Jorge Wagensberg: aforista y contador de historias

Wagensberg

Jorge Wagensberg se burla de sí mismo como lo recomendaba Aristóteles, insiste en que el humor, el error y la paradoja deben hacer parte de las historias sobre ciencia, y en que no hay conocimiento verdadero sin gozo.

Hoy a las 7 de la noche estará en el Planetario de Medellín haciendo despliegue de una de las cosas que más le gusta hacer: condensar largos periodos de pensamiento en pocas palabras.

Según el catalán los aforismos, a diferencia de los refranes, estimulan conversaciones, no las cierran. “El lunes hablaré de textos científicos de una sola frase. El aforismo es el género literario más científico por muchas razones, necesito una hora para explicarlo, pero resumo: un cuento es más científico que una novela, un poema es más científico que un cuento y un aforismo es más científico que un poema”.

Personalmente considero que Medellín es una ciudad en la que encontramos poca oferta y demanda de formación en periodismo científico, comunicación de la ciencia y museología científica, por lo tanto, hacer parte de los proyectos Parque Explora y Planetario, es tal vez uno de los mejores caminos que he encontrado para vivir un  proceso de aprendizaje en estas áreas, y la posibilidad de conocer a este hombre es una de ellas.

Jorge Wagensberg en el Parque Explora. Medellín

Jorge Wagensberg es físico, escritor y museólogo, también fundador del CosmoCaixa de Barcelona. Lo califican como divulgador de la ciencia, sin embargo prefiere definirse como un contador de historias que hace reflexionar sobre ésta.

El fin de semana que recién pasa algunos empleados del Parque Explora tuvimos la posibilidad de asistir a un taller con Wagensberg. A lo largo de esas seis horas se abordaron algunas problemáticas de la museología científica, la comunicación y la divulgación de la ciencia.

Según el aforista catalán, el buen escritor de ciencia debe tener picardía e intrigar al lector, debe recurrir al suspenso de lo que ocurre en la ciencia y crear adicción a esta forma de conocer más que a otras.

Aunque para Wagensberg la palabra divulgación “viene de una raíz muy fea del francés”, en ocasiones hace uso de ella: “un buen divulgador científico debe estar al tanto de cualquier idea venga o no de la comunidad científica”.

A partir de su insistencia sobre contar historias atractivas para contextualizar teorías o postulados de la ciencia, una de las preguntas que se hicieron en este espacio de conversación fue ¿cómo hacer persistir la ciencia a través de historias que no sean reales sin perder rigor científico?

Wagensberg responde que en las historias de ciencia se puede fantasear, especular y enseñar la belleza de cualquier gramo de naturaleza siempre y cuando dejemos claro lo que se está haciendo; recomienda valorar las contradicciones de la ciencia, buscar su parte inteligible y su parte objetiva. Define la ciencia como una metáfora, y le atribuye tres cualidades: tiende a ser universal, excluye al observador y tiene un componente mínimo de ideología.

Sus reflexiones, humor y profundidad es tal que debo recomendar leer sus artículos y libros como “Yo, lo superfluo y el error”, “El gozo intelectual: teoría y práctica sobre la inteligibilidad y la belleza”, “Si la naturaleza es la respuesta ¿cuál era la pregunta?: y otros quinientos pensamientos sobre la incertidumbre”, “Más árboles que ramas”, en fin…

Concluyo con un afán, muy antioqueño por cierto, de resaltar la opinión de este museólogo sobre Explora: “el Parque Explora es el mejor museo de Latinoamérica, un museo con alma, vivo, inspirado en interactividad, que respeta el objeto real, inquieto, que tiene en cuenta la comunidad científica y quiere fomentar el debate…”.

Para que se antojen de asistir a su conferencia esta noche o a escudriñar sus textos, les dejo algunos de sus aforismos:

Cambiar de respuesta es evolución, cambiar de pregunta es revolución.

Toda respuesta tiene derecho a cambiar de pregunta.

La ciencia y la poesía subliman la ilusión de todo lenguaje: evocar lo máximo con lo mínimo.

Vivir es sobrevivir, supervivir, convivir, sobreconvivir y superconvivir.

Primero fue la pereza, luego, necesariamente el estímulo.

El vicio se parece al veneno: no existen sustancias tóxicas, sólo dosis tóxicas.

