Viajar ahora es una disculpa para no ir a una reunión

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Todos los días me llegan boletines de prensa, estudios técnicos y resultados de encuestas que tienen que ver con turismo. Pero esta semana recibí uno que de verdad sorprendió. Y fueron dos las sorpresas.
Y digo que me sorprendí porque, primero, no creí que a nadie se le ocurriera hacer una encuesta para preguntarle a la gente si ha viajado para evitar tener que  ir a una invitación que le da pereza. Y segundo, por enterarme de que de cada 100 españoles que viajan, 18 lo hacen solo para tener una disculpa creíble y no tener que asistir a alguna reunión social.

Encuestaron a 3.000 personas de 6 países: España, Italia, Alemania, Portugal, Francia e Inglaterra. Se les preguntó cuáles eran sus razones para viajar al extranjero en sus vacaciones. Las respuestas más comunes fueron:
1. Tengo ganas de conocer ese país o ciudad (33%)
2. Necesito un descanso del trabajo y del estrés diario (24%)
3. Quiero pasar tiempo con mis seres queridos (19%).

Hasta ahí todo bien. Pero la cuarta motivación más fuerte fue definida como “evitar tener que ir a una reunión familiar, una boda o un acto social”.

Los encuestadores entregaron los resultados por nacionalidades. Los que parecen ser más antipáticos son los españoles. El 18% viaja para no tener que aceptar una invitación y poder decir que no va a ir porque justo en esa fecha estará fuera del país. Los porcentajes realmente son altos:
1. Españoles 18%
2. Italianos 15%
3. Portugueses 14%
4. Alemanes 12%
5. Franceses 10%
6. Británicos 9%

El equipo encuestador se sorprendió con los resultados. Yo, además, me hubiera sorprendido por la sinceridad de la gente. En Colombia seguramente muchos se han inventado viajes para no ir a una reunión familiar, pero nadie lo confesaría.

El caso es que los encuestadores quisieron profundizar un poco más, así que preguntaron cuál era el motivo para no querer ir a esa reunión. Estas fueron las cinco respuestas más comunes:

1. No puedo o no quiero asumir los gastos que me supone asistir.
2. Ese tipo de eventos nunca acaban bien.
3. No soporto a la mayoría de la gente que va a asistir.
4. Quien lo celebra no me cae especialmente bien
5. No conozco a la mayoría de la gente que va.

Cuando finalmente se les preguntó por qué no decían simplemente que no querían, el 60% respondió que decir que ya tenían reservado un viaje al extranjero les parecía una mejor excusa para que no les insistieran mucho.

El estudio lo hizo Jetcost, una compañía que se define como “un buscador que compara los precios ofrecidos por más de 250 agencias de viajes y líneas aéreas para encontrar los mejores precios para cada viaje”. Las cifras y la foto fueron enviadas por la agencia de prensa de Jetcost.

Yo lo que creo es que hay mucho desocupado. El que hizo la encuesta, yo que decidí escribir un artículo sobre este tema y usted que lo está leyendo. Pero bueno, algo aprendimos, ya tenemos disculpa para cuando nos vuelvan a invitar a una reunión o a una fiesta a la que no queramos ir.

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En Cartagena no hay “Sanandrecitos”

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Para los que crecimos en Medellín y en general, en el interior del país, es normal el término “Sanandrecito” para designar un comercio de almacenes pequeños que venden por lo general artículos extranjeros que no se consiguen en los supermercados tradicionales. Y eso se hizo común en la década de 1980 cuando para conseguir una chocolatina Snickers o Milky Way había que ir a San Andrés.

Pues para los costeños la mercancía de Estados Unidos no llegaba por San Andrés, sino por Maicao, declarado Puerto Libre Terrestre desde 1936. Luego llegó la “apertura económica” y se acabó el encanto del comercio de San Andrés y de Maicao. Pero de recuerdo quedaron los “Sanandrecitos” en Medellín y este paseo comercial ubicado en la zona de Bocagrande, en Cartagena.

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Mis tres “bisoñadas” en España

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Por usar desprevenidamente mis expresiones paisas en España, tuve 3 confusiones. Fueron, para seguir con los términos nuestros, 3 bisoñadas.

