Frente a la recesión: innovar. Frente al subdesarrollo: innovar.

Agosto 14 de 2017.

 

Hace pocos días un colega, Luis Fermando Montoya, me entrevistó para el canal de su empresa de consultoría y preguntó, como es recurrente en estos dias en las reuniones gremiales y universitarias, acerca de la preocupación de los empresarios con respecto al ambiente económico de este año.

En una corta respuesta de 10 minutos (ver video:   https://www.youtube.com/watch?v=9wR1Gt2N2B4&feature=youtu.be) me salí de la cuestión inicial, los temas de coyuntura, y le hice un planteamiento dual en el que le expuse mis argumentos para entender las raíces de la actual desaceleración económica y le expliqué por qué la salida a los empresarios era “tomar más riesgos en función de la inversión”. O sea, no esconderse en refugios (oro, bonos, propiedad raíz, dólares), sino, todo lo contrario, sembrar semillas para el futuro.

1. La incertidumbre de corto plazo no se puede detener, pero hay un problema mayor.

En la primera parte del video señalo que la coyuntura política, cargada de incertidumbre, permanecerá hasta las elecciones del próximo año. Y sólo si hay un claro vencedor en las elecciones al Congreso y presidenciales (los del No o los del Si al proceso de paz), el escenario político volverá a mandar señales de tranquilidad. Si esto no sucede, la zozobra se extenderá por más tiempo. Doy por descontado que la implementación de ciertos acuerdos, relacionados particularmente con la reparación de víctimas, el agro y la erradicación de cultivos, ya de por sí traeran vientos muy positivos a los inversionistas.

Sin embargo, reitero en mi exposición que el problema no es la actual desaceleración económica, ni siquiera la caída de los precios del petróleo desde 2014, sino la desindustrialización provocada con la liberalización económica hace ya más de cinco lustros. La apertura económica implementada en Colombia no se parece mucho al modelo a seguir: el de los tigres asiáticos.

2. ¿Qué hacer?

El mensaje que propongo a los empresarios es no centrarse en la coyuntura de desaceleración e incertidumbre. Temo que los empresarios sigan concentrados en los factores cortoplacistas y que no estén viendo los factores de cambio de esta globalización de la sociedad del conocimiento: las cadenas globales de valor y la innovación como eje de la competitividad en los mercados internacionales.

Como le indicaba a Luis Fernando en el video, nuestros empresarios no pueden seguir atados a que la tasa de interés baje un punto o que se genere algún beneficio fiscal (son bienvenidos, claro está) porque esos son solo paliativos frente a la realidad de que nuestro aparato productivo ha reducido el grado de sofisticación de los productos (de esto puede dar cuenta el Consejo Nacional de Competitividad, a través de sus informes anuales).

sofisticacion de exportaciones emergentes y Colombia

El reto del gobierno, de los empresarios y gremios, al igual que de las instituciones educativas y centros de investigación, es redefinir nuestros procesos empresariales y volcar los recursos hacia la innovación, los desarrollos y la transferencia tecnológica.

En síntesis, lo que quiero señalar es que no podemos seguir buscando la calentura en las sábanas; con un aparato productivo más diversificado y tecnológicamente desarrollado, la caída del precio del petróleo sería algo marginal. El problema es estructural, no coyuntural.

Pero, a la vez, sugiero: a grandes males, grandes soluciones. Este es un país que puede convertirse en un jugador importante en los mercados mundiales agroindustriales, tanto alimentos como biocombustibles; al igual que en otras áreas de la biotecnología (farmacéutica, cosmetología, etc.). Tenemos una de las mayores biodiversidades del planeta y una extensión rural no cultivada inequiparable.

Pero enfatizo en la tesis de la biotecnología y la agroindustria, porque este país no puede volver de la minería a la agricultura extensiva y sin agregación de valor. Innovación es el nombre del juego.

Seguramente también hay potencial en el sector servicios (el extendido auge de la construcción ha generado capacidades en materia de diseños y otros ámbitos ingenieriles y de arquitectura), a la vez que la tradición de industrias como la de textiles y confecciones o la de marroquinería no se puede desdeñar. Pero el reto es el mismo: diversificar y agregar valor.