Sobrevivir: vivir más tiempo que el vecino.

No se puede vivir sin contradicciones, pero sí con las mínimas posibles.

El buen mediocre no nace ni se hace sino que se decide y se asume.

El gozo intelectual por estímulo equivale a descubrir una ignorancia, un vacío en el saber.

No hay observación que no altere lo observado.

Las nalgas son, probablemente , la solución más elegante capaz de conectar una espalda con un par de piernas.

Masajee su cerebro en el Coloquio de Astronomía

Coloquio Astronomía U de A - Explora

Imaginarse que Titán, una de las lunas (satélites) de Saturno tiene lagos de metano -una sustancia que en las condiciones de la Tierra estaría en estado gaseoso-  en su zona tropical, tal vez no sea una gran sorpresa para muchos: http://goo.gl/A9liZ

Pensar en la posible colisión de Andrómeda, nuestra galaxia vecina, con la Vía Láctea en aproximadamente tan solo 4 mil millones de años, puede no ser un motivo de preocupación urgente, pero es bueno preparase con tiempo: http://goo.gl/1sgz6

Un reality para ir a Marte en el 2023, con tiquete para una misión de ida sin regreso, probablemente pueda interesarle a más de uno que quiera darse unas vacaciones: http://goo.gl/NZUD1

Disfrutar de Time lapses con imágenes sorprendentes de auroras polares…

 

Seguir de cerca un día en la vida del Observatorio W. M. Keck…

 

Y Seguirle la pista a Venus en el tránsito que logró una interesante movilización social en Medellín, pueden ser algunos de los servicios de un verdadero spa del conocimiento.

Estas y otras aventuras, a la altura de las mejores películas de ciencia ficción, se viven cada viernes en el Coloquio de Astronomía U. De A. – Explora. Un espacio inexplorado por muchos y sorprendentemente atractivo para otros, donde con seguridad o al menos en mi caso, nunca se sale igual a como se entró. Es como la montaña rusa, ya sea que se te haga fácil o no, nunca te bajas como te subiste, al menos un poco despeinado.

Debo confesar que cuando me invitaron por primera vez al Coloquio de Astronomía, la imagen que se construyó en mi cabeza fue la de tres o cuatro personajes incomprendidos a los que denominamos ñoños, que probablemente no tienen otra cosa diferente que hacer un viernes en la noche. Pensé en qué ropa debía ponerme para mimetizarme entre el grupo y cómo adoptar una actitud intelectual para pasar desapercibida. Lentes, morral y algunos libros abrazados reforzarían la indumentaria, acompañados de otras estrategias básicas infalibles como sentarme en la última fila, esconderme tras el computador mientras juego Angry Birds y en caso de ser vista, asentir con la cabeza ante el discurso en chino que emitiera el sensei de ese grupo de iluminados. Pero eso sí, nunca, óigase bien, jamás osar levantar la mano para preguntar ante la más mínima presencia de duda (además porque seguro lo tendría que hacer todo el tiempo).

Y por último, en caso de emergencia, fingir demencia.

Esta descripción con un tinte de exageración, me es útil para decirles que tomar la decisión de traspasar la frontera imaginaria que creemos existe entre los gomosos de la ciencia (léase científicos, investigadores, aficionados y demás colados) y quienes caminamos desprevenidos de esos embrollos, puede resultar en una tarea titánica.

Como dijo el escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento “La ignorancia es atrevida” y ante el temor de lo desconocido podemos en ocasiones armarnos de prejuicios, estereotipos e imaginarios que nos ayudan a tomar decisiones facilistas que logran hacernos perder de las maravillas de explorar pedacitos de universo.

Muchos son los personajes que nutren cada ocho días el coloquio y que distan mucho de parecer sacados de la película que me inventé inicialmente. Estudiantes de colegios y del pregrado de Astronomía, miembros de los diferentes clubes de la ciudad, aficionados y todo el que quiera asistir, hacen parte de la escena. Sin embargo, hay dos rostros que siempre se verán y aunque no precisamente podamos decir que sean la cara más linda del coloquio, si nos encantan con su pasión y creatividad a la hora de hablar de ciencia:

León Jaime Restrepo (@ljrq10) quien nos muestra semana a semana, una especie de Facebook solar con sus últimas actualizaciones de estado, que nos permite reconciliarnos con el astro rey y reconocer su verdadero rol, muchas veces reducido al de simple guía para saber qué zapatos usar, si empacar la sombrilla en el bolso o si el día será propicio para un exquisito bronceado de camionero.

