¿Para ti…qué es sagrado?

old-woman-1886863_960_720Yo creo que no podemos perder el valor de lo sagrado. Cada momento, situación, encuentro o experiencia, puede ser sagrados si así lo consideramos.
Por ejemplo, un momento de conversación en familia, puede ser sagrado. El disfrutar de una buena compañía en medio de un abrazo, contemplar el amanecer en pareja, mientras se viaja por carretera u observar el juego de una abuela con su nieto pueden ser experiencias trascendentes si nos damos el permiso de verlo así.
Ayer, en un centro médico, mientras esperaba para ser atendido, tuve un maravilloso tiempo para observar de una manera diferente a las personas que se encontraban en aquel lugar. Pude sufrir los rostros de angustia, dolor y expectativa de algunos y al mismo tiempo gozar de los juegos de los niños que, inocentes de lo que acontecía a su alrededor, corrían en medio de gritos y risas por toda la sala, perseguidos por sus cuidadores, cansados de la maratónica tarea.
Frente a mí una mujer mayor, elegante y con modales refinados, le hablaba perfectamente, con seguridad y amor a un niño, de dos años. En medio del diálogo, jugaba con él, de una manera didáctica. A juzgar por el uso de su lenguaje, y la forma como le instruía, deduje que además de su formación básica, era una profesional de la palabra y de la educación. Tomó un pequeño carro de juguete y sobre una revista, le mostró las posibles maneras como se podría desplazar el vehículo. El pequeño, inteligente y de una gran retentiva, repitió sin equivocación las variantes del ejercicio. Así lo entretuvo gran rato mientras eran llamados por el médico.
Lo consideré un momento sagrado. Pues pude ver en aquella interacción, las dos generaciones tan distantes. Cómo ella, con las manos arrugadas tomaba con delicadeza, las manitos tersas y aún torpes del niño, aunque ansiosas por explorar el mundo. Sentí la vida y la muerte juntas. La experiencia y la inocencia. El camino recorrido y el camino por recorrer. El fin de un proceso, versus el comienzo de otro. La sabiduría frente a lo por conocer. Ambos jugando a vivir, en direcciones distintas, con horizontes opuestos.
Entonces comparé aquella abuela, con la fragilidad fuerte de mi madre. Y al mismo tiempo su capacidad física, gracias a su trabajo permanente en la clínica, pues aún funge como voluntaria, para propios y extraños. Su lucidez mental, su capacidad tecnológica, su tendencia al disfrute de la buena comida y los paseos, su infinito amor y generosidad en tiempo y sus sabios consejos.
Entonces me di cuenta de lo sagrado, de cada encuentro con mi madre…porque todavía me asombro con su asombro y porque disfruto plenamente de su inteligencia y habilidad para vivir.
Yo creo que cada situación puede ser sagrada, si así lo quiero.

Ojos para ver…oídos para oír.