 

Para los detalles, sugiero que vean el video completo. https://www.youtube.com/watch?v=9wR1Gt2N2B4&feature=youtu.be

Populismos de derecha e izquierda: ¿qué tienen en común?

“Los populistas no están de moda, hablar mal de ellos, sí” (N.N.)

Se ha consolidado una especie de consenso global (y globalizante), en el sentido que los valores que son tan preciados a Occidente están en peligro con el auge de los llamados populismos, sean estos de derecha o de izquierda.

Sin embargo, el consenso trae consigo, generalmente, el riesgo de la falta de discernimiento. Es tan obvia la “maldad” en los populismos que no dejamos espacio para la reflexión. Este siglo XXI está cargado de movimientos políticos denominados “populistas”, sin mayor explicación: “son populistas, entonces, son malos

Populismos en el siglo XX.

Dussel nos recuerda que en el siglo XX hubo movimientos nacionalistas denominados populistas, los cuales incluyen a Lázaro Cárdenas (que nacionalizó el petróleo mexicano), a Irigoyen y a Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil y a Arbenz, derrocado en Guatemala (1954) por élites que defendían intereses del capital norteamericano en Guatemala.

Esta experiencia de gobiernos y partidos populistas alimentó el surgimiento y desarrollo de una burguesía nacional, a la vez que se consolidaba, atada a ésta, una naciente clase obrera. El populismo, entonces, se entendía, como procesos nacionalistas que desdecían de las teorías clásicas y neoclásicas del desarrollo económico (liberalismo económico), para explorar nuevos caminos que sacaran a los frágiles países latinoamericanos, del subdesarrollo.

trabajadores

Una de las fortalezas del populismo del siglo XX es que gradualmente se fue apoyando en tratados teóricos que daban nuevas perspectivas al desarrollo de los países. El marxismo, el estructuralismo y la Cepal (ésta última, en las décadas de 1960 y 1970) sirvieron de base para que los procesos sociales y económicos de naciones denominadas subdesarrolladas tomaran rumbo propio, lo que se tradujo en industrialización, consolidación de clases sociales urbanas, reformas agrarias y fortalecimiento de la participación ciudadana en lo político (voto femenino, por ejemplo).

¿Quiénes son los populistas del siglo XXI?

En este siglo XXI, los gobiernos de centro-izquierda en América Latina, contrarios al modelo de globalización neoliberal, han sido denominados “populistas”. Con el liderazgo de Chávez y el poder de Lula, la región se llenó de estos gobiernos, con excepción de Colombia y México (Chile es un caso aparte, merece un capítulo propio). Este denominado populismo no duró mucho y antes de terminar la segunda década del siglo, parecen ser cosa del pasado. Pero, lo que es claro es que estos gobiernos cuestionaron el modelo de globalización neoliberal que se impuso en el planeta desde la década de 1980.

Adicionalmente en naciones de Europa, y ahora en Estados Unidos, también han surgido movimientos políticos denominados “populistas”; son una especie de nacionalismos que cuestionan en parte a la globalización existente. Sin embargo, estos movimientos no tienen raíces de izquierda (por decir, comunistas, socialistas, socialdemócratas o algo parecido), sino todo lo contrario, vienen de las entrañas de los movimientos conservadores. Los hay con fuerza en Francia, en Austria, en Holanda y expresan un triunfo concreto en Reino Unido al haber logrado la aprobación del Brexit, o sea, desconectar la isla británica del bloque europeo.

¿Qué se le cuestiona a los populistas?