Jorge Zuluaga (@zuluagajorge) por su parte, con su gran habilidad para divulgar la ciencia, realiza una estupenda selección y análisis de las noticias astronómicas más relevantes de la semana, invita a otros expertos y foguea a los chicos del pregrado de Astronomía, generando una atmósfera de confianza y respeto en la crisálida donde seguramente se gestarán los futuros científicos divulgadores.

Pues bien, lo mío con el coloquio fue amor a primera vista y aunque la relación ha sido algunas veces compleja, créanme que vale la pena pues en este espacio se vale equivocarse, se vale preguntar, se vale asombrarse.

 

Otras cositas para disfrutar

Coloquio de astronomía

http://coloquio-astronomia.wikispaces.com/

Astronomer’s Paradise

Atrapados por los neutrinos

Sol desde el Planetario de Medellín

Fotografía del sol tomada el 5 de junio de 2012 desde el Planetario de Medellín.

He estado pensando sobre cuál es la mejor manera de comenzar un blog dedicado a generar conversaciones en torno a la ciencia. Cuál es ese “boom” de la escena científica mundial, que la gente quisiera correr a leer antes que disfrutar de una fría cerveza o sentarse a ver como crece mágicamente el número de actualizaciones de su Facebook.

Después de mucho merodear por la alfombra roja de los hechos científicos más relevantes del último año, no puedo dejar de pensar en un tema que aunque no es nuevo para el mundo científico, lo es relativamente para el resto de los mortales, que flechados o no por el cupido de la ciencia, no nos resistimos a sus encantos ya sea para tener un as bajo la manga en reuniones sociales o para convertirnos en verdaderos seguidores y amantes de la ciencia. Se trata de los neutrinos y no precisamente de lo que los perdidos humanos conocemos de ellos sino de lo que intrínsecamente este tema, como muchos otros de la ciencia, pueden hacer en nosotros.

Hace algún tiempo tal vez hubiésemos pensado que se estaría hablando de algún aditamento para champú, que seguramente nos haría sentir mejor con nuestras inconformidades capilares o quizás se trataría de los poderes de algún súper héroe emergente. Pero en este momento dejaría de escribir si no tuviese la plena certeza de que les suena tan familiar como cien pesos de cuscús o un casado de solterita en el parque. Y no es para menos, pues ante la posibilidad de una equivocación por parte de aquel señor con cara de bonachón que se estampa en camisetas o se plasma en cuadros de pop art con bolitas de chicle y cuyas teorías nos encantan aunque no las comprendamos, no podía desaprovecharse para originar un despliegue mediático de gran magnitud, en cuyo interior se cocinara una enorme polémica que diera como resultado que estos “fantasmas” subatómicos se hicieran visibles.

No sabemos exactamente qué son y cuál es su importancia pero intuimos que algo significativo se teje en torno a ellos, principalmente porque “los que saben” lo dicen y no propiamente porque estos pequeños estén ligados a nuestra existencia y seguramente estén traspasando nuestros cuerpos a velocidades cercanas a la de la luz en este preciso instante. Comenzamos entonces a repetir y repetir lo que se habla de ellos en los medios de comunicación y como en un típico juego de teléfono roto, terminamos confundiendo roto con descosido y más enredados que un bulto de anzuelos. En este punto la mayoría salta del barco y se dedica a cosas más “productivas” y digeribles como el fútbol y la política tal vez.

Sin embargo, en el mejor de los casos, muchos nos embarcamos en la tarea de canalizar información para tratar de encontrar algo que para nosotros pueda resultar familiar y probablemente lo primero que encontremos sean definiciones al estilo Wikipedia: “Los neutrinos son partículas subatómicas de tipo fermiónico, sin carga y espín 1⁄2”. ¿Subatómicas? ¿Acaso en el colegio no nos adoctrinaron con la inconsistente versión de que el átomo es una partícula indivisible y que está constituida por partículas elementales llamadas neutrones, protones y electrones? Y eso sin contar que palabras como fermiónico, carga y espín nunca estuvieron matriculadas en nuestros cursos del colegio. De ahí en adelante todo el camino de coqueteo con la ciencia, se recorre por carretera destapada y en chiva. Definitivamente esa platica se perdió. Cómo me gustaría que la academia se dedicara a incentivar nuestra capacidad de abstracción y raciocinio, más que habilidades para transcribir libros obsoletos en cuadernos desprevenidos.

