En bici desde Barcelona

Malala en bicicleta blog

Llevo dos semanas largas en Barcelona, en las que he conocido un montón. Pasar Navidad y Año Nuevo lejos de mi familia cercana me dio duro, aunque estuve con mi prima Victoria, su esposo y su hija de tres años.

Antes de volver a Medellín, escribo esto porque hay algo que me tiene descrestada y no me aguanto hasta llegar: la movilidad en Barcelona. ¡Acá los petones y los ciclistas tienen protagonismo!

Eso fue lo primero que noté en la popular Plaza España. Llegué a pie o como acá dicen: “andando”. Cuando iba a cruzar la cebra casi que los carros y los buses me hacían la venia para que pasara; bajaban la velocidad al ver la luz amarilla del semáforo y justo cuando el ícono del peatón se ponía en verde se detenían sin pisar las cebras.
¿Y los peatones? ¡vos jamás los vas a ver pasar si el semáforo está en rojo, así no se aproxime un carro!
Y ahora hablemos de los ciclistas… sobre pedales he conocido muchos sitios gracias a que mi tía me prestó su tarjeta Bicing, el equivalente al carné de Encicla allá, (que solamente es para ciudadanos españoles y que pueden usar menores de edad con el permiso del dueño de la tarjeta).
Así que he usado bicicletas públicas la primera media hora sin costo y luego he tenido que pagar 0,74 euros por cada media hora (no me puedo pasar de dos horas porque me penalizan con 4,49 euros por cada hora adicional). Este sistema funciona dese 2007 con éxito y el DF, en México, lo copió bajo el nombre de Ecobici.
Y es que vos vas tranquilo en los “carril bici”, carriles para las bicicletas similares a las ciclorrutas de Medellín. La Ordenanza de Circulación de Peatones y de Vehículos (OCVV) tiene claras las sanciones por mal uso de las vías desde 1998 y su última modificación fue cuando entró en funcionamiento la tarjeta Bicing.
Entonces, si alguien parquea u obstruye un “carril bici” o un paso para peatones debe pagar una multa, tal y como está instaurado en Medellín; la diferencia es que en Barcelona se registran fotomultas por casos como estos y que la Guardia Urbana sí es efectiva y rigurosa. Si en Medellín eso funcionara de manera correcta no se verían carros parqueados en la cicloruta de Palacé, por ejemplo.
Activé la Bicing en la Oficina de Atención al Abonado de Plaza Carles Pi i. Gracias a esa activación puedo acceder a 464 estaciones de bicicletas repartidas en la capital catalana y disponibles las 24 horas. Así que ha sido todo un parche salir con los nuevos amigos. Es muy bacano porque ganás salud y cuidás el medio ambiente.
Estas bicis públicas se reconocen fácilmente porque tienen códigos de numeración y un diseño característico para evitar robos: son blancas con líneas rojas y tienen tres cambios.
Pedaleando rumbo a la emblemática Sagrada Familia, ya casi con el sol oculto, descubrí que cada una tiene un sensor fotoeléctrico que detecta la oscuridad, y al caer la noche, enciende las luces delanteras y traseras de forma automática.
Muchas cosas hay que contar de “Barna” (así llaman mis amigos catalanes a Barcelona de forma abreviada), pero aún cuando se quedan tantas cosas por fuera, ¿a caso no sería chévere adaptar estas ideas a nuestra Medellín?
Se me hace fácil imaginarlo al servicio del Valle de Aburrá porque, por ejemplo, acá cada estación del metro tiene ascensor para ascender con ellas y, además, hay vagones exclusivos para ubicarlas junto a los coches de niños y sillas de ruedas.
Uff, si vivimos en la ciudad innovadora de la que todos hablan, que alguien me diga ¿por qué no tenemos todos los juguetes?

Besos y prometo contar más cositas pronto.

Malala.

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