A los populistas latinoamericanos se les cuestiona desde la “ciencia”, por la falta de ortodoxia en sus modelos económicos: practican políticas “populistas” insostenibles. O sea, se señala que lo que hacen es loable pero no viable; en cambio, lo que sí sería sostenible sería la economía de mercado. En la crítica se les recuerda que el socialismo prosoviético y el modelo keynesiano habrían demostrado su ineficiencia y entraron en desuso. El Estado cede su preeminencia al mercado.

neoliberalismo money

A los populistas europeos y a Trump se les acusa de xenófobos, de racistas, de poner en entredicho los valores occidentales, construidos a lo largo de los siglos. La idea de frenar la libre movilidad de personas y la intención de revalorizar la “identidad nacional” se cuestionan como ideologías que contradicen un objetivo más loable, cómo lo es el de la libertad de las personas, en este caso la libertad de movimiento.

En otras palabras, el “consenso” prooccidental combina los cuestionamientos al “neoproteccionismo” y a la xenofobia y los convierte en un mismo “demonio”: el populismo.

Pero ¿quién vota por los populistas? ¿por qué lo hacen?

Aqui es donde deseo deshacer el consenso. Existe un hilo conductor que relaciona a los populismos latinoamericanos de comienzos de siglo XXI con el discurso de Trump, de Le Pen o de los defensores del mismo Brexit. Y este hilo conductor son sus electores. Si bien es cierto que por Trump o Le Pen votaron personas que tienen una posición discriminatoria con respecto a los inmigrantes, la verdad es que muchos electores de los populistas de ambos continentes son obreros, campesinos y microempresarios que sienten que la globalización neoliberal les roba el empleo en particular y el bienestar en general.

Seguramente se puede aceptar que los políticos “populistas” manipulan la opinión pública, señalando, por ejemplo, que los inmigrantes roban los puestos de trabajo. Pero el hecho fundamental es que hay ingentes grupos de personas que cuestionan el  modelo económico que ha regido al planeta en los últimos treinta años. Tanto en América Latina como en Estados Unidos o en Francia, hay trabajadores que sienten que la globalización neoliberal les ha robado la oportunidad de tener garantizados unos mínimos de bienestar.

trabajador

En síntesis, si  bien los populismos del siglo XXI viven en un contexto diferente a los del siglo pasado y, además, no aparecen nuevas teorías de desarrollo social y económica que renueven los argumentos en pro del proteccionismo, la verdad es que el auge de estos partidos es, ante todo, una protesta que se está haciendo mundial, para cuestionar  a un neoliberalismo que impone una globalización inequitativa, que privilegia los logros del mercado más que los de los ciudadanos. Como ha sucedido en otros momentos, es posible que el remedio sea peor que la enfermedad, pero la cura no se puede buscar si se niega la existencia de una patología. Y  los síntomas son incuestionables.

 

Economía colombiana: el problema no es el bajo crecimento del PIB, es el subdesarrollo.

No estamos en recesión, es el subdesarrollo nuestro verdadero problema.

Hace un par de años, con la caída de los precios internacionales del petróleo y otros commodities, las finanzas públicas y los indicadores que miden la producción colombiana, PIB y exportaciones, entraron en crisis y reaparecieron los megáfonos que alertaban una posible recesión.

Algo bueno le encuentro a los anuncios de crisis de la economía colombiana en las últimas décadas, puesto que sirven para recordar lo frágil que es nuestro aparato productivo.

El siglo XX fue el de la industrialización para Colombia; con un modelo proteccionista en boga nacieron y se consolidaron muchas de las grandes manufactureras de este país: textileras, confeccionistas, locerías, productores de alimentos, ensambladores, etc. Gracias a este proceso, el país incrementó el autoabastecimiento de bienes manufacturados; a la vez que las exportaciones de café se acompañaron de productos manufacturados de mediana y baja complejidad tecnológica.

cafe

Sin embargo, lo que sucedió desde finales del siglo XX ha sido todo lo contrario: Colombia se ha convertido  en un país importador, altamente dependiente de bienes manufacturados en el exterior. En el último decenio este país se ha venido desindustrializando de manera alarmante. Desde hace 10 años el Consejo Nacional de Competitividad viene monitoreando el desempeño de la economía colombiana y particularmente señala cómo se viene reduciendo el Valor Agregado Nacional de las exportaciones a lo largo de las años.

sofisticacion de exportaciones colombianas1

El hecho es que después de un cuarto de siglo de Apertura Económica, proceso sugerido para  elevar la competitividad de la economía colombiana, la realidad es que los cambios que se han vivido se pueden sintetizar:

– los consumidores colombianos han ampliado el menú de oportunidades, incrementándose la oferta de bienes y servicios de calidad semejante a la de mercados internacionales;

– la minería se ha expandido, convirtiéndose en la principal fuente de divisas por balanza comercial;

– la esfera de servicios se ha modernizado, especialmente en el ámbito de las TIC.