japanese-1409839_960_720Yo creo que la vida me regala maravillosas oportunidades para darme cuenta. Lo importante es estar despierto para de esta forma tomar conciencia. Un evento, por insignificante que sea, puede contener un enorme caudal de sabiduría. Si tengo ojos para ver y oídos para oír, entonces es posible lograr el despertar de la conciencia.
Se cuenta que los estudiantes de Zen deben permanecer con sus maestros como mínimo diez años para poder enseñar a otros. Tenno, quien ya era maestro, fue a visitar a otro maestro: Nan-in.
Como había llovido tanto, Tenno llevaba paraguas. Dentro de esta cultura oriental, es una costumbre dejar las sandalias afuera. Luego de los saludos protocolarios Nan-in dijo: “me imagino que al dejar tus sandalias afuera en el vestíbulo, también dejaste tu paraguas…sin embargo me pregunto si ¿lo dejaste a la izquierda o a la derecha de ellas?”.
Tenno bastante perturbado, no pudo responder y se dio cuenta que aún no practicaba el Zen. Se quedó como discípulo de Nan-in y estudió otros seis años para lograrlo.
En otra historia, encontramos el caso de un discípulo que inquieto por la iluminación, se atrevió a interrumpir el día del silencio de su maestro. Le preguntó: -maestro ¿cómo puedo alcanzar la iluminación? El maestro imperturbable, tomó una varita del suelo y escribió sobre la tierra la palabra conciencia. El discípulo, no contento con la respuesta, le preguntó al maestro, cómo alcanzar la conciencia…y este tachó la palabra conciencia y debajo escribió nuevamente la misma palabra. El discípulo muy incómodo interpeló de nuevo al maestro en torno a cómo alcanzar la conciencia de la conciencia. El maestro, aún más sereno, tacho la segunda palabra conciencia y escribió por tercera vez: conciencia.
Al meditar sobre estas dos historias, me doy cuenta, que para darme cuenta requiero de una disciplina que me permita centrarme y de esta forma avanzar en la capacidad de ser y estar consciente.
Pero ¿por qué me cuesta trabajo estar conectado aquí y ahora, por ejemplo, con lo que dice el cuerpo y sus señales, o lo que el universo va comunicando con sus signos?
Porque tengo dificultad para hacer silencio. Y en medio de este, ser capaz de ver y oír más allá de mis sentidos ordinarios. Creo que hay un mundo por explorar, que requiere profundidad para trascender en el plano existencial.
Por ejemplo, me cuestiono algunos contenidos sin profundidad que se publican en las redes sociales y que si me descuido me atrapan con sus titulares seductores…mientras que podría en cambio establecer contacto con mis semejantes, en vivo y en directo, pues me estoy ego-centrando en el dispositivo “inteligente”, que me anestesia y no me deja ver ni oír.
Yo creo que es el momento de darme cuenta de la maravillosa magnitud de la vida y de la existencia de los demás, que me confrontan y me acompañan. Al menos, cuando me encuentre en reuniones sociales, apagaré mi dispositivo móvil, y haré silencio para disfrutar la reunión y la presencia de otros seres humanos… y para gozar la vida, con plena conciencia…pues tengo ojos para ver y oídos para oír…más allá.

Lo que pasa…pasa.

monarch-2820448_960_720Yo creo que cada cosa que nos pasa debe pasar por algo…entonces es bueno que nos pase; al fin y al cabo…pasará y debemos aprender de esa situación, para reorientar el futuro.
Reorientar el futuro significa hacer cambios significativos en nuestras vidas. Estos cambios se producen desde el pensamiento. Al cambiar la forma de pensar, cambiamos la forma de actuar. Entonces pensamiento, palabra y acto, forman un trío poderoso.
Los pensamientos construyen palabras. Estas se convierten en actos. Los actitudes repetidas las llamamos hábitos. Los hábitos generan aptitudes. Y la sumatoria de todo esto es el carácter. Y un carácter bien formado construye destino. Entendido ya como tarea, suerte o lugar a donde llegar.
En un antiguo cuento, se narra una situación especial ocurrida durante unas ofrendas fúnebres. Los asistentes a aquel acto de despedida brindaban sus honores al recién fallecido. En forma lenta y ceremonial se acercaban en rigurosa fila a observar el interior del féretro.
Cuando cada persona, miraba al interior del ataúd, para darle el último adiós, ocurría algo impresionante a juzgar por el rostro espantado de los individuos de la fila. Luego de un profundo silencio muy reflexivo…comprendían la naturaleza del fenómeno observado.
Resulta que, en el cofre mortuorio, el cadáver adquiría la forma corporal y el rostro de quien observaba, generando un lógico estupor, al mirarse en ese espejo y porque además se podía leer en el pecho este texto: “¡Sólo existe una persona capaz de limitar tu crecimiento: tú mismo!”
Es claro que ese crecimiento personal se limita cuando no me permito cambiar, entonces muero. Estoy simbólicamente muerto, estancado, cuando me resisto al cambio. Aunque, y es una paradoja, la muerte es cambio.
Creemos que nuestra vida cambia porque ocurren movimientos en el exterior. Lo que realmente sucede es que esos cambios producen transformaciones en nosotros mismos.
Cambiamos cuando tomamos conciencia de las emociones y las razones del cambio. La vida cambia, cuando yo cambio.
Estos cambios se producen cuando, desde la humildad, me doy permiso para reconocerme como el artífice de todo lo que me acontece.
En el sagrado arte de vivir, estamos frente a un gran espejo, que devuelve a cada uno, el reflejo de los propios actos.
Entonces tenemos el poder de elegir la manera como construimos el proyecto de vida y esto es lo que marca la diferencia.
Yo creo que lo que pasa…pasa para que podamos aprender, haciendo camino y cambiando el rumbo si es necesario.

