Con olor a mamá

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Yo creo que el lugar más encantador de la casa materna es la cocina. Allí las tertulias, tienen el calor de la intimidad de la familia, que se van cocinando con los olores típicos de la sazón de la mamá.

En interminables conversaciones, serias y divertidas se ventilan asuntos profanos y divinos. Y se enseñan los valores fundamentales que luego serán el soporte de nuestra existencia.

El pasado sábado, tuve la oportunidad de revivir estos momentos familiares. Estábamos de compras y agotados por la jornada, decidimos llevar a mi madre de vuelta a su casa, que para nosotros sigue siendo la “nuestra”. El hambre nos hacía sus víctimas y con muchas ganas de comida casera, me atreví a insinuarle que preparara algo, con lo que tenía por ahí “guardado”, en su maravillosa cocina.

Con un brillo de alegría en sus ojos dijo: -Tengo un montón de sobras-. Entonces recordé los milagros que hacía con esos restos de comida, sobre todo cuando la situación estaba dura y al parecer no había mucho para comer, y entonces se inventaba platos muy sabrosos, logrando que comiéramos incluso mejor que en otros días.

Ni corto ni perezoso acepté. Y al mismo tiempo quise sentirme niño y ser atendido por mi madre, como hace mucho tiempo atrás, cuando vivíamos en casa y ella repartía con sabiduría su tiempo entre las labores del hogar y su trabajo en la oficina.

Mi madre en este momento es una mujer mayor. En su juventud profesional, oficiaba como contadora y ama de casa y ahora, a pensar del tiempo, sigue tan vital y activa como siempre. Entre el voluntariado y las visitas a sus hermanas, continúa disfrutando la energía que aún le regala la vida. Paseadora, buena conversadora, con sentido del humor y una visión aguda de la política, también es crítica despiadada de todo lo que sea injusticia y falta de apoyo social.

Entonces la observé en la cocina, con movimientos lentos pero seguros, sacó de todo lo que tenía para ofrecer y en un momento mágico, tenía abundante comida en la mesa, para saciar el apetito más voraz. Nuevamente la vi hacer milagros, con el sabor de su amor incondicional y con la alegría de ver satisfechos a sus hijos.

De esta forma, sentí palpitar su corazón de guerrera, que es más grande que su cuerpo y volví a disfrutar la lucidez de su cerebro inteligente y la perspicacia de sus comentarios mordaces, que aún le fascina hacer. Sin embargo, también confirmé que la ternura de su abrazo, ahora se siente al contrario; pues su cuerpo lo percibí tan pequeño y frágil que tuve la sensación de que los papeles se habían invertido; porque ahora yo, “gordo, tuso y barbado” me siento su protector.

Yo creo que el olor a mi mamá es el recuerdo más fuerte que tengo desde que nací y me ha acompañado toda la vida. Y sé que es la mejor manera de sentirla cerca, cuando al caminar por el mundo, me llegan aromas deliciosos, que la evocan.

Y digo sin duda… que huele y sabe a mi mamá. Pues al fin y al cabo su olor, su palabra y su bendición siguen tatuados en mi cuerpo y en mi alma. 

 

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