Atrapados por los neutrinos

Sol desde el Planetario de Medellín

Fotografía del sol tomada el 5 de junio de 2012 desde el Planetario de Medellín.

He estado pensando sobre cuál es la mejor manera de comenzar un blog dedicado a generar conversaciones en torno a la ciencia. Cuál es ese “boom” de la escena científica mundial, que la gente quisiera correr a leer antes que disfrutar de una fría cerveza o sentarse a ver como crece mágicamente el número de actualizaciones de su Facebook.

Después de mucho merodear por la alfombra roja de los hechos científicos más relevantes del último año, no puedo dejar de pensar en un tema que aunque no es nuevo para el mundo científico, lo es relativamente para el resto de los mortales, que flechados o no por el cupido de la ciencia, no nos resistimos a sus encantos ya sea para tener un as bajo la manga en reuniones sociales o para convertirnos en verdaderos seguidores y amantes de la ciencia. Se trata de los neutrinos y no precisamente de lo que los perdidos humanos conocemos de ellos sino de lo que intrínsecamente este tema, como muchos otros de la ciencia, pueden hacer en nosotros.

Hace algún tiempo tal vez hubiésemos pensado que se estaría hablando de algún aditamento para champú, que seguramente nos haría sentir mejor con nuestras inconformidades capilares o quizás se trataría de los poderes de algún súper héroe emergente. Pero en este momento dejaría de escribir si no tuviese la plena certeza de que les suena tan familiar como cien pesos de cuscús o un casado de solterita en el parque. Y no es para menos, pues ante la posibilidad de una equivocación por parte de aquel señor con cara de bonachón que se estampa en camisetas o se plasma en cuadros de pop art con bolitas de chicle y cuyas teorías nos encantan aunque no las comprendamos, no podía desaprovecharse para originar un despliegue mediático de gran magnitud, en cuyo interior se cocinara una enorme polémica que diera como resultado que estos “fantasmas” subatómicos se hicieran visibles.

No sabemos exactamente qué son y cuál es su importancia pero intuimos que algo significativo se teje en torno a ellos, principalmente porque “los que saben” lo dicen y no propiamente porque estos pequeños estén ligados a nuestra existencia y seguramente estén traspasando nuestros cuerpos a velocidades cercanas a la de la luz en este preciso instante. Comenzamos entonces a repetir y repetir lo que se habla de ellos en los medios de comunicación y como en un típico juego de teléfono roto, terminamos confundiendo roto con descosido y más enredados que un bulto de anzuelos. En este punto la mayoría salta del barco y se dedica a cosas más “productivas” y digeribles como el fútbol y la política tal vez.

Sin embargo, en el mejor de los casos, muchos nos embarcamos en la tarea de canalizar información para tratar de encontrar algo que para nosotros pueda resultar familiar y probablemente lo primero que encontremos sean definiciones al estilo Wikipedia: “Los neutrinos son partículas subatómicas de tipo fermiónico, sin carga y espín 1⁄2”. ¿Subatómicas? ¿Acaso en el colegio no nos adoctrinaron con la inconsistente versión de que el átomo es una partícula indivisible y que está constituida por partículas elementales llamadas neutrones, protones y electrones? Y eso sin contar que palabras como fermiónico, carga y espín nunca estuvieron matriculadas en nuestros cursos del colegio. De ahí en adelante todo el camino de coqueteo con la ciencia, se recorre por carretera destapada y en chiva. Definitivamente esa platica se perdió. Cómo me gustaría que la academia se dedicara a incentivar nuestra capacidad de abstracción y raciocinio, más que habilidades para transcribir libros obsoletos en cuadernos desprevenidos.

Muchos dirán que hay que tomarse unos cuantos guaros dobles para lograr comprender una mínima parte de todo este cuento, sobre todo si partimos de los conocimientos de “medio pelo” en ciencias básicas que muchos tenemos, que no van más allá de aplicar ciertas técnicas para lograr que la olla exprés no explote y deje una obra de arte abstracto en la pared de la cocina. Otros tal vez pensarán que temas como el de los neutrinos no nos sirven de nada a los ciudadanos comunes y silvestres, y pueden tener razón pues seguramente el salario mínimo no aumentará, no seremos más longevos, ni más felices gracias a dichos descubrimientos. Al menos, por el momento.

Pero cuando nos damos cuenta de que los neutrinos no son únicamente el resultado de ostentosos experimentos sino que provienen de diferentes fuentes incluido nuestro laboratorio astronómico natural: el sol, comenzamos a entender que tenemos todo que ver con ellos y que aunque solo se trate de aumentar nuestro acervo científico o simplemente saciar la infinita curiosidad humana, es enriquecedor porque el conocimiento cambia el sabor de las cosas y nuestra manera de catar el universo.

Por ahí dicen que “al que entre la miel anda, algo se le pega” y aunque siempre dije a mi madre que era absurdo, en este caso lo apruebo, pues comenzar a familiarizarnos con términos que jamás imaginamos pronunciar, sentir como el bichito de la curiosidad se abre camino, dar un paseo por el cosmos y siempre volver al origen, vale la pena, aunque quisiéramos que el itinerario fuera diferente.

No es de extrañarse que los sucesos relacionados con los neutrinos y su supuesta habilidad de romper el record de velocidad obtenido por la luz, hayan despertado reacciones tan diversas y tan propias de nuestra sociedad, en la que la controversia juega un papel influyente en nuestros gustos e intereses. No olvidemos que la ciencia está ligada a la subjetividad del ser humano. Sin embargo, ahora que según se conoce, las habilidades especiales de estos pequeños son simples ilusiones ocasionadas por errores ¿Seguirán importándonos los neutrinos? Esperemos que estas contribuciones no queden condenadas a ser artículos de lujo y moda como personajes de farándula impulsados por escándalos que finalmente terminan siendo olvidados.

Bien sean los neutrinos, la clonación de un animal o cualquier estreno de la cartelera científica, se hace necesario preguntarnos qué tan preparados estamos para alimentarnos de conocimiento, discernir sobre las implicaciones de los hechos científicos en nuestras vidas, contrastar fuentes, nutrirnos de más artículos y blogs escritos por científicos, en lugar de consumir enlatados con etiquetas bonitas y reenvasados vencidos que nos ofrecen muchos medios de comunicación e inclusive agencias de noticias reconocidas, en donde la sección de ciencia es la cenicienta que debe soportar los más infames abusos.

Será acaso este el momento y gracias a la sociedad de la información, en el que seamos verdaderamente atrapados por la ciencia y la reconozcamos no como patrimonio aislado o el trabajo de los científicos, sino como la vida misma que no precisa de verdades absolutas y que seduce con la capacidad que tiene de volver sobre sus pilares y reescribirlos de maneras tan bellas que no puede haber lugar para el desconocimiento y la indiferencia.