Hablar para sanar.

cup-2884058_960_720Yo creo que la efectividad de la terapia está en la palabra. Hablar hace bien. Lo fundamental, es ser capaz de decir lo que hay que decir y no engañarse a sí mismo. La magia de este procedimiento radica en la verdad que se enfrenta al momento de hablar. Claro, el interlocutor es muy importante porque debe escuchar sin juzgar y mucho menos interrumpir el discurso, buscando la defensa.
Saber qué digo, cómo lo digo, cuando lo digo y a quien se lo digo, son reflexiones obligatorias al momento de expresar los sentimientos guardados…pero, se convierten en una manipulación, porque la diplomacia y la demagogia son maquillajes excelentes, cuando procuramos actuar de manera política y a lo mejor no decimos lo que necesitamos decir… para descansar.
A veces, no hablamos por temor a ser mal interpretados. En otros momentos, sobreviene un silencio prolongado, porque lo que debo decir, es duro y difícil, y sé que el otro va a sentirse incómodo; más aún cuando es una persona cercana afectivamente.
Y la incomodidad del momento se hace mayor, cuando reconozco que mucho de lo que voy a decir, hace parte de mi subjetividad, y riñe con la posible objetividad de la situación.
Juzgamos el mundo desde nuestro punto de vista…desde nuestro dolor, desde nuestro miedo o expectativa; entonces el interlocutor se confunde porque le hacemos creer que él, es el causante del conflicto, hasta que descubre que es un actor pasivo frente al diálogo interno del orador y que no debe enredarse en la maraña de fantasmas, que rondan a quien quiere hablar.
En el acto de hablar, encontramos la magia del desahogo; el solo hecho de decirlo, ya es sanador.
Hablar con el corazón, es importante, porque hablar desde la realidad de lo que se siente, es la tarea principal. Así como también es importante confrontarnos con la realidad del interlocutor.
Decir, por ejemplo: “…estoy enojado, por esta situación” … “Me siento molesto por la actitud tuya”, “Me incomodó tu reacción de ayer”, apenas es la punta del iceberg, En el fondo es un lenguaje TU, señalando al otro como causante de la incomodidad. Pienso que sería más sanador usar el lenguaje YO, por ejemplo: – “Yo esperaba que actuaras de tal o cual manera… y reconozco que no soy quien, para dirigir tu vida y obligarte a actuar dentro de mi expectativa… y, además, no voy a dejarme dañar por lo que digas o dejes de hacer”-. Esto es más honesto que acusar al otro de un comportamiento en particular.
Al hablar ponemos en blanco y negro el contenido de lo expresado. Y si nos damos el permiso de vernos y escucharnos, desde afuera, como en una obra de teatro, iluminamos el proceso, pues me observo como un personaje que tiene un parlamento y descubro que puedo cambiar ese libreto, para ser más honesto conmigo mismo y con los demás, sin dañarlos y sin dañarme.
El discurso terapéutico va más allá del juego perverso de hacer sentir culpable al otro… Considero que hay que exculparlo, y protegerlo de mí mismo. Y desde la sabiduría del autoconocimiento, liberar al otro de mi expectativa. Reconociendo que no puedo proyectar mis temores, fantasmas y vacíos, en los demás.
Yo creo que, decir…tiene sentido, porque debo hablar para sanar. Gracias a que cuando hablo sin auto-engañarme, me libero y libero.