 

Los hechos que les comparto, con no poca vergüenza, ocurrieron en mi primer viaje a España. Recuerdo que llegué a una especie de cafetería, como muchas que hay en ese país, donde se mezclan el café, los jamones y el vino.

 

Primera bisoñada paisa:

Amablemente me acerqué al mostrador y me dirigí a la persona que atendía con una frase muy paisa: “Buenas tardes, me regala un café con leche por favor”.

La respuesta del español, un tipo bastante gruñón, no podía ser más obvia ni más graciosa: “Aquí no regalamos nada, todo te lo cobramos”.

 

Segunda bisoñada paisa:

Me reí y traté de explicarle, con nuestra clásica amabilidad y entre risas, que era una forma de hablar colombiana, pero que por supuesto yo estaba dispuesto a pagar los 3 euros que anunciaba la carta. Su rostro no dejó salir ni el más mínimo asomo de sonrisa. Así que me apresuré a hacer mi pedido de nuevo y cerrar esa incómoda conversación: “Perfecto, así, que entonces tráigame un cafecito”. Esta vez la respuesta fue menos obvia pero más agresiva: “No tenemos tamaño pequeño, es un pocillo normal. Si quieres te sirvo la mitad del pocillo pero te cobro lo mismo”. Ay Dios, ese vicio nuestro de los diminutivos. Tuve que explicar de nuevo que era un modismo colombiano, pero que el tamaño del pocillo no me importaba.

 

Tercera bisoñada paisa:

La última no fue tanto una bisoñada mía, sino una expresión que me sonó tan extraña que no se las voy a narrar, voy a dejar que la imagen lo explique todo. Me imaginé a qué sabía la curiosa mezcla que a alguien se le había ocurrido, o paisamente dicho, el “casao” que estaba proponiendo. Todo sucedió cuando alguien en la mesa del lado hizo su pedido en voz alta: “Por favor tráeme un tinto con un bocadillo”.

Tinto con bocadillo

 

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El grifo, la playa y la pichanga: expresiones que escuché en Perú

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Hay algunas palabras que para nosotros tienen un significado pero que en otros países quieren decir otras cosas. Les comparto 3 expresiones que me sonaron simpáticas en Perú. Esta es mi historia.

 

Llegué a Lima y allí me estaba esperando un taxista que me había recomendado un amigo. En una conversación de media hora me sorprendió con estas 3 palabras que quiero compartir con ustedes:

 

Expresión 1: El Grifo

En el recorrido me preguntó si me molestaba que se detuviera en “El Grifo”.

¿Qué es el grifo?, me pregunté. ¿Un bar? ¿Una heladería? Para mi es una canilla de agua. Así que pensé que el taxista iba a detenerse a tomar agua en algún tipo de dispensador público. Sin embargo mi primera sorpresa fue que nos detuvimos en una estación de gasolina, de esas que por alguna razón que no conozco, en Colombia conocemos como “bombas”. Ese era el grifo.

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Expresión 2: Una playa

Después de salir del “grifo” Le dije al taxista que quería comprar algo en el centro histórico, pero que lo haría al día siguiente, cuando saliera a caminar por allí, pues suponía que era difícil detenernos con el carro en esa zona. La respuesta me sorprendió de nuevo: “No te preocupes –me dijo-. Lo dejamos en una playa”. No me parecía bien dejar el vehículo en la playa. Me pregunté si la idea era dejarlo orillado al lado de la playa o literalmente montarlo en la arena. Antes de poder controvertir la propuesta llegamos a un parqueadero público, que en Perú son conocidos como “playas” y no pude resistir la tentación de tomar la foto que les comparto abajo.

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Expresión 3: Una pichanguita

La última de las 3 expresiones hizo que me sintiera de verdad incómodo. Al ver el encabezado de este párrafo, ustedes ya se imaginarán lo que pensé cuando el taxista me hizo una particular invitación: “Los domingos siempre me reúno con unos amigos y hacemos una pichanguita. Si quieres te invito este domingo”. ¿Seré muy mal pensado o usted se imaginó lo mismo? Luego el taxista me dijo además que van solo hombres, que esa es la reunión semanal en la que se ven los compañeros del colegio y nadie va acompañado. Eso me puso más nervioso. Y que solo eventualmente alguno lleva a un invitado “especial”. Y ese iba a ser yo. Casi salto del taxi horrorizado, pero en ese momento el amable taxista me aclaró que “pichanguita” es un partido de fútbol callejero, o de canchitas pequeñas. Para tranquilizarme me mostró avisos publicitarios sobre las pichangas o pichanguitas que organizan diferentes empresas y que hasta se llevan a la televisión. Ya sabes, si vas a Perú, no de escandalices si te invitan a una pichanga.

