La mentira hace morir la confianza en la palabra

En estos días estaba releyendo a Fernando Savater y me reencontré con su afirmación en torno a la mentira, cuando dice que “…la mentira es algo en general malo, porque destruye la confianza en la palabra- y todos necesitamos hablar para vivir en sociedad-.”

Creo que el problema no está tanto en el acto de mentir, actividad creativa de algunos, como en el proceso de creerme yo mismo la mentira, y lograr que otros también sean víctimas de ella.

Entonces la realidad no existe si no mas bien como la percepción filtrada de lo que mis deseos o temores me permiten ver. Es decir veo, lo que me permito ver. Oigo lo que me conviene oír y deshecho lo que siento inaceptable.

También es cierto que algunas mentiras son necesarias y hasta obligatorias.

Pero, ¿qué sucede cuando no soy capaz de enfrentar la realidad?

Definitivamente, no estamos preparados para la verdad absoluta, ya que para poder vivir, se hace urgente una especie de anestésico que nos tamice la realidad por lo cruel y despidada.

La fenomenología enseña a ver las cosas como son… sin embargo, quién o qué asegura que ¿las cosas son lo que son?

¿Es real la realidad?, al estilo de Paul Watzlawick, o ¿es una construcción hipotética, desde mi subjetividad?

Yo creo que me sigo diciendo mentiras, para poder continuar en el camino de la vida, con la esperanza de que tu me amas, cuando en realidad te amas. 

El amor tiene poder…

El amor transforma y puede lograr muchos objetivos.  Sin embargo a veces confundimos el amor y en nombre de él cometemos errores y hacemos tanto daño que no alcanzamos a dimensionar las proporciones de sus efectos.

Por ejemplo: el amor de una madre por su hijo en algunos casos, puede ser tan exagerado, que lo protege tanto, que no permite que el niño se desarrolle por sí mismo y hace de este un ser incapaz de enfrentar el mundo,  gracias al amparo de su todopoderosa mami.

El amor obsesivo de una pareja enferma, que desde la celotipia cierra todas las posibilidades de libertad y libre desarrollo de la persona, olvidando que el verdadero amor es el que precisamente permite la libertad del otro, para ser.

El amor erótico que solo ve el placer momentáneo de lo físico y olvida el valor permanente de la amigabilidad, dejando en un segundo lugar, los ricos placeres del diálogo constructivo de la amistad de las parejas.

Es decir, creo en el poder del amor que transforma cuando facilita que el otro sea; también creo que el amor destruye cuando no permite la expresión espontánea de sentimientos, pensamientos y acciones de mi semejante.