La unión, clave del éxito colombófilo

Registro de premiación temporada 2017 del AMA, en la finca del señor Julio Vélez. Izq-derecha, Rafael Isaza González, Willian Ochoa, Jaime Osorio,  Jorge Gutiérrez y Apolinar Pérez, más que colombófilos grandes amigos gracia a su jobie por las palomas.

Registro de premiación temporada 2017 del AMA, en la finca del señor Julio Vélez. Izq-derecha, Rafael Isaza González, Willian Ochoa, Jaime Osorio, Jorge Gutiérrez y Apolinar Pérez, más que colombófilos grandes amigos gracia a su jobie por las palomas.

¿Qué puede decirse de la paloma mensajera que no se haya dicho o publicado? Con absoluta certeza: nada, pero lo más paradójico, siempre habrá discursos, lecturas y enseñanzas infinitas al respecto.

Sobre palomas mensajeras se escriben y siguen escribiendo libros, periódicos, revistas e incluso tratados considerados científicos, desde comienzos del siglo XVIII, todo el siglo XIX en algunos países europeos, y con especial énfasis en Bélgica, considerada la cuna de la paloma de carreras. Ni hablar del siglo XX y los 17 años del presente siglo cuando internet tiene a todos los aficionados de todo el mundo colombófilo hablando y escribiendo de palomas en todos los idiomas.

No hay escrito, revista, portal, cuyos artículos no sean pasados por el filtro de google traslate, cuando se desconoce el idioma de origen en el que se hizo el ejercicio literario.

Sin embargo, hay una palabra, que entre los grandes maestros del arte de criar y volar palomas ha sido central y que parece no importar a la gran masa de la colombofilia y ello explica en parte que hoy se pierdan, año tras año, casi en todos los países, tantos colombófilos como palomas en los grandes vuelos: la Unión.

En el caso nuestro llevamos décadas de atraso colombófilo, en buena parte, por el egoísmo de algunos aficionados que creen que este cuento de las palomas es solo para personas muy pudientes y las divisiones en los clubes, las asociaciones regionales e incluso en las federaciones nacionales e internacionales.

Claro que el jobie tiene sus costos y, a veces muy altos, pero en el mejor sentido de la palabra, la paloma mensajera es el caballo de carreras de los pobres. Un aficionado disciplinado, inteligente y paciente, que sepa explotar debidamente su colonia resulta invencible con un equipo de no más de 30 o 40 ejemplares. En Europa misma, de donde llegan revistas casi editadas en papel de oro, miles de colombófilos modestos han sido grandes maestros en nuestro deporte. Basta observar el origen de la mayoría de las grandes colonias, de esas con las que hoy los palomares tallados en oro sacan pecho.

Nuestro deporte es una asociación de amigos a los que nos gustan o apasionan las mensajeras. Por ello, los clubes son de todos, las asociaciones de clubes igual y mucho  más las federaciones.

Encontrémonos en el arte de criar, entrenar y volar nuestras palomas. Y como decía el gran colombicultor y escritor belga Arene de Mar, que los  buenos colombófilos siempre se mantengan  bien unidos, que solo en la unión hallarán la verdadera fuerza, no aquella fuerza aparente que acompaña a la gloria efímera y pasajera.

No pueden prosperar los reyezuelos en nuestro deporte, esos que se creen dueños de las asociaciones porque lo suyo no es la gran colombofilia, en la que seguramente jamás ganarán, lo suyo es el egoísmo y el liderazgo en las divisiones.

La colombofilia es de amigos y si la concebimos, seguramente nuestra página de gloria apenas comienza.

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