George Fabry, un siglo en la cúspide

 

Palomas línea Fabry, palomar Cesar Parra, Medellín.  Foto Cortesía Bety Parra

Palomas línea Fabry, palomar Cesar Parra, Medellín.
Foto Cortesía Bety Parra

 

En la ruta de los grandes colombófilos, al menos, de aquellos que universalizaron sus nombres y sembraron las bases de colonias históricas, siempre habrá que tener presente al extraordinario colombicultor de la ciudad belga de Lieja, George Fabry, padre de Víctor Fabry, quien heredó sus palomas y la grandeza con la que su progenitor las cultivaba.

Como entretenimiento para quienes la colombofilia es una pasión vale destacar que cuando George Fabry decidió ser colombófilo lo hizo para estar en la cumbre, incluso más allá de su muerte y lo logró.

Dicen quienes conocen o han investigado su historia que comenzó en este deporte en 1913, luego de adquirir un par de palomas de Hasennes, sin duda uno de los mejores de la gran colombofilia belga.

El viejo Fabry sabía a qué le apostaba en un mundo donde se llevan las cestas llenas a los concursos y se regresa a casa con ellas vacías, con la esperanza de volverlas a llenar con el retorno de los ases. No obstante, son pocos los que cumplen este sueño.
Los Fabry, compitiendo contra unos 4000 colombófilos y cientos de miles de palomas en las carreras, lograron numerosos campeonatos y carreras nacionales, incluyendo el famoso Nacional de Angulema, en el que levantaron la medalla de oro por la mayor cantidad de premios con 12 palomas marcadas.

No obstante, su gesta colombófila, al igual que el resto de la colombofilia europea, se vio duramente golpeada por dos guerras mundiales. La crueldad y destrucción de las confrontaciones bélicas no tiene límites. En la Segunda Guerra Mundial, luego de que las tropas alemanas invadieran Bélgica masacrando pueblos enteros, arrasando con los palomares y saqueando lo mejor, muchas de las Fabry terminaron en Alemania, donde algunas incluso fueron sacrificadas o destruidas.

 

Volver de las cenizas

Como todo gran hombre, terminada la guerra, que dejó a su país arrasado, hambriento y casi sin esperanzas de volver a levantarse, y buena parte de la colombofilia en idénticas circunstancias, el amor por sus palomas llevó a Fabry a rescatar algunas de sus palomas enviadas a Alemania. Luego se reforzó con varios ejemplares de Bricoux y dos hembras de Vanbruaene y De Scheemaecker. A su cuadro colombófilo le dio pinceladas de lujo al comprar algunas de las palomas de su propia línea, hecho que le permitió reconstruir su estándar y mantener su fenotipo.

Así despegó un nuevo periodo de gloria para Fabry y la colombofilia mundial porque sus palomas eran adquiridas en uno y otro continente, con resultados sorprendentes. A Colombia, desde los años 60, gracias al interés y esfuerzos de algunos entusiastas colombófilos que se daban el lujo de visitar las mejores colonias europeas, entraron varias palomas de Fabry, Sion, Bricoux, Janssen, Catrysse, Horemans y Stichelbaut, entre otras.

Los resultados de los Fabry, sin duda, fueron extraordinarios y sus cruces siguen dando excelentes resultados entre quienes los han sabido cultivar.

Terminada la Segunda Guerra Mundial las palomas Fabry volvieron a llenar las páginas de la historia y las publicaciones colombófilas europeas. En 1947 el mundo colombófilo conoció de ejemplares como la fabulosa “Heroína”, voladora y reproductora extraordinaria.

En su palmarés aparece su primer lugar del nacional de San Vicente, sobre una distancia de 945 kilómetros en una condiciones climáticas atroces. Esta hembra era abuela de “Porthos”, paloma ganadora de dos millones de francos belgas en dos años de carreras. Además dio el “mitad Fabry”, de los hermanos Janssen, quienes adquirieron una paloma de Fabry para fortalecer su ya histórica estirpe, en un hecho que llamó a atención colombófila europea, pues los Janssen difícilmente introducían palomas de otros palomares al suyo. Sobre “mitad Fabry” también se han dado sus banquetes literarios los periodistas especializados en colombofilia.

