Hablar para sanar

cup-2884058_960_720Yo creo que la efectividad de la terapia está en la palabra. Hablar hace bien. Lo fundamental, es ser capaz de decir lo que hay que decir y no engañarse a sí mismo. La magia de este procedimiento radica en la verdad que se enfrenta al momento de hablar. Claro, el interlocutor es muy importante porque debe escuchar sin juzgar y mucho menos interrumpir el discurso, buscando la defensa.
Saber qué digo, cómo lo digo, cuando lo digo y a quien se lo digo, son reflexiones obligatorias al momento de expresar los sentimientos guardados…pero, se convierten en una manipulación, porque la diplomacia y la demagogia son maquillajes excelentes, cuando procuramos actuar de manera política y a lo mejor no decimos lo que necesitamos decir… para descansar.
A veces, no hablamos por temor a ser mal interpretados. En otros momentos, sobreviene un silencio prolongado, porque lo que debo decir, es duro y difícil, y sé que el otro va a sentirse incómodo; más aún cuando es una persona cercana afectivamente.
Y la incomodidad del momento se hace mayor, cuando reconozco que mucho de lo que voy a decir, hace parte de mi subjetividad, y riñe con la posible objetividad de la situación.
Juzgamos el mundo desde nuestro punto de vista…desde nuestro dolor, desde nuestro miedo o expectativa; entonces el interlocutor se confunde porque le hacemos creer que él, es el causante del conflicto, hasta que descubre que es un actor pasivo frente al diálogo interno del orador y que no debe enredarse en la maraña de fantasmas, que rondan a quien quiere hablar.
En el acto de hablar, encontramos la magia del desahogo; el solo hecho de decirlo, ya es sanador.
Hablar con el corazón, es importante, porque hablar desde la realidad de lo que se siente, es la tarea principal. Así como también es importante confrontarnos con la realidad del interlocutor.
Decir, por ejemplo: “…estoy enojado, por esta situación” … “Me siento molesto por la actitud tuya”, “Me incomodó tu reacción de ayer”, apenas es la punta del iceberg, En el fondo es un lenguaje TU, señalando al otro como causante de la incomodidad. Pienso que sería más sanador usar el lenguaje YO, por ejemplo: – “Yo esperaba que actuaras de tal o cual manera… y reconozco que no soy quien, para dirigir tu vida y obligarte a actuar dentro de mi expectativa… y, además, no voy a dejarme dañar por lo que digas o dejes de hacer”-. Esto es más honesto que acusar al otro de un comportamiento en particular.
Al hablar ponemos en blanco y negro el contenido de lo expresado. Y si nos damos el permiso de vernos y escucharnos, desde afuera, como en una obra de teatro, iluminamos el proceso, pues me observo como un personaje que tiene un parlamento y descubro que puedo cambiar ese libreto, para ser más honesto conmigo mismo y con los demás, sin dañarlos y sin dañarme.
El discurso terapéutico va más allá del juego perverso de hacer sentir culpable al otro… Considero que hay que exculparlo, y protegerlo de mí mismo. Y desde la sabiduría del autoconocimiento, liberar al otro de mi expectativa. Reconociendo que no puedo proyectar mis temores, fantasmas y vacíos, en los demás.
Yo creo que, decir…tiene sentido, porque debo hablar para sanar. Gracias a que cuando hablo sin auto-engañarme, me libero y libero.

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