Los regalos del universo

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Yo creo que el universo me regala sus dones, pero a veces no estoy preparado para verlos.

Recuerdo que mi vida ha estado llena de regalos de felicidad, como la vez que me encontraba en la casa de mi mamá, un domingo, en una reunión familiar. En esa época, ella vivía en un segundo piso, pues siempre adoró la idea de tener un balcón para sentarse allí, y sentir la frescura del aire y de esta forma tener la sensación de libertad y de poder, al mirar a las personas, sin ser observada.

Habíamos terminado de almorzar y las ganas de siesta se apoderó de nosotros. Tuve la fortuna de encontrar lugar en la habitación de mi madre, quien en ese momento todavía estaba en la cocina con las mujeres de la casa, “tertuliando” y entre todas, organizado lo que había quedado de aquel maravilloso almuerzo.

Me recosté en la deliciosa cama materna, con los pies cruzados y mis brazos atrás sosteniendo la cabeza, mientras disfrutaba un programa muy técnico, en un canal especializado. Cuando aparece uno de mis sobrinos, con sus cuatro años, y con quien ya había tenido una especial relación desde la vez que conmigo, se decidió a entrar a la piscina en Santa Fe de Antioquia, que por aquellos días, le causaba cierto temor. Se hizo junto a mí, cruzó sus piernas y brazos como los míos, se quedó en silencio y miró hacia el televisor como yo. Así, solidario con el niño, decidí cambiar el canal para que él pudiera divertirse con algunas caricaturas; pero él me miró a los ojos y preguntó: – ¿Tío Juan Carlos, por qué cambiaste el canal? -. A lo que le respondí: -para que tú puedas ver televisión- y entonces su respuesta inmediata, fue un rayo de luz amorosa: -tío es que yo no quiero ver televisión, yo sólo quiero estar al lado tuyo-.

Para mí, su respuesta fue reveladora y entendí cómo en cada momento, si estoy despierto, preparado y dispuesto, el universo me obsequia con sus ofrendas maravillosas, en este caso llenas de amorosa relación familiar.

Estos regalos están por doquier, sin embargo, imperceptibles para la mente distraída. En generosa armonía van apareciendo cuando estamos listos para ver y para oír.

Por esto yo creo que los regalos del universo están en el amanecer, acompañado por el canto de los pájaros, una manta caliente y una buena taza de café, en la frescura de la mañana, que se anticipa pródiga en promesas y esperanzas en lo porvenir.

En la felicidad del trabajo que me gusta hacer y lo sé hacer y me halaga con los frutos de la labor remunerada de mil formas, incluyendo las económicas.

En el abrazo fraterno de quienes me aman y amo.

En el beso protector de mi madre, quien me despide con el corazón en la mano, y por supuesto con sus bendiciones, y tiene esa característica mirada que espera mi regreso sano y salvo.

En el beso apasionado de la compañera amante, que al mismo tiempo es amiga y confidente y conspiradora en planes felices, en viajes soñados y en proyectos conjuntos, y donde el regalo mayor, es su promesa de envejecer junto a mí, haciendo frente a los normales avatares de la vida.

En la risa asombrosa de ese bebé curioso, que se queda fijo en su madre, tal vez oteando el horizonte de su amor, cuando lo mira, como se mira un milagro, mientras le juega a las escondidas.

En la actitud cómplice de los amigos, que se acompañan en las buenas y en las malas situaciones de la vida.

En la conversación profunda del padre con su hija, enseñándole los misterios de la vida y de la muerte, del amor y del desamor, de la felicidad y la desdicha y del sentido de la vida, plena y feliz cuando el mismo sufrimiento tiene para qué.

Por todo ello y mucho más, yo creo que el universo es generoso y sabio, dándome en cada momento, la oportunidad de apreciar la vida, cuando le encuentro el sentido a esos pequeños pero grandes detalles, que están allí esperando mi atención y juiciosa valoración, para darme cuenta y hacerme cargo de mi proyecto de felicidad.

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