Foto pichanga (300x168) Foto pichanguita

 

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Héctor Mora guarda una colección única de llaveros que se llevaba de los hoteles a donde iba

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Los que tenemos más de 35 años y vivimos en Colombia el último cuarto del siglo XX, sin ninguna duda, sabemos quién es Héctor Mora. Lo que yo no sabía, y creo que muchos desconocen, es que Héctor se llevaba los llaveros de los hoteles que visitaba y con ellas construyó una colección variopinta que hoy luce es su casa: 407 llaveros de hoteles traídas de los 5 continentes.

“La colección se acabó cuando cambiaron las llaves por las tarjetas magnéticas en los hoteles –me dice mientras me enseña su colección-. Al principio coleccioné tarjetas, que traían imágenes de los hoteles, pero luego empezaron a hacerlas con avisos de publicidad o blancas, y se perdió el encanto”.

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Foto: Así se veía Héctor Mora, en 1981, durante su viaje a Isla de Pascua. Su rostro fue uno de los más populares de la televisión colombiana

 

Héctor Mora es un personaje, como pocos, en la historia de la televisión colombiana. Es abogado pero su vida la hizo entre cámaras de televisión. Viajero por vocación recorrió el mundo a su antojo y logró que le pagaran por ello. Acaba de cumplir 73 años y luce más joven que cuando presentaba sus programas Cámara Viajera, Pasaporte al Mundo y El Mundo al Vuelo. Su voz sigue siendo la misma que se nos quedó grabada en la memoria desde los años en que nos enseñaba cada semana una ciudad remota que no alcanzábamos a imaginar, en aquella época en los que vivíamos sin internet y sin televisión por cable.

A medida que me muestra los llaveros me narra historias, muchas con anécdotas divertidas. Dice sin sonrojarse, creo que con orgullo, que todas las llaves logró llevárselas sin permiso de los hoteles. Muchas artimañas utilizó para conseguirlos. La más común era no entregar la llave en recepción al salir en la mañana y reclamar en la tarde la de otra habitación, para quedar con dos y solo devolver una en el momento del check out.

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Foto: Héctor Mora con la llave del Hotel Rossia, donde estuvo alojado en Moscú

Uno de los llaveros que más recuerda es el de un hotel ruso, el Hotel Rossia de Moscú. En Caracol Radio contó un día que había sido difícil robarla por los múltiples controles de seguridad que tenían en ese país. Y con su exquisito sentido del humor, que mantiene intacto, dijo durante la entrevista que “seguramente en estos momentos un recepcionista de ese hotel debe estar en Siberia como castigo por haber dejado perder una llave”. Días después fue contactado por una funcionaria de la diplomacia rusa, que lo había ubicado gracias a un periodista colombiano que vivía en Moscú. La funcionaria, muy seria, le explicó que lo llamaba porque quería informarle, para su tranquilidad, que habían revisado todos los reportes de los organismos de inteligencia y ningún recepcionista había sido enviado a Siberia.

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Foto: Los llaveros de los hoteles hacen parte de una gran colección de objetos traídos de sus muchos viajes, que hacen que su casa parazca un museo de diversas culturas

 

Con Héctor Mora las historias son interminables. Su memoria es prodigiosa, recuerda cada sitio con rigurosa precisión y a cada persona que conoció por su nombre y sus más triviales detalles. Me cuenta que durante los 25 años que dedicó a viajar por todo el mundo realizó un total de 1240 capítulos en 107 países.

Me despido de Héctor. Y me aseguro de tener mi llavero en el bolsillo, aunque no me ha dicho que haya empezado a coleccionar llaveros de las casas de los amigos.

Destinos que eran… y ya no son

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El Top 3 de los destinos a los que todos queríamos ir y a donde ya nadie va.