El fracaso no existe.

thomas-alva-edison-67763_960_720Yo creo que el fracaso no existe. Mas bien creo que, esa situación que llamamos fracaso es una excelente oportunidad para aprender de nosotros mismos. Claro que se requiere de una muy buena dosis de humildad, para reconocer aquello que no estamos haciendo bien.
Los biógrafos de Thomas Alva Edison cuentan que cuando finalmente mostró en sociedad la bombilla incandescente, había fracasado en promedio novecientas noventa y nueve veces, pues en cada intento al pasarle corriente al dispositivo, este colapsaba y debía comenzar de nuevo su montaje, que por supuesto podía llevarle muchas horas. Al ser preguntado sobre sus repetidos fracasos, Edison respondió: “Realmente no fracasé novecientas noventa y nueve veces, lo que sucedió fue que descubrí novecientas noventa y nuevas maneras de darme cuenta cómo no se hacía la bombilla”.
Edison con frecuencia decía que para triunfar hay que fracasar y que, a pesar de lo desolador del panorama, las personas no son recordadas por el número de veces que fracasan, sino por el número de veces que tienen éxito, por eso hay que persistir. De ahí su expresión de que el éxito depende del fracaso, pues quien triunfa es porque lo ha intentado varias veces y previamente ha fracasado.
Incluso cuando los periodistas escribían sobre su ingenio, él sostenía que su genialidad era apenas de un uno por ciento, basado en la inspiración y un noventa y nueve por ciento en la transpiración, es decir trabajo duro y persistente.
Aquí lo interesante del fracaso, es el fantasma de grandes proporciones que construye el ego. Porque, si estoy centrado en el ego, el sufrimiento está garantizado por la angustiosa expectativa que genera el tratar de triunfar sin equivocarse.
Triunfar y fracasar son constructos hipotéticos. Para no ir muy lejos, recuerdo que esta semana dicté una conferencia taller a un público encantador y al mismo tiempo exigente. Sin embargo, al finalizar la jornada y ser evaluado, las opiniones fueron tan diversas como contrarias. Para algunos la actividad había sido todo un éxito y para otros un completo fracaso. ¿Cómo es posible que una misma actividad fuera evaluada de manera tan opuesta? La respuesta es muy sencilla, porque en este caso en particular, el éxito de la actividad era una variable dependiente de la expectativa del publico y los organizadores. Así este “fracaso” o este “éxito” simultáneos, fueron el producto de la evaluación del resultado distante o cercano a lo esperado de manera subjetiva, independiente de la calidad, experiencia y conocimientos técnicos ofrecidos de manera objetiva.
No hay fiesta buena o mala, cada uno habla de la feria como le va en ella. La vida no es buena o mala, cada situación puede ser leída como exitosa o decepcionante, dependiendo de la manera como se mire y desde donde se mire.
O sino la historia de Sparky, que vamos a ver a continuación y que nos relata una vez más que el fracaso no existe.
Yo creo que lo que existe es, un grupo de seres humanos capaces de transformar sus debilidades en fortalezas.

Miedo vs Sueños…¿cuál ganará?

monk-458491_960_720Yo creo que de vez en cuando es bueno conversar con el sabio interior. Ese que habita en el fondo de nuestro ser y que responde cuando lo llamamos a conversar.
Imagino que ese sabio está sentado frente mí. Su cara refleja tranquilidad y bondad. Aprovecho el momento para preguntarle sobre mis miedos y mis sueños y me responde de la siguiente manera:
-La intensidad de la búsqueda es proporcional al tamaño de nuestros demonios-.
Esa búsqueda comienza en el momento mismo en que somos conscientes de nuestros miedos. Y muchos de esos miedos no nos pertenecen. Se parecen más a la angustia de nuestros padres y educadores, cuando al momento de acompañarnos proyectaban sus fantasmas.
Luego la vida nos va regalando momentos muy intensos, donde aprendemos de lo que somos capaces y por tanto confirmamos, como dice Nicolás Maquiavelo, que los fantasmas asustan más de lejos que de cerca.
Esos fantasmas se conforman gracias al miedo. Miedo a fracasar, miedo a equivocarse, miedo al cambio, miedo a no dar la medida, miedo a no ser capaz, sabiendo que el ser humano está diseñado para el éxito, siempre y cuando confíe en sus capacidades.
El miedo paraliza. Y el antídoto para vencerlo es enfrentarlo. Lanzarse en pos de él y atravesarlo.
Por ejemplo, me dice el sabio interior: -si te da miedo llorar…llora que la aflicción encierra profundas enseñanzas, cuando sabes que después de la tormenta viene la calma-.

