Bitcoin, Uber, Netflix y la caída del Estado-nación.

Muchos no recuerdan, o no saben, que una treintena de países que hoy aparecen en el mapa, no existían en 1990.

Somos seres temporales, además de miopes.

La vida de los seres humanos en el planeta es efímera; pero más corta aún es su capacidad de reconocer esta realidad. Cuánto nos cuesta aceptar que hubo vida sin Internet, sin celular, sin cable, incluso con la tv a blanco y negro…y apenas voy en el último cuarto del siglo XX.

Ahora, si nos cuesta reconocer el pasado, mucho más difícil se nos hace predecir el futuro. Sin embargo, la prospectiva nos ofrece herramientas que ayudan a reducir la incertidumbre, para ello nos propone la metodología de detectar factores de cambio (tendencias y hechos portadores de futuro) que son dinamizadores de los cambios en el largo plazo.

En los últimos cinco lustros hemos visto como las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) invaden todos nuestros escenarios de vida: los carros no son mecánicos, son electrónicos; el aparato que llevamos en el bolsillo no es un teléfono celular, es un mini-computador; ya nadie va a un banco, ni siquiera usamos los cajeros electrónicos; se dice que hasta hay curas que confiezan y ofrecen penitencias por Internet. Las TIC han cambiado la vida de las personas…y ahora parece que transformarán -o destruirán- a los Estados nacionales.

El Estado-nación: una categoría histórica ¿y perecedera?

No sólo algunos países son nuevos. De hecho, no siempre existieron Estados nacionales. El final de ciertos imperios, la caída del feudalismo, la paz de Westfalia o la proclamación de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, son considerados hitos que sirvieron de base filosófica, política, económica y social para que se consolidaran los estados que hoy conocemos y que proliferan por todo el planeta. Más de 200 Estados nacionales son reconocidos por la Organización de las Naciones Unidas.

Aunque cada Estado tiene su propia historia, hoy casi que es indiscutible (conceptual y prácticamente) que éste debe ejercer soberanía, la cual se traduce en supremacía en lo interno (monopolio en el uso de las armas, soberanía monetaria y fiscal, etc.) y autonomía e independencia en lo internacional (cada Estado tiene los mismos deberes y derechos a la luz del Derecho Internacional Público).

Sin embargo, hay muchas realidades que alteran la permanencia de los Estados-nación. Hoy sabemos de procesos separatistas (como los catalanes en España o los kurdos de Irak); de procesos de integración (como la Unión Europea) en la cual se ceden funciones soberanas a entes supranacionales; de guerras entre etnias y tribus encerradas en fronteras artificiales creadas por los colonizadores europeos en siglos pasados; de un calentamiento global que hará hundir algunas islas-Estado en el Pacífico, por poner algunos ejemplos.

Pero, una realidad de la que poco nos ocupamos es la de una tecnología que no reconoce fronteras nacionales y que se instala entre la población sin alguna regulación de los estados.

binario mundo

Las TIC no reconocen ni al Ministro de Hacienda.

Los ciudadanos asistimos maravillados al auge de las TIC y la forma como éstas nos mejoran la vida. Sin embargo, poco se habla de la dimensión pública de esta realidad. Cada vez que oigo hablar de Uber, denoto que el debate sólo gira alrededor de una queja masiva por la baja calidad del servicio que ofrecen los taxistas: ¡arriba Uber! Pero la realidad es más compleja. Y no vamos a abordar todas las aristas del tema, sólo una: el transporte público es un servicio regulado por el Estado, cuya normativa, se asume, busca garantizar la viabilidad del mercado, la oportunidad y suficiencia del servicio, además de la seguridad de los usuarios. En tanto Uber entra a ofrecer sus servicios sin acogerse a la normatividad vigente, se pone en tela de juicio la soberanía del Estado.

Con Netflix sucede algo semejante, sólo que no hay un debate público tan evidente como el de los taxistas y los Uber-istas. Como señala un colega que también anda inquieto con el tema: “El gobierno cobra a los operadores de la televisión por suscripción un cargo o derecho por cada usuario que afilian. me puedo imaginar que Netflix no paga nada por afiliar usuarios a su servicio.”   Aquí lo que está en entredicho es la soberanía fiscal. O sea, si mi servicio se deriva de una “app”, entonces, esto ya es diferente y no se debe tratar como a los viejos prestadores de servicios (llámese competidores o sustitutos). Por lo tanto, no sólo no debo ser regulado, sino que no pago impuestos.

El último caso es más sensible y por ello me atrevo a apostar que “a este gato sí le van a poner cascabel”: el bitcoin.

Este “chistecito” pone en entredicho nada más ni nada menos que a la soberanía monetaria: a estos emprendedores les digo que se han metido en la boca del lobo. Excepto un puñado de naciones pequeñas (Panamá o Ecuador entre ellas), nada más sensible para la soberanía estatal que la función emisora del papel moneda. Ni la Reserva Federal de Estados Unidos, ni el pseudo-Banco Central Europeo, ni los bancos centrales de China o de Corea o de Brasil…van a permitir que un genio que estuvo de incognito varios años vaya a hacer tambalear la soberanía monetaria de sus estados.

Tomen asiento, señores, apenas vamos en el primer round.

 

 

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