Muchos dirán que hay que tomarse unos cuantos guaros dobles para lograr comprender una mínima parte de todo este cuento, sobre todo si partimos de los conocimientos de “medio pelo” en ciencias básicas que muchos tenemos, que no van más allá de aplicar ciertas técnicas para lograr que la olla exprés no explote y deje una obra de arte abstracto en la pared de la cocina. Otros tal vez pensarán que temas como el de los neutrinos no nos sirven de nada a los ciudadanos comunes y silvestres, y pueden tener razón pues seguramente el salario mínimo no aumentará, no seremos más longevos, ni más felices gracias a dichos descubrimientos. Al menos, por el momento.

Pero cuando nos damos cuenta de que los neutrinos no son únicamente el resultado de ostentosos experimentos sino que provienen de diferentes fuentes incluido nuestro laboratorio astronómico natural: el sol, comenzamos a entender que tenemos todo que ver con ellos y que aunque solo se trate de aumentar nuestro acervo científico o simplemente saciar la infinita curiosidad humana, es enriquecedor porque el conocimiento cambia el sabor de las cosas y nuestra manera de catar el universo.

Por ahí dicen que “al que entre la miel anda, algo se le pega” y aunque siempre dije a mi madre que era absurdo, en este caso lo apruebo, pues comenzar a familiarizarnos con términos que jamás imaginamos pronunciar, sentir como el bichito de la curiosidad se abre camino, dar un paseo por el cosmos y siempre volver al origen, vale la pena, aunque quisiéramos que el itinerario fuera diferente.

No es de extrañarse que los sucesos relacionados con los neutrinos y su supuesta habilidad de romper el record de velocidad obtenido por la luz, hayan despertado reacciones tan diversas y tan propias de nuestra sociedad, en la que la controversia juega un papel influyente en nuestros gustos e intereses. No olvidemos que la ciencia está ligada a la subjetividad del ser humano. Sin embargo, ahora que según se conoce, las habilidades especiales de estos pequeños son simples ilusiones ocasionadas por errores ¿Seguirán importándonos los neutrinos? Esperemos que estas contribuciones no queden condenadas a ser artículos de lujo y moda como personajes de farándula impulsados por escándalos que finalmente terminan siendo olvidados.

Bien sean los neutrinos, la clonación de un animal o cualquier estreno de la cartelera científica, se hace necesario preguntarnos qué tan preparados estamos para alimentarnos de conocimiento, discernir sobre las implicaciones de los hechos científicos en nuestras vidas, contrastar fuentes, nutrirnos de más artículos y blogs escritos por científicos, en lugar de consumir enlatados con etiquetas bonitas y reenvasados vencidos que nos ofrecen muchos medios de comunicación e inclusive agencias de noticias reconocidas, en donde la sección de ciencia es la cenicienta que debe soportar los más infames abusos.

Será acaso este el momento y gracias a la sociedad de la información, en el que seamos verdaderamente atrapados por la ciencia y la reconozcamos no como patrimonio aislado o el trabajo de los científicos, sino como la vida misma que no precisa de verdades absolutas y que seduce con la capacidad que tiene de volver sobre sus pilares y reescribirlos de maneras tan bellas que no puede haber lugar para el desconocimiento y la indiferencia.

 

La ciencia es útil porque sí

Planetario de Medellín
Observatorio del Planetario de Medellín

Observatorio del Planetario de Medellín. 05 de junio de 2012

Danilo González Díaz*

gonzalez.diaz.danilo@gmail.com

¿Quién en su sano juicio duda hoy del sistema heliocéntrico? Debo confesar que me sorprende y emociona que un modelo tan poco intuitivo como el heliocéntrico pueda estar en la mente de todas las personas. Casi me parece normal que hace más de 400 años la gente no dudara de la quietud de la Tierra. La apropiación de la ciencia consiste en hacerla parte de la vida cotidiana sin tener que soportar la fatiga de hacerla. No se necesita ser un científico para conocer y vivir los resultados más relevantes de la ciencia, ni tampoco tomar un curso de matemáticas avanzadas para comprender que el mecanismo que hace girar a la Tierra alrededor del Sol es la gravedad -incluso cuando ni los científicos saben completamente qué es la gravedad-.

