Viajar es un placer triste: siete días en la Tatacoa

 

@helectron

Siempre que se viene un viaje, largo o corto, la noche anterior duermo mal y poco. Ya estaba todo listo, una maleta grande y dos bolsos pequeños con los binoculares, la cámara, el trípode, y entre otras cosas dos tarros de repelente de mosquitos para hacernos invisibles al Aedes Aegypti que transmite el dengue y el chikungunya. Partiríamos hacia el Desierto de la Tatacoa a las 6:00 a.m., luego de recoger a dos amigos.

En 14 horas volvimos en carro. Partimos el 17 de enero desde Medellín, a las 2:00 p.m. ya estábamos disfrutando del frío de unas modestas casacas de San Sebastián de Mariquita, en el Tolima: Cascadas de Medina. Pasamos por Armero, el pueblo fantasma, a eso de las 4:00 p.m. y a las 6:30 p.m. llegamos a Ibagué, nos alojamos en un hotel del centro. No es una ciudad bonita. Neiva me atrajo más, de allá trajimos las Achiras del Huila.

La carretera de allí a Neiva es hermosa, maravillas de la ingeniería civil que demuestran que para la mente humana no existen barreras. Antes del Espinal se comienzan a ver los puestos llenos de mangostinos morados, la fruta dulce y ácida a la vez de un árbol llevado a San Sebastián de Mariquita por los ingleses a principios del siglo 20 que se cultiva allí en abundancia. ¡Deliciosa!

Al Desierto llegamos el 18 de enero. Dos colores marcan este bosque seco tropical 330 kilómetros cuadrados de área, -Medellín tiene 380 kilómetros cuadrados-. Nos alojamos en la comunidad del Cuzco, uno de los cinco lugares en los que se divide la región, de color predominantemente naranja a diferencia de la grisácea zona de Los Hoyos.

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