Mi pasión por la colombofilia

La colombofilia llegó a mi vida como un acto mágico. Desde niño, quizás por mi arraigo campesino del nordeste antioqueño, siempre me acompañaba algún tipo de mascota.

Un día, hace ya más de cuatro décadas, descubrí su mundo. En un almacén del centro de Medellín, que se llamaba el Fogón Eléctrico, no sé por qué y nunca lo comprendí, vendían algunas aves, entre ellas palomas mensajeras.

Adquirí una paloma blanca y luego de tenerla varios meses en casa decidí llevarla hasta el corregimiento La Floresta, de Yolombó (mi pueblo natal), donde se reunió el todo el pueblo e incluso, el sacerdote italiano José Schionna, quien dirigía esa feligresía, y sabía algo de palomas, para verla soltar.

El padre puso un mensaje sobre el anillo que identificaba a la paloma y la lanzó al aire en medios de aplausos y apuestas a que llegaba o no llegaba a Bello, donde tenía su palomar.

La espera fue intensa. Pasaron una, dos, tres horas, cuando el único teléfono que había en el pueblo, alrededor del cual habían reunidas varias personas, sonó para anunciar la llegada de la paloma.

El júbilo fue general, nadie lo podía creer, desde Bello repetían una y otra vez el mensaje secreto que había escrito el padre Schionna y él, en su lengua italiana repetía, ¡es increíble! ¡es increíble!… Luego se armó la fiesta y no faltó el que se tomó sus tragos para celebrar con los pesos que se había ganado en las apuestas.

Las palomas mensajeras abren todo tipo de puertas y crean sociedades de amigos que perduran para siempre. En esos primeros años fue fundamental el apoyo que me brindaron colombófilos ya fallecidos como don Luis Sánchez, don Daniel Galvis, don Mario Álvarez, don Guillermo Zuluaga y muchos otros que hoy no nos acompañan, paz en sus tumbas.

En esos tiempos también conocí al doctor Rafael Isaza González, uno de los pioneros de la colombofilia antioqueña y colombiana y propietario de una de las colonias más importantes que ha tenido la colombofilia nacional en todos sus tiempos y que la sigue teniendo.

Enterado de mi amor por las grandes palomas, en el año 1978, el doctor Isaza me obsequió cuatro pichones hijos de sus mejores palomas, dos de origen alemán y dos de origen belga.

De esas cepas cree una gran colonia de mensajeras que han ganado numerosos premios en todas las distancias: velocidad, medio fondo y casi invencibles en el gran fondo, volando desde Quito, Ecuador, a Medellín, 800 km en línea recta, e incluso desde Uribia, en La Guajira a Medellín. El último concurso, realizado hace apenas dos meses, fue vencedora una paloma de esa estirpe. Bienvenidos.