Sin embargo, el llamado proceso de internacionalización de la economía colombiana deja dos grandes lastres que evidencian que el tren del Desarrollo Económico, en el cual embarcaron los tigres asiáticos (Corea, Taiwán, Singapur, etc.) y algunas naciones de otras latitudes (Sudáfrica, Brasil, Turquía, China, India), ha partido sin nosotros:

la industria manufacturera y la agricultura han contraido su participación en el PIB y en las exportaciones. El país importa un alto porcentaje del valor de las manufacturas y de los alimentos que consume;

– la distribución de la riqueza se ha consolidado como una de las menos equitativas del planeta: cada vez un número más pequeño de millonarios posee una mayor porción de la riqueza del país, mientras el porcentaje que pertenece a los segmentos de la población más pobre ha disminuido.

En síntesis, el problema de Colombia no es la caída en los precios de los combustibles; no es la desaceleración económica la que nos debe preocupar, sino el modelo de desarrollo que siembra inequidad y pocas posibilidades de que se incremente la riqueza de modo sostenido.

¿Dónde está la base de nuestro subdesarrollo?

El desarrollo económico sostenible de este siglo XXI se apoya en tres pilares:

crecimiento sostenible a lo largo del tiempo;

– preservación del entorno natural y cultural;

– generación de oportunidades para una distribución de beneficios que reconozca las necesidades de toda la población.

En Colombia no sucede ninguna de estas tres condiciones. Si bien Colombia ha vivido pocas experiencias de recesión, técnicamente hablando, la verdad es que raras veces el PIB se expande a tasas significativas. Sin embargo, lo más notorio es que no se crece de manera sostenida y que dicho crecimiento se apoya en gran medida en una minería insostenible.

Y con el tema de la minería se evidencia nuestra segunda ausencia: un entorno preservado y sostenible a largo plazo. Hemos dejado de ser una economía agroindustrial para convertirnos en extractores de minerales e hidrocarburos. El deterioro del medio ambiente como consecuencia de una minería  expansiva y la falta de reservas confirmadas de petróleo, hacen insostenible nuestro modelo económico.

La consecuencia de todo esto es una sociedad injusta, con élites privilegiadas que quieren vivir como en Europa, mientras millones de familias viven como en el país más subdesarrollado del planeta. .

Hay que revisar el Modelo de Desarrollo.

Creo que le hemos dado muchas vueltas al tema. Durante más de 25 años hemos estado esperando los milagros de la inversión extranjera, de los TLC, del mercado sin controles, de las privatizaciones, de la apertura económica. Los ajustes derivados de reformas fiscales, reformas laborales, reformas a la seguridad social y demás reformas han sido paños de agua tibia que no ponen el acento en el problema central: ¿cuál futuro país deseamos construir? Para ello, es necesario repensar algunos temas estratégicos:

– tomar decisiones de fondo en lo referente a la educación, la investigación y la innovación. El actual  sistema educativo no garantiza que los futuros bachilleres y profesionales sean “ciudadanos” e “innovadores”. La ampliación de cobertura no ha sido suficiente. Hay que revisar el tema y tomar decisiones radicales;