Entonces me aferro a la idea de que siempre hay un amanecer. Siempre hay una puerta que se abre cuando las demás se cierran.

-Si te da miedo conversar con alguien, recuerda que la peor diligencia es la que no se hace-. y que no existe momento especial para una conversación, sino aquel, que yo mismo creo.

-Si te da miedo tus recuerdos por lo que hiciste…recuerda que pertenecen al pasado y que en el presente tienes la esperanza del perdón y del cambio para continuar el camino luego del aprendizaje-.

Ten presente, que la idea no es tanto arrepentirnos por lo que hicimos, sino por lo que no hicimos.

-Si te da miedo empezar una nueva relación, para no ser herido por el amor, recuerda que el amor tiene dosis de dolor y sufrimiento propios del proceso de amar -. Y que la pareja se convierte en un maestro para nuestras vidas, porque permite el auto-reconocimiento de quienes somos y como somos y porqué actuamos como lo hacemos.

Yo creo que los sueños deben ser más grandes que los miedos, entonces no podemos abandonarlo todo, por el miedo.

Dar para recibir.

celebrate-2953720_960_720Yo creo que, dentro de la mezcla de emociones asociadas con la navidad, en mi baúl de los recuerdos infantiles, encuentro en mi memoria aquellos, asociados con la familia y el ambiente alegre decembrino, pues todo se disponía para las festividades de fin de año.
La primera fecha emocionante era el siete de diciembre con la ceremonia de la luz, indicador inequívoco de que la navidad había llegado. Cada hogar vecino se esmeraba en ofrecer arreglos e instalaciones multicolores. En mi casa el pino que decorábamos, por su olor característico, dejaba huellas de memoria olfativa navideña, lo que permitía asociar la época. Las luces que pendían de cada árbol, se programaban con movimientos rápidos y vibrantes y que por supuesto, para un niño como yo, era la oportunidad maravillosa, para volar con la imaginación desde el asombro y quedarse extasiado observando la creatividad de los dueño de casa, en las ventanas, balcones y fachadas, de una ciudad como Medellín, que por aquellos años, ya lucía en sus calles y avenidas, su famoso alumbrado público navideño, que se completaba con faroles y velitas formando corredores fascinantes de luz que serpenteaban por doquier.
La segunda fecha clave era el dieciséis de diciembre, el comienzo de la novena de aguinaldos. Mi padre construía un pesebre maravilloso, que representaba la ciudad de Belén y que era una verdadera obra de ingeniería. En la noche se rezaba la novena, cantando villancicos en compañía de familiares y amigos que se reunían especialmente para la ocasión, y se ofrecían manjares propios de la época como la natilla y el buñuelo, preparados por mi madre, con experticia y dedicación.
El veinticuatro estaba rodeado de expectativa y emoción. La llegada del recién nacido venía acompañada de regalos. Era obligatorio esperar hasta las doce de la noche, para saber si el pobre niño, había comprado el encargo sin equivocarse. Y más temprano las tías intercambiaban obsequios de diferente tamaño y empaque, lo que hacía que la fecha por la misma expectativa, fuera inolvidable.
El treinta y uno de diciembre marcaba el final, no solo de las festividades, sino del año y del ciclo. En medio de abrazos, risas y llantos los adultos deseaban el feliz año y los niños aún despiertos por la música bailable y por el desfile variopinto de máscaras, gorros, y pitos, salíamos detrás de nuestros padres, con algunas moneditas en los bolsillos, a darle la vuelta a la manzana, con maletas alegóricas, representando el viaje soñado, merced a la creencia mágica del agüero de turno, que repetíamos como una tradición.
Yo creo que hay que dar para recibir, y no puedo negar que mi recuerdo de la navidad es hermoso porque independiente de las limitaciones económicas, estuvo llena de regalos espirituales y emocionales. Se que la arquitectura del recuerdo es fundamental para determinar la manera como se percibe la navidad. Para algunos, el síndrome del villancico está lleno de recuerdos tristes, para otros es la mejor época del año. Para mí, es un maravillo mes, para dar y recibir.