La cesta, juez supremo de la paloma

 

No importa de que color es el gato siempre que cace ratones. Expresión de Ho Chi Ming, líder vietnamita

No importa de que color es el gato siempre que cace ratones. Expresión de Ho Chi Ming, líder vietnamita

Sin duda, la cesta es el juez supremo de la paloma mensajera. Esta no sabe ni respeta teorías del ala, el ojo, la quilla, la gran paloma a la mano o las divinas proporciones. Genética, sin duda, todos los palomares la tienen y cada vez más desarrollada.

Por ello, la paloma que nació para volar e ir a los grandes concursos debe adaptarse a la cesta casi que desde su primer mes de vida.

Así como el colombófilo que saca pichones para que a futuro se destaquen como viudos, los acaricia desde la primera semana que dejaron el huevo y no deja de acariciarlos el resto de su vida, así mismo debe familiarizarse a las palomas con la cesta.

Hay quienes, una vez bajan los pichones de sus nidales, los introducen en cestas especiales, donde sus padres los alimentan, al menos, dos o tres veces al día, a través de barrotes o pequeñas ventanas por las que los pichones sacan sus cabezas para recibir sus granos del pico de sus padres.

No es tarea fácil, de hecho nada en la colombofilia para el profesional de la misma es sencillo, exige tiempo, dedicación y trabajo tenaz. Por eso hay palomas de 400 mil euros y otras infinitamente más baratas.

El mejor entrenamiento es volarlas todos los días, ojalá y guiadas con una bandera que las discipline. No obstante, el vuelo libre y sin condicionamientos también resulta en muy útil. Diez o quince minutos, son suficientes, aprendí de un colombófilo alemán que nos visitó en el colombódromo de los Salados. Por mi cara de sorpresa, quizás se fue convencido de que no le creí, pero la vida me ha enseñado que tenía razón. Alguna vez escuché de Jaime Osorio, colombófilo envigadeño que una de sus grandes palomas vareaba diez minutos y luego esperaba, si no podía acercarse al palomar en un techo mientas el resto se sacaba chispas en el aire. Pero en los concursos era el primero que le llegaba.

De todas formas, el vareo enseña al colombófilo acucioso a conocer cada una de sus palomas. Hay algunas que luego de mudar las dos últimas remeras mayores, novena o décima, si se les presiona buscan algún lugar elevado para no enfrentarse a un ejercicio que les resulta molesto.

En estos casos lo ideal es recoger esas palomas y aislarlas hasta que completen la muda, que ellas agradecerán tal decisión con resultados maravillosos en los concursos. Otras varean con total tranquilidad desde la primera a la décima.

Por mi experiencia y diálogos con numerosos colombófilos sé de destacados campeones que una vez termina la temporada de concursos suspenden toda actividad física en su palomar por cuatro o cinco meses. Al final de estos les sacan un pichón a sus voladoras y reanudan los vareos para tenerlas a punto para la próxima temporada.

Otros colombófilos, también con muy buenos resultados, y palomares en fincas de recreo o de trabajo dejan sus palomas libres todo el año. Claro, siempre durmiendo y alimentándose dentro del palomar. A falta de 1 mes para el inicio de concursos, las disciplinan para que permanezcan en sus jaulas.

No importa el método, la clave del buen vareo, la buena pluma y la manifestación de la genética la tiene una alimentación balanceada y siempre acorde con el momento que vivan las mensajeras.

Retomando el tema de la cesta, es mi recomendación que en sus primeros meses de vida, los pichones pasen, al menos, una noche en la cesta cada semana. A la mañana siguiente, en el mismo palomar, se les libera a fin de que vareen con el resto del palomar y retornen, cada vez, con mayor confianza.

La cesta o la señora juez de cracks y mediocres, si no es bien manejada, cobra víctimas.

Probarlo es simple, coja sus palomas de la sala de cría, que llevan años sin probar cesta y métalos en esta uno o dos días, sin moverlas para lado alguno, con buena agua y buena comida y saque conclusiones. El shock es tan fuerte que algunas palomas ni siquiera son capaz de abandonarla.

Los pichones y, en esto hay toda suerte de teorías, de hierro o estrés supremo; metódico o paso a paso, del que soy partidario, deben hacer sus primeros vuelos de manera progresiva.

Una vez estén familiarizados con la cesta, llevarlos a los 5, luego 10, 15, 20 km, dentro de un proceso de educación.

Si se levanta por la mañana y decide meter sus pichones y liberarlos a cien kilómetros para que regresen “los tesos”, al menos para la mente del colombófilo, también se vale. A fin de cuentas el palomar tiene dueño y él decide como resuelve sus problemas o crea sus sueños o fracasos.

En Europa y Estados Unidos, aquí no tanto, tienen además de banderas y pitos, entrenadores especializados que les enseñan a las palomas a hacer piques a velocidades impresionantes y permanecer en las nubes por dos o tres horas: los halcones que abundan.

El buen vareo, producto de una buena alimentación, es el termómetro ideal del aficionado que conoce sus palomas. Las mejores, una vez están en el aire desaparecen entre nubes y se alejan 20 y más minutos del palomar. Si se trata de viudos, están en plena forma y en manos de un colombófilo especializado en los mismos, estos sí que dan señas en el vareo de su forma.

Las hembras viudas son más complejas de evaluar por la manera disciplinada como siempre se están moviendo en el aire.

Remato con la recomendación de siempre, paciencia, paciencia, paciencia, defina un método y perfecciónelo. Si hizo el trabajo bien, la cesta no le fallará.

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