– tomar decisiones sobre la necesidad de desarrollar lo rural, la agricultura, la agroindustria y la economía ambiental. No sólo se trata del post-conflicto y el regreso de los campesinos al campo; no sólo se trata de que tenemos un gran potencial para autoabastecernos de alimentos y de otras materias primas de origen vegetal o animal; se trata del hecho que el futuro del planeta depende en gran medida de agua y vegetaciones que existen en pocos países, incluído Colombia. Hacemos parte de la solución al desarrollo sostenible global;

agricultura sostenible

– tomar decisiones sobre lo que significa la integración regional o global. Somos un país “pasivo” sin identidad en los escenarios internacionales. Dependemos de lo que deciden las grandes potencias y los mercados emergentes. Colombia es una de las 35 economías más grandes del planeta (territorio, población y PIB), ese tamaño le genera derechos y deberes frente a la comunidad internacional. Tenemos un enorme potencial en el vecindario, con países grandes y economías significativas, con culturas cercanas que podrían facilitar el intercambio y la integración. Pero para eso hay que romper ciertos paradigmas que sólo nos permiten mirar hacia el Norte.

Podríamos complementar la lista: faltan ingenieros, falta estimular las artes y las ciencias sociales y humanas, hay que resover el problema de la infraestructura, la calidad de la salud, la óptima atención a la primera infancia, etc. Pero  más que una lista, lo que el país necesita es reconocer que somos una economía subdesarrollada, no somos un “mercado emergente” y debemos dejar de mirar nuestros problemas sociales y económicos como retos de corto plazo.

Hace 27 años, el entonces presidente de la Apertura Económica nos anunció: “Bienvenidos al Futuro”…y el futuro llegó. Volvámos a intentarlo. No más pañitos de agua tibia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comercio exterior: “la pata coja” de la economía colombiana.

Autor: Giovanny Cardona Montoya

Hace un cuarto de siglo Colombia cambió su modelo de desarrollo económico: de un estructuralismo proteccionista, respaldado con políticas económicas keynesianas se pasó a un modelo de apertura económica apoyado en un régimen monetarista centrado en el control de la inflación.

Características y resultados del modelo de Apertura Económica.

Después de 25 años,evidentemente el país ha cambiado. La clase media y los estratos altos disfrutan de ciudades cada vez más modernas, con una ampliación y perfeccionamiento de la oferta de servicios personales, además del acceso a bienes importados, con precios de talla internacional. Se acabaron los tiempos en los que el acceso a tecnología avanzada era costoso o implicaba viajes a países más avanzados. Hoy en Colombia, se compra un computador o un dispositivo móvil a los precios más bajos del continente.

Este modelo económico se caracteriza por la reducción de barreras aduaneras al comercio, la firma de acuerdos comerciales y una tasa de cambio que poco ha hecho por la competitividad de nuestros productos. Si bien, la inflación ha bajado en dos décadas, la tasa de cambio nominal revaluada y la baja productividad, se han traducido en una marcada pérdida de competitividad de la agricultura y las manufacturas colombianas.

La consecuencia económica más evidente ha sido el cambio en la estructura de las exportaciones de nuestro país. Hace un cuarto de siglo, Colombia tenía una oferta exportable más diversificada que la actual. Antes de esta crisis, los hidrocarburos representaban 2/3 partes de las exportaciones, llegando el petróleo a representar el 50% de las mismas. Hoy somos una economía monoexportadora, mucho más dependiente que en la década de 1990 cuando el café aún era el principal producto.

El café y las llamadas exportaciones menores (flores, bananos, textiles, confecciones, principalmente) han perdido participación en la balanza comercial. Adicionalmente, con la crisis de relaciones comerciales en el mercado andino, muchas industrias manufactureras y el sector rural, han perdido un mercado que era relevante. Colombia era un proveedor importante de comida, confecciones, electrodomésticos y vehículos a Venezuela. Todo esto es tiempo pasado.

Gráfico: Estructura de las exportaciones Colombianas por regiones y décadas

La crisis del modelo.

Hace un par de años comenzaron a sonar las alarmas sobre el bajo nivel de reservas colombianas de petróleo. O sea, la principal fuente con la que hemos financiado nuestro modelo consumista y de servicios, se agota. En consecuencia, los datos sobre reservas comprobadas de petróleo ya advertian el riesgo de no contar en el futuro con suficientes divisas para financiar este tren de gasto.