Ni hablar de Fangio, una paloma que no parecía tener rival en ninguna distancia, velocidad, medio fondo, fondo y gran fondo. En cuatro años concursando reportó a su palomar premios por un millón de francos belgas. El famoso Moucheté, de 1960, fue otro campeón de todas las distancias, quebrando el mito aquel, con el que los aficionados, en discusiones bizantinas, pasan sus días tratando de descubrir palomas de velocidad, fondo y medio fondo. Moucheté además era ejemplar excepcional a la vista, de un estándar impecable y una fuerza física sorprendente.

No se puede hablar de los Fabry sin mencionar el “Mosquito”, sin lugar a dudas, el mejor de Fabry de largas distancias en la década de los años 1960. Se le llegó a catalogar como una de las mejores palomas de Bélgica en el día, pues, pese a los grandes kilometrajes a que era enviado, no lo cogía la noche volando. El Mosquito levantó tres oros en los concursos nacionales belgas.

 

Mucho de qué hablar

Siguiendo las rutas literarias de los reporteros de su época, que llenaban páginas y páginas de periódicos, revistas, folletines y otros documentos especializados, algunos con tirajes de más de 200 mil ejemplares para varios países europeos, descubre uno a un Georges Fabry como un ser paciente, estudioso, concentrado en los detalles, conocedor de todo el linaje de cada uno de sus ejemplares y, sobre todo, un aficionado que sabía meterle fuerza y viveza a su colonia.

Su rutina era una hora de vareo en la mañana y otra en la tarde. La dieta era normal: 20 por ciento de trigo, 50 de cebada por ciento, 10 por ciento de los guisantes, maíz y 20 por ciento en el invierno. En verano daba 23 por ciento de trigo, 30 por ciento de maíz, 30 por ciento de los guisantes, 10 por ciento de mijo y 5 por ciento de semillas de girasol. En las carreras suministraba 15 por ciento de trigo, 40 por ciento de maíz, 30 por ciento de guisantes, 10 por ciento de mijo, 5 por ciento de semillas de girasol, un poco de cáñamo días antes de una carrera. En las mudas recibían 15 por ciento cebada, 25 por ciento de maíz, 25 por ciento de trigo, 5 por ciento de semillas de girasol, 5 por ciento de cáñamo, y 25 por ciento de guisantes. Era enemigo de la sobre alimentación o subalimentación. Siempre sus aves se veían con apetito.
Para mantener su palomar siempre en la cima le daba un alto valor a la aireación del mismo, el impacto de los rayos solares sobre sus palomas y la limpieza diaria, dos veces al día, mañana y tarde, jugaba a la viudez con yearlings y adultas, volaba sus pichones hasta los 250 kilómetros y se daba el lujo de esperar, hasta el comienzo de las carreras, para empezar a darles plena forma a sus viudos.
Un siglo en la cúspide

Los Fabry se extendieron por todo el siglo XX y sus palomas lograron grandes reconocimientos en toda Europa, por supuesto que en Bélgica; Estados Unidos, Canadá, Suramérica, Australia, Gran Bretaña, Japón y Sudáfrica.

Donde llegaba un Fabry casi que el triunfo estaba asegurados, si el dueño de la colonia realmente sabía alimentar las palomas, seleccionarlas y llevarlas a las grandes carreras. No podemos olvidar que la paloma aporta el 50 %, en casi todos los casos y el colombófilo el otro 50 % del triunfo. La colombofilia va más allá de comprar la mejor comida y sentarse a esperar.

Los alemanes, donde las Fabry se hicieron muy populares, acudían en masa, dispuestos a dar fortunas por sus ejemplares. En 1976, 500 aficionados alemanes occidentales acudieron a una subasta para tratar de hacerse a una de 60 palomas Fabry en venta.

Si bien lograba grandes cantidades de dinero con las ventas de sus palomas, se le reconocía como a un hombre de gran generosidad con aquellos que no tenían como comprarle una gran paloma y les obsequiaba algunas de sus aves y huevos.

En 1972 murió George Fabry, pero sus palomas hacen que su nombre se inmortalice

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