 

Hay muchos lugares que se van poniendo de moda, ciudades o pueblos que se convierten en destinos muy llamativos… y se llenan de turistas. Pero hoy les voy a hablar de los que van pasando a segundo plano, esos con los que soñábamos hace años y hoy no tenemos en la lista de las opciones para nuestras próximas vacaciones.

 

Es subjetivo, claro, y no quiero ofender a los habitantes de estos lugares ni a los empresarios que siguen trabajando por darle impulso a estos destinos. Lo que digo es que hubo una generación que soñó con un paseo a estos sitios y ahora ni los recuerda. Y esa generación fue la mía. El Top 3 es este:

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Foto: Playas ecuatorianas, tomada de la página de Facebook del Ministerio de Turismo de Ecuador

  1. Viaje en carro a las playas de Ecuador

A finales de los 70 este era el viaje con el que muchos jóvenes soñaban. El atractivo principal eran las playas de Esmeraldas, ciudad ubicada al norte de ese país. Incluso algunos llegaban hasta Manta, tras un viaje de 24 horas desde Medellín. Las carreteras no eran muy buenas, pero se viajaba sin miedo. A mediados de la década de 1980 esa larga travesía dejó de ser una buena alternativa y hoy nadie parece sentirse atraído por ese viaje.

Por si quiere ir: La ruta es Medellín-Cali-Pasto-Ipiales-Tulcán-Esmeraldas. En total de 1407 kilómetros. En gasolina se va a gastar unos 600.000 pesos ida y vuelta (230 dólares). Y en peajes otros 250.000 pesos. Sume los gastos del hotel, alimentación y otras cosas. Si viajan dos personas, durante una semana, calcule unos 5 millones de pesos (1.900 dólares).

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Foto: Ubicada en el archipiélago de Las Perlas, esta isla recibe hoy pocos colombianos. Imagen tomada de la web  de AirPanama

  1. La isla de Contadora

Está ubicada a 40 kilómetros de la ciudad de Panamá. A finales de los 70 y principios de los 80 era un destino muy apetecido por los colombianos, muchos recuerdan que llegó a ser el más deseado para lunas de miel. Se viajaba a Panamá vía Copa y luego en avionetas de no más de 20 pasajeros hasta Contadora. Panamá se fortaleció como destino para los colombianos, pero Contadora en cambio, dejó de ser un referente para los viajeros. Hoy casi nadie la ofrece y son muy pocos los turistas que la incluyen es su plan de viaje.

Por si quiere ir: Un plan a Panamá puede conseguirse desde 800 dólares, aproximadamente, unos dos millones de pesos. Adicionalmente, un paquete saliendo desde Panamá, para pasar 2 días en Contadora con viaje en ferry y un hotel de categoría media, vale alrededor de unos 530.000 pesos (200 dólares). También es posible viajar en avioneta. El tiquete aéreo tiene un costo cercano a los 290 mil pesos (110 dólares).

El Chavo en Acapulco

Foto: Los inolvidables capítulos de El Chavo en Acapulco le dieron un carácter aspiracional a este destino mexicano. Foto tomada de la imagen del televisor

  1. Acapulco

El Top lo encabeza este destino de playa, que hace 30 ó 40 años era el sueño de muchas familias colombianas. Además del trabajo de los agentes de viajes, uno de los motivos que puso de moda a Acapulco fue la emisión de 3 capítulos del Chavo del 8 en el que los habitantes de La Vecindad viajan a ese destino. Los programas se emitieron por primera vez en México en 1977. Muchos soñábamos con la piscina del Hotel Acapulco Continental, hoy llamado Hotel Emporio. Pero con el pasar de los años ir Acapulco dejó de ser el viaje aspiracional para los colombianos y hoy en día Cancún es, con mucha ventaja, el destino de playa número 1 de México.

Por si quiere ir: Un plan de 4 noches 5 días en el Hotel Emporio en acomodación doble puede costar unos 5 millones de pesos por persona (unos 1.900 dólares). Viajando por cuenta propia el tiquete aéreo vale más o menos un millón y medio de pesos (560 dólares), y se pueden conseguir buenos hoteles desde 200 mil pesos por noche (75 dólares).