Sin embargo, lo que ha sucedido con el precio del petróleo en el último año ha adelantado la crisis. Si el crudo ha bajado de precio hasta un 50%, entonces la balanza comercial puede sufrir un gran deterioro, puesto que el petróleo representaba el 50% de los ingresos en exportaciones. En consecuencia, exportando las mismas cantidades de crudo que en los últimos años, pero a precios muy bajos, el déficit comercial se agudizará.

Si observamos la balanza de pagos que elabora El Banco de La República, notaremos que la balanza comercial de los últimos años  se ha caracterizado por déficits poco significativos, ya que los buenos precios y el incremento en las exportaciones de hidrocarburos financiaron el crecimiento de las importaciones. Sin embargo, el modelo económico señala que muchas de las importaciones son bienes de consumo, ya que no se está trabajando en la modernización de sectores como el agro y la industria manufacturera.

Pero, la dependencia de la minería en general y del petróleo en particular nos colocan en otros riesgos mayores: el deterioro general de la cuenta corriente y de la cuenta de capitales. Si bien la balanza comercial no ha sido fuertemente deficitaria, la cuenta corriente sí lo ha sido, particularmente por el pago de intereses de deuda externa y por la repatriación de utilidades de las compañías multinacionales que, estando en el país, trasladan sus ganancias a Europa y Norteamérica.

Ahora, la industria petrolera es altamente dependiente de la Inversión Extranjera Directa (IED); de hecho es el principal rubro de ingreso de capitales extranjeros al país. En consecuencia, si los precios del crudo permanecen bajos, los capitales extranjeros no llegarán, ya que no es rentable explorar y explotar pozos, para vender el producto a un precio tan bajo.

Consecuencia: avanzamos hacia una crisis cambiaria, o sea, agotamiento de divisas.

Colombia o Alicia en el país de las maravillas.

Algunos analistas, pero especialmente funcionarios gubernamentales, se ilusionaron con el hecho de que el peso se ha devaluado, lo que podría incrementar otras exportaciones y reducir el volúmen de las importaciones. Pero eso es un sueño.

El primer hecho los ha cogido por sorpresa, y no debería. Las importaciones no caen a la velocidad esperada, continuan ahondando el déficit. Esperar un cambio en la estructura de las importaciones en el corto plazo, era una ilusión. Con el auge de la construcción, el deterioro de las industrias tranzables y el creciente consumo doméstico, las importaciones demorarán en reaccionar.

El segundo hecho era esperable. El alza en la cotización nominal del dólar no garantiza que las empresas manufactureras o agroindustriales puedan aumentar sus ventas. La baja participación relativa de otros productos exportadores durante estos años, no es una casualidad, tiene que ver con la perdida de competitividad de nuestras industrias.

En consecuencia, para que una empresa productora de bienes industriales aumente sus exportaciones es necesario realizar actividades de inteligencia comercial, negociación, reajustes en los procesos productivos, etc. Así que no esperemos el milagro en el corto plazo.

Moraleja:

No podemos demorar más las decisiones. Este país tiene que dar un viraje a sus políticas comerciales y de desarrollo económico. Es necesario estimular la producción nacional y colocar algunas barreras a las importaciones. Hemos firmado TLC que hasta ahora sólo se traducen en más importaciones; si queremos aprovechar los mercados internacionales en el futuro, es necesario mirar hacia adentro, ordenar la casa y re-construir los sectores manufacturero y agropecuario.

Bienvenidas las inversiones en investigación y desarrollo tecnológico, los programas para estimular el emprendimiento, los esfuerzos para ampliar cobertura educativa y mejorar la insfraestructura; pero ahora, inevitablemente, hay que acompañar estas políticas con medidas comerciales coherentes que desaceleren las importaciones y estimulen la producción nacional de tranzables.

No se trata de decir si es malo o bueno hacer una apertura económica, se trata es de reconocer que nosotros si la hemos hecho muy mal.

¿Parar está de moda?…No, es una válvula de escape de la sociedad.

Hoy no voy a recurrir a cifras para expresar mis ideas alrededor del tema de los paros en Colombia.

