso en la mente y corazón de miles de personas. Ella, más que la voz femenina del rock colombiano, es el símbolo de una generación que, a través del arte, construyó posibilidades para encontrarnos en el amor.

Al verla de lejos, mientras se acerca, pienso en decirle todo lo que siempre tuve guardado, todo lo que decenas de personas le querrían decir. Pensé en fotos, en abrazos, en canciones, pero solo puede saludar cortésmente y seguir mi camino junto a ella en silencio. Eran las 7 de la mañana, y el trabajo no daba espera. De televisión a radio, luego a prensa y por último un recorrido por Medellín, una ciudad que le guarda amores y, así muchos no sepan, que también la vio crecer en algún momento de su niñez.

Diego quiero caminar ¿Sumercé va conmigo?

Pero, es pleno centro Andrea. – Responde su manager.

No importa, vamos.

Se detiene en cada esquina, saluda, recibe y entrega sonrisas. Hasta ella misma se saca una foto para uno de sus afortunados seguidores.

Recorrió las calles de Medellín como su propio barrio, como un caminante más; no porque no la reconozcan, sino porque no genera distancia con la gente, por el contrario, le gusta estar cerca. Yo seguía en silencio tras su paso, hasta que el rocanrol hizo de las suyas, y rompimos el hielo. Revivió las historias rockeras de La Peste, Ekhymosis, Estados Alterados, Bajo Tierra y Rodrigo D, mientras cantábamos canciones caminando por Junín. Todas las cantó, se las sabía. Su discurso es coherente; en las canciones, en las conversaciones y en la vida real. Es una mujer sin estuche.

Luego de más de 20 años de carrera musical, de pasar por el punk, el rock, el pop y la balada, Andrea, la aminoácida, rechinante y reluciente florecita del rock colombiano, está más vigente que nunca. Y aunque su registro vocal, mezzosoprano, impresione a más de un académico del canto lírico en el mundo, eso es lo que menos importa, o por lo menos a ella. Lo verdaderamente relevante es que su vida se ha reflejado en sus canciones, y su símbolo de mujer rock es el más claro ejemplo de sinceridad estética, musical y humana. Ese camino que decidió seguir debería ser inspiración para más mujeres; menos labial, menos laca y más corazón.

La fidelidad de su creación ha sido vivida, paso a paso, nota a nota, palabra a palabra, como un dejavú que se va haciendo realidad. Ha sobrepasado las crisis de la música, la llegada del internet, el regreso del vinilo y no sé cuántas cosas más; todo, como una bella historia musical cubierta con la sinceridad de su voz aterciopelada.

Llega la noche, y con ella el momento de la despedida luego de horas de trabajo, de estar al lado de La Ruiseñora, de la voz de toda una generación. Nos damos un abrazo que guardaré en mi memoria, y como si leyera mi mente me dice:

Mariquis, ¿nos tomamos una foto? Sorprendido, respondo con una sonrisa. Ella me saca la lengua y yo sonrío mientras hago lo mismo. Congelo ese instante para siempre.

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