Vivimos en un mundo que no podría ser sin la ciencia. Nuestra vida cotidiana se ve influenciada  por tecnologías que dependen de la ciencia y que influyen desde actividades en nuestra vida privada hasta fenómenos de escala global. Cuán extraño le parecería a los antiguos hombres las telecomunicaciones actuales: el celular, la televisión, el internet. No hay que ir demasiado lejos en el tiempo para comprender el abrumador incremento en la tecnología. ¿Qué piensas que diría tu abuelo si te viera manipulando personajes de un videojuego sin controles? Todos los días hay nuevos avances en tecnología y se hacen nuevos descubrimientos en ciencia, pero vivimos sin preocuparnos de cómo funcionan la cosas, excepto, quizá, cuando empiezan a fallar.  El ejercicio de apropiarse de la ciencia y la tecnología está en ver los fenómenos que dan lugar en la olla a presión cuando se hace de comer, en las reacciones del cuerpo cuando nos infecta la gripa o en los televisores cuando sintonizamos un canal.

Existe una cantidad enorme de información que deriva de la investigación y del ingenio humanos. Decía hace un momento que no se necesita ser un científico para tener acceso a dicha información, pero sí hay un requisito mínimo: la curiosidad. Esto vale tanto para el entusiasta de la ciencia como para el divulgador. El divulgador de la ciencia tiene una labor bastante difícil, que consiste en presentar los conceptos, las cifras, los cálculos de la ciencia como algo muy cotidiano e intuitivo; en otras palabras, mostrarle al público no especializado que siempre ha convivido con los fenómenos que está explicando. Tiene la tarea de mostrar que la curiosidad no mata al gato, que abrir la caja mágica de Pandora no libera los demonios. Y no es una tarea fácil. Para divulgar ciencia hay que saber muy bien de lo que se está hablando. En caso contrario se puede caer con facilidad en imprecisiones y noticias falsas. El divulgador que se dedica a transcribir noticias, no puede detectar falsedades en sus fuentes y está abocado a repetirlas. Es común ver en revistas, diarios, radio y televisión errores cuando divulgan resultados científicos porque en sus equipos de trabajo no hay divulgadores competentes. Un divulgador debe partir de un ejercicio interior, responderse sinceramente si él mismo ha entendido el tema, luego tomar una pelota de fútbol y mirar en ella el problema cuántico que quiere explicar o el proceso que dio origen al universo.

En mi opinión –ahora opino de esta manera- el divulgador no debe considerar a su público como un conjunto de alumnos, es decir, no debe pretender enseñar. Me pregunto cuántas personas de las que vieron o leyeron la serie Cosmos: un viaje personal, del célebre divulgador norteamericano Carl Sagan, recuerdan con precisión al menos un diez por ciento de los temas que el Dr. Sagan expone. El divulgador seduce al público con fenómenos asombrosos que en un aula de clase parecerían fenómenos aburridos, les propone viajes excitantes a lugares cotidianos, pero no debe pretender inyectar su saber. Si su material es usado como consulta académica, bien sea venido el uso. Pero si se pretende ser usado como esparcimiento, también debe haber sitio para ello.

Sin embargo, ¿es el científico la persona adecuada para divulgar ciencia y tecnología? No siempre, pero opino que la divulgación debería ser una prioridad en los programas académicos. Infortunadamente las comunicaciones científicas están pensadas en la mayoría de los casos para ser entendidas por científicos. El resultado de este hermetismo desemboca en la ya obligada justificación que los estudiantes de ciencia deben hacer en las reuniones sociales cuando les preguntan para qué sirve lo que hacen. La ciencia es útil porque es obvio que es útil. Una sociedad que se haya apropiado de la ciencia y la tecnología no verá en los científicos personas extrañas ajenas a la sociedad, comprenderá su importancia, tomará conciencia del poder y las limitaciones de la ciencia, de los logros y las responsabilidades que conlleva una sociedad tecnológicamente avanzada.

 

*Físico de la Universidad de Antioquia y Profesional de divulgación en Astronomía – Planetario de Medellín.