Hay una “ola” de paros en este país: paran los cafeteros, los productores de papa y los transportadores. Los mineros también se manifiestan y seguramente luego les seguirán maestros y otros actores de la economía y la sociedad de nuestro país.

Las redes sociales juegan un papel novedoso pero ambiguo en esta dinámica. Gracias a ellas, las convocatorias y solidaridades crecen, las personas se enteran y la manifestación social adquiere mayores dimensiones. Se podría decir que la plaza pública se democratiza porque la participación crece: en la calle unos cientos o miles de ciudadanos expresan abiertamente sus preocupaciones, solicitudes o,  incluso, exigencias; al mismo tiempo, en la web, decenas o cientos de miles se solidarizan con la causa.

Sin embargo, si bien crece la participación, al menos virtual, también es cierto que ésta se banaliza: muchos compatriotas tienen “totalmente claro” que la culpa es de este “gobierno incapaz”, al que le quedó grande el puesto; pero muchos de los mismos, semanas atrás, cuestionaban a los manifestantes porque eran “idiotas útiles” de las FARC y, tan sólo un año atrás, alababan el “imprescindible” TLC con Estados Unidos; el cual cuestionan hoy con indeclinable vehemencia, ya que “es el culpable de todas las desgracias de nuestros pobres campesinos.”

Ahora no voy a sentar cátedra para “demostrar nada“. Yo también me siento confundido ante la complejidad de la realidad que vivimos. Sin embargo, quiero refrescar la memoria y traer a colación algunos hechos de nuestra historia y algunas recetas de los textos de la teoría económica.

1. La crisis que provoca estas manifestaciones comenzó a incubarse hace un cuarto de siglo.

Pongamos las cosas en blanco y negro: la apertura económica iniciada en 1990 (aproximadamente) fue un cambio radical en nuestro  modelo económico. Los argumentos eran: competir, modernizarnos, crecer, dar mayor bienestar. ¿La receta?: abrir las puertas a la competencia externa y modernizar el aparato productivo; el orden de los factores no altera el resultado, eso se decía. ¿El modelo o ejemplo?: los tigres asiáticos.

Pero el orden de los factores sí altera el resultado; incluso, algo peor, si sólo se trabaja un factor (competencia externa) creyendo que el segundo se desarrolla por inercia (modernizar el aparato productivo), entonces, los resultados son lo que tenemos hoy: un país que sólo produce y exporta materias primas.

Sin embargo, recordemos que en medio de las dificultades del analfabetismo y el atraso tecnológico rural, un conflicto que nació a mediados del siglo XX y la falta de vías de comunicación para llevar los productos del campo a la ciudad, este país era autosuficiente en materia alimentaria: los campesinos colombianos daban de comer a los citadinos.

La calidad de vida del campesino era precaria, pero algunas empresas rurales y subsectores  se modernizaron: cafeteros, bananeros, floricultores, exportadores de papaya, maracuyá, granadilla, pitalla, lograron hacer del campo un buen negocio. Pero esto se acabó para la mayoría de ellos con el nuevo modelo económico.

Con la apertura económica sí llegó la competencia externa pero no se dio la modernización del sector rural. La explicación es muy simple y tiene dos componentes. El primero, el campo en los países industrializados y grandes mercados emergentes no es un sector de libre competencia. No, es un sector altamente protegido con subsidios, aranceles, contingentes y barreras técnicas.

El segundo componente tiene que ver con el modelo: los países asiáticos. El éxito de Corea, Taiwán o Singapur no radica en que sus economías fueron dejadas “al garete” para que el mercado las arreglara. No, en esos países las barreras aduaneras sí bajaron, pero el Estado siguió siendo un director de orquesta que con Gasto Público “inteligentemente direccionado” estimuló la educación, la investigación, la innovación y el emprendimiento -nada que ver con la rapiña por las regalías que administra Colciencias-.

En Colombia se ha delegado al sector privado y al mercado que direccionen la economía. Se privatizó la educación (sin subsidios) pero con ello sólo se logró más cobertura pero no con más calidad. Lo mismo pasa con la salud y las EPS. No hablemos de Colciencias o de los programas nacionales de emprendimiento empresarial, porque allí, ni siquiera cobertura se logra.