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San Juan Chamula, el pueblo indígena que cree que la Coca Cola saca las malas energías

Capilla de San Juan

¿Por qué un pueblo indígena podría incluir Coca Cola en sus rituales religiosos? Fui a averiguarlo.

La población de San Juan Chamula está ubicada en México, en el Estado de Chiapas. Alguien me dijo hace unos años que sus habitantes consideran que la Coca Cola era casi que una bebida sagrada. Y prometí ir a verificar si eso esa verdad, pues no había conocido una idea tan contradictoria: indígenas que le rinden culto a la gaseosa que es símbolo del “imperialismo yanqui”.

 

Ruinas San Sebastian

Foto: Ruinas de la Capilla de San Sebastián, en San Juan Chamula. Las campanas fueron “castigadas” y retiradas de la parte alta porque “no fueron capacesde proteger el templo” ante un incendio. Al lado el cementerio del pueblo.

La semana pasada fui a San Juan Chamula. Es un pequeño poblado de unos 60 mil habitantes, en el sur de México, cerca de la frontera con Guatemala. Los chamulas vienen de la etnia Tzotzil, y son herederos de los mayas. Llegué a la plaza principal y allí encontré el templo de San Juan Bautista.

 

Aunque por fuera parece una típica capilla del estilo que trajeron los evangelizadores católicos, en su interior se nota una deliciosa mezcla de lo ancestral indígena con el modelo español. No se permite tomar fotografías en el interior. En internet ví algunas, pero prefiero no compartirlas sin autorización del fotógrafo y sobre todo, sin autorización de los chamulas. Los indígenas tampoco se dejan fotografiar sus caras pues creen, como en muchas otras culturas, que las fotos “les roban el alma”.

Juan en San Juan Chamula

Foto: Este soy yo, con la Capilla de San Juan Bautista a mis espaldas.

Adentro, todo llama la atención. Para empezar, no hay bancas para sentarse mirando al altar, como en cualquier capilla. La gente reza en el piso, que está cubierto de ramas de pino. Por todos lados hay velas. Se siente olor a incienso. Hay pequeños grupos familiares, repartidos por el templo, orando de rodillas y bebiendo de diferentes botellas. El líder de la familia toma “posh”, una bebida ancestral fermentada hecha de destilados de caña y fécula de maíz, a la que le atribuyen el poder de crear un puente entre el mundo material y el espiritual.

 

La capilla está llena de figuras de santos. Muchos. Muchísimos. Aparecen, incluso, el “Sagrado Corazón Mayor” y el “Sagrado Corazón Menor”. (???). Solo falta la imagen del Divino Niño del 20 de julio. Todos los santos tienen, además, un espejo colgado en el cuello. Algunos guías dicen que los indígenas los ponen para que aquellos que se atrevan a fotografiarlos pierdan el alma “por reflejo”. Finalmente llama la atención que en el altar mayor, donde se tienen tres figuras, Jesús se encuentra en uno de los costados, mientras en el centro, elevado por encima de todos, está la imagen de San Juan Bautista, a quien reconocen como el máximo patrono.

 

Nos explican que adentro de la capilla se vive la simbología de los 4 elementos: la tierra, representada por las ramas de pino; el aire, por el incienso; el fuego, por las velas; y el agua, por el posh.

Coca Cola San Juan Chamula

Foto: Esta es la imagen que se ve en las afueras de la capilla… no hay ventas de veladoras ni estampitas de los santos, solo hay vendedores de Coca Cola para los feligreses que van a ingresar a elevar sus oraciones.

 

Finalmente, pude comprobar la incógnita que me llevó hasta aquel lugar. Todas las personas que rezaban, se iban pasando de mano en mano una botella de Coca Cola. La razón es simple. Los indígenas desde hace cientos de años creen que eructar sirve para eliminar las malas energías. Esos sonidos provenientes del estómago son asociados con fuerzas negativas que llevan en su interior y eliminarlos es como liberarse, como limpiarse. Por eso, cuando conocieron la Coca Cola, encontraron una forma de sanar el espíritu. Los publicistas de la multinacional estadounidense seguro nunca lo imaginaron, pero en este pueblo, lejos de los grandes medios de comunicación, la Cola Cola se convirtió, verdaderamente, en la chispa de la vida.

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