Dr. Bricoux, una leyenda de la colombofilia belga

Paloma línea  Bricoux, cuyos padres fueron importados desde España por los hermanos Otálvaro. La paloma fue volada en el pasado derby de Bogotá. Foto Cortesía Elbert Otálvaro

Paloma línea Arturo Bricoux, cuyos padres fueron importados desde España por los hermanos Otálvaro. La paloma fue volada en el pasado derby de Bogotá. Foto Cortesía Elbert Otálvaro

 

 

Distintos estudiosos de la paloma belga de carreras se refieren al colombófilo, Arturo Bricoux, de la hermosa e histórica ciudad de Jolimont, como el maestro de maestros en el inigualable mundo de la colombofilia belga. Una nación de 30.528 kilómetros cuadrados, casi la mitad de Antioquia, pero que en sus mejores tiempos llegó a contar con más de 200.000 colombófilos y diez millones de palomas en carreras.

A Bricoux, algunas de cuyas palomas fortalecieron algunos de los palomares antioqueños, sobre todo rojos extraordinarios, en la década de los 30 del siglo pasado, se le denominada dentro y fuera de su país, como el “mejor colombicultor de todos los tiempos”.

De él se dice en uno de los tomos del libro La Paloma Belga de Carreras, textos maravillosos que todo colombófilo debe leer y reeler, que mientras estuvo en competencia nadie lo superó en la crianza de palomas. El Dr Bricoux, sin duda, fue un colombófilo extraordinario.

Excelente recordar esto, sobre todo para quienes aún tienen algunas palomas de su procedencia. Su palmarés entre 1919 y 1939 fue sencillamente extraordinario, mirar su cuadro de  honor era incluso un orgullo, así no se fuera propietario de ninguna de sus palomas.

El Dr Bricoux, como todo el mundo le decía, era ante todo un caballero. No obstante, entre 1930 y 1939 sus triunfos resultaban tan avasalladores contra miles y miles de palomas en el medio, fondo y gran fondo, que quienes competían contra él, afirmaban que dopaba sus palomas. Con una Bricoux en competencia casi que se sabía, sin mayores dudas, cuál sería la primera en la carrera.

Dicen que el Dr Bricoux sonreía cuando le preguntaban por la forma casi mágica como manejaba su palomar.

No podía ser otra la suerte de un maestro que construyó su colonia con extraordinarias bases. Fueron sus palomas iniciales las extraordinarias Beeckeman, a las que luego agregó ejemplares de la línea Cellier, otro belga asombroso.

Luego introdujo a su colonia las Baclene, del bello poblado de Walcourt y las Rousseau, de Jempe. El acero de su palomar lo terminó de pulir introduciendo además algunos ejemplares que intercambió con el gran campeón francés, Pablo Sion.

Del Dr Bricoux se sostiene que manejaba la consanguinidad. Su método magistral, como el de muchos otros grandes, era la paciencia. Se declaraba enemigo acérrimo de los concursos de pichones y jamás enviaba una paloma de menos de un año a las carreras. Después de los dos años, jugaba sus palomas en el sistema de viudez. Algunos que lo conocieron y tuvieron el privilegio de conocer sus principales métodos para alcanzar los primeros puestos, dicen que eran un colombófilo consagrado a la viudez. Esa era la llave que le abría la puerta de sus triunfos, claro, viudez con palomas extraordinarias y debidamente preparadas.

No obstante sus grandes conocimientos, su forma de alimentar era absolutamente simple, pocas veces utilizaba más de cuatro o cinco granos en sus mezclas, siempre guardando proporciones de dietas, de acuerdo con el momento de su colonia.

Aunque muchas cosas se hablaban de él, lo único cierto era que no tenía secretos y lo que sabía lo compartía con quienes tenían el privilegio de hablar con él.

Jamás dudó en que la cesta era el juez supremo de sus palomas. La belleza no tenía para él nada que ver con el valor real de una paloma.

Se centraba en las palomas fuertes y musculosas y de plumajes de gran suavidad y blandura. Decía que una paloma de larga distancia debía tener sus plumas secundarias bien desarrolladas.

Lo suyo era la larga distancia, en eso se especializó y eso aconsejaba a los jóvenes que lo visitaban. Durante más de 20 años, hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial, el Dr Bricoux fue un colombófilo insuperable. Su final como colombófilo no pudo ser más triste, aterrorizado, como otros millones de personas en Europa, abandonó su palomar y todos sus bienes, de manera precipitada. Semanas después regresó y se encontró con el desastre. El ejército francés había sacrificado una a una todas sus palomas. Eran demasiado valiosas para que pudieran caer en manos enemigas.

No obstante la desgracia, en momentos tan difíciles como los que le tocó vivir, cobran inmenso valor los grandes y verdaderos amigos. Los suyos fueron Néstor Tremery y Arturo Camerín, ambos belgas, que le ofrecieron sus palomares como si fuesen su propia sala de cría, hecho que le permitió, en buena parte, reconstruir su sitial de honor en la colombofilia. La sangre de su palomar, si es manejada por manos maestras, siguen siendo lujo en las grandes competencias.

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