Durante más de medio siglo, este país vivió de los cafeteros; la industria del grano alimentó un modelo económico que dio origen a la incipiente economía manufacturera que tenemos: gaseosas, cervezas, textiles, confecciones, siderurgia, ensamblaje de vehículos, electrodomésticos. Si no fuera por la economía cafetera (hasta 1989), muchas empresas industriales ni siquiera existirían.

 

2. Los TLC son el postre de una amarga cena.

Los problemas de desindustrialización, minería informal o de altos costos del combustible, no nacieron con este gobierno, ni con los TLC. Sencillamente estamos viviendo la continuación de un modelo fallido (o de la ausencia de modelo).

Antes de la apertura exportábamos, en su orden: café, minería, confecciones y agroindustria; siendo los dos últimos, un tercio de nuestra balanza comercial. Hoy exportamos, en su orden: productos de minería, café, confecciones y algo de agroindustria, siendo los dos últimos, menos del 15% de las ventas al exterior. En otras palabras, hemos retrocedido en materia de sofisticación de nuestra capacidad productiva. Los TLC con Estados Unidos y Europa están en pañales, aún no hay nada de qué culparlos, son una simple continuación de un regionalismo abierto que nos tiene sumidos en el subdesarrollo: igual o peor que hace un cuarto de siglo.

3. ¿Reversar o seguir?

Ni reversar, ni seguir: corregir. Si las élites de este país (incluidos los industriales del campo y la ciudad) creen que el modelo aperturista es el camino, entonces hay que aplicar “correctivos fundamentales”. Hagamos lo que debimos comenzar a hacer hace 25 años:

Subsidiar la calidad educativa y la investigación. No sólo se trata de graduar más bachilleres, más tecnólogos, más técnicos o más magísteres: hay que tener una población con competencias en lectoescritura, lógica y pensamiento matemático, capacidad de análisis, de síntesis, de adaptación al cambio, y bilingue. No estoy diciendo nada nuevo, no me estoy inventando nada, pero no sigamos esperando que el libre mercado lo haga, no lo va a hacer. El libre mercado sólo pondrá más sillas y tableros en las aulas y profesores con salarios más precarios. Eso no es sinónimo de calidad educativa.

Formalizar el trabajo en el campo y la ciudad. Seguir creyendo que los bajos salarios nos van a hacer competitivos es una falacia centenaria. El texto de economía dice “salarios productivos”. No se trata de pagarle menos al trabajador, se trata de que el trabajador produzca más y de más calidad. Para eso, el trabajador tiene que estudiar, tiene que capacitarse.

- Subsidiar la innovación empresarial: las empresas necesitan apoyo -las del campo y las de la ciudad-. Los subsidios a los exportadores fueron perversos en su concepción, no estimulaban la productividad, la calidad o la eficiencia, sólo los volúmenes. Si una empresa va a investigar, que se le subsidie; si va a renovar equipos, que se le apoye; si va a capacitar su personal que se le financie. Punto.

Proteger el campo. No es casual que el tema en el que menos se avanza en las negociaciones de la OMC sea el agrario. Lo mismo pasa en los TLC, es el último tema que se cierra. Convirtamos el campo en una política de Estado, que si la seguridad va a seguir siendo prioritaria en la agenda de los gobiernos, entonces, que esa lista la encabece la seguridad alimentaria. Todo el mundo protege el campo, ¿nosotros por qué no?

No tomemos a la ligera las negociaciones con la guerrilla. Este no es un tema electoral, se trata de uno de los mayores karmas de la sociedad colombiana en medio siglo. Nadie mejor que los campesinos sabe lo que han significado estas décadas de guerra. No quiero banalizar el tema, pero los semáforos de las ciudades son una muestra representativa de lo que ha sufrido este  país, especialmente sus campesinos: desarraigo y miseria.

Negociar o  no negociar no puede ser un ejercicio de cálculo electoral. 

 

 

 

 

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