“Después lo hago” no existe

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Yo creo que soy un gran mentiroso cuando me digo: “luego lo hago”. Yo creo que “después”, no existe.

El tiempo pasa inexorablemente y pierdo el tiempo, mi valioso y escaso tiempo, cuando dejo para más tarde lo que puedo y debo hacer ahora mismo. Desde lavar los platos, terminar el informe, organizar el papeleo contable, o la llamada telefónica para solucionar un problema menor, hasta postergar esa conversación importante: todo esto es procrastinar si lo dejo para mañana pudiéndolo hacer ahora, pues, si no es ahora, ¿cuándo?

Durante el día, cuando menos lo espero, ya son las seis de la tarde, ya se terminó la semana, ya estamos en septiembre, ya culminó el año, ya tengo cincuenta y cuatro, y me pregunto que he dejado de hacer debido a la manera irresponsable e inocente como me engaño diciendo: “mañana lo hago” cuando sé que mañana no existe, y que solo tengo este momento presente y lo que pueda hacer aquí y ahora.

El tiempo perdido no se recupera. Y las promesas que me hago hacia el futuro, no son más que juegos de azar que nacen de la confianza infantil y optimista que me vende la idea de que voy a estar vivo, sano, dispuesto, y energético mañana, para hacer la tarea. Por eso, lo que está por hacer, por difícil y desagradable que sea, es preferible hacerlo ya.

Recuerdo una mañana de domingo, cuando mi padre me invitó a que lo acompañara a la tienda del barrio, que estaba a la vuelta de la esquina. El objetivo era comprar huevos, pan, salchichas y otros antojos para completar el desayuno. Estábamos solos en casa, y para la salida, me pidió que revisara todo, estufa, velas encendidas, llaves de agua y que cerrara las ventanas, típico ritual, que ya era costumbre, cuando salíamos de viaje. Me pareció exagerado el pedido, y me atreví a oponerme, algo que hacía poco, pues mi padre representaba autoridad y sabiduría y lo que me enseñaba, para mí era poderoso y estaba lleno de lógica. Entonces le pregunté: – ¿para qué cerrar todo…si ya volvemos? -. El me miró sonriendo y con cara de lección de vida me respondió: – “Garantízalo”-. Un escalofrío me invadió. Sentí terror, debido a que mi papá por primera vez me hablaba de la muerte y lo miré, por supuesto con cara de angustia. Ese día comprendí que nada estaba garantizado, que ninguna certeza de mi fantasía infantil tenía sentido y que era probable que tal vez no pudiéramos regresar a casa porque la “pelona” acechaba al doblar la esquina. Entonces comencé a vivir distinto, tomando conciencia de lo presente, y confieso que, de manera obsesiva, ya que empecé a medir el tiempo con aquel reloj de pulso que mis padres, me habían regalado. Gracias al terrorífico recuerdo de la incertidumbre sembrada por mi amado padre, él, con más recorrido vital y más conocedor de la vida que yo, ya sabía que la única condición para morirse era estar vivo.

Vivir la vida es ahora. Por ello no existe el “después lo hago”. Frases como: “Esta semana te llamo”. “El viernes te digo una cosa muy importante”, “Salgamos algún día”, “en estos días te hago visita”, “qué bueno almorzar juntos un día de estos” son promesas que no se van a cumplir. Entonces es preferible ponerles fecha y hora, porque la vida es un rato, y el rato es ahora.

Después, las ganas se pasan, después aparecen otros intereses, después los hijos crecen, después hay menos capacidad, después lo importante se vuelve urgente, después la muerte llega y ya es demasiado tarde, para amar, para abrazar, para discutir, para conversar, para hacer y decir lo que necesito manifestar.

Yo creo que “después”, es la esperanza tonta que invento para convencerme, de que mañana lo voy a hacer, sabiendo que mañana… no existe.

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