Ellas llegan a él cuando no hay más remedio y él siempre está ahí, dispuesto, presto, servicial. A veces hasta se enamoran de él o comienzan a desarrollar una especie de relación de fetiche, de usarlos cuando las relaciones y los hombres que les atraen simplemente las dejan botadas.
Su labor en muchos casos es eficaz, pero para ellas no es suficiente, por eso vuelven, y vuelven, y vuelven a caer en relaciones enfermas, para volver a su mejor amigo, el consolador. Y es que no hay nada peor para un hombre que ser el consolador, el paño de lágrimas, el hombre al que su amiga no ve con cara de hombre sino de mejor amigo.
Muchos hemos pasado por ahí. Uno llega donde la niña con las mejores o peores intenciones y en ese cuento de tratar de conquistarla y comprenderla, termina como paño de lágrimas, como sicólogo y asesor de relaciones de garaje.
El consolador es el que se sabe todas las infidencias de la relación, todas las embarradas y las estrategias de ataque contra el otro género (hasta las ayuda a diseñar), es al que llaman emperradas llorando a la 1:00 de la mañana a decir que las dejaron botadas en un bar o en la puerta de la casa, es el que tiene que dar esperanzas cuando ya nada es posible y es el que tiene un vademécum de frases para las ocasiones en que alguien dice adiós, la liturgia de las despedidas, como diría Fito Páez.
“Tranquila que hay muchos hombres”, “la vida no se acaba ahí”, “vos valés mucho más, no te dejés achicopalar”, “ahora te tenés que preocupar por vos”, “no mija, él no le merece ni una lágrima”, son algunas de las frases del cajón del rompimiento, que sin uno darse cuenta termina diciendo como buen consolador, cuando debería ser una mujer la que se las dijera a la amiga.
Me supongo que puede ser por ese cambio de roles que se va dando en la sociedad o porque todavía hay hombres a los que ven con cara de mejor amigo y no de posible reemplazo para el que abandonó el barco.
Es ahí cuando recuerdo el chiste de la señora que va por la calle y se encuentra con otra que le dice:
- “Eh, querida, como estás de bien” y la otra le responde:
-“Claro, es que me quité 80 kilos de grasa”.
- ¿Como así, te hiciste la lipo?
- No boba, me separé.Lo curioso es que entre hombres el tema del amigo consolador como que no funciona. Una conversación de este talante entre tipos más o menos funciona así:
- Nacho, ¿por qué estás como aburrido?
- Ah, es que terminé con Ángela.
- Hummm, qué embarrada, parce, ¿y qué más, qué vas a hacer hoy?
En cambio la pobre pelada se lo cuenta a todo el que tenga ocasión de hacerlo y si lo ve a uno pagando en un kiosko de la universidad, ahí sí que es cierto que le saca toda la historia con pelos, señales, ropa, estado del tiempo, situación económica y alimentos ingeridos.
Lo triste es que para el consolador no hay recompensa, es un trabajo que a uno le cae del cielo y sin querer queriendo, porque si le interesa la niña, no hay nada mejor que meterla en cuidados intensivos y una cosa va llevando a la otra, claro que no falta esa vieja frase de que la cura es peor que la enfermedad.
Ellas son amigas del consolador, saben cuándo deben recurrir a él, lo tienen a la mano, lo usan y una vez obtienen lo que quieren lo dejan para irse con el chacho de turno. Esa es la triste vida, unos disfrutan lo que otros se demoraron reparando para ellos.
Archivado en: LO DE HOY el Mie 13 Jun 2007 | 11 Comentarios »