Todo en la vida… tiene su tiempo

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Yo creo que cada situación en la vida tiene su tiempo. Por lo tanto, no debo apurarlo, más bien debo ser paciente, pues cada vivencia llega cuando debe llegar. Cada situación se va, cuando se debe ir. Y no obedece a mi capricho, ni a mi deseo; pero eso si…obedece a lo que necesito de cada evento vital, para aprender de ello. Continuar leyendo

Vivir…sin excusas.

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Yo creo que vivimos inventando excusas. Nuestra creatividad evasiva, nos permite diseñar una variada cantidad de disculpas, para sacarle el cuerpo a aquello que tememos u odiamos, por ejemplo, encontrarnos con alguien o algo que alborota nuestra sombra. Continuar leyendo

El ciego y el despertar de la conciencia.

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Yo creo que siempre me ha generado curiosidad el hombre ciego que vende confites en la calle. Su sensibilidad y sus oídos están tan afinados que confía plenamente en ellos y de una manera temeraria se lanza al mundo para ofrecer su mercancía. Es un hombre mayor, robusto, se ve sano y lo más impresionante sereno. Cuando el semáforo está en rojo, se acerca cuidadosamente percibiendo el sonido del motor y el calor de cada carro. Continuar leyendo

El problemático soy yo

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Yo creo que la vida no es problemática…el problemático soy yo.

La idea es ser feliz aquí y ahora; pero debido a mis falsas creencias y a la manera deformada como a veces percibo las cosas, me he llenado de miedos, de preocupaciones, de ataduras, de conflictos, de culpabilidades que terminan en una serie de juegos manipuladores que en primer lugar, me hacen daño y por supuesto, en segundo lugar,  a quienes me rodean.

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El fracaso no existe

El inventor más importante de Estados Unidos

Thomas Alva Edison

Yo creo que el fracaso no existe. Mas bien creo que, esa situación que llamamos fracaso es una excelente oportunidad para aprender de nosotros mismos. Claro que se requiere de una muy buena dosis de humildad, para reconocer aquello que no estamos haciendo bien.
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El éxito está en el método.

girl-1641215_960_720Yo creo que, el secreto del éxito está en el método.
Precisamente ahora que se cumple un año de la muerte de mi padre, recuerdo muchas de sus enseñanzas, que más que discursos, eran lecciones de vida, en vivo y en directo, pues una situación cotidiana, podía convertirse en la mejor oportunidad para enseñar algo, si él, así veía la oportunidad.
En cierta ocasión, nos encontrábamos en la mesa del comedor, trabajando en un televisor que necesitaba reparación. Es importante anotar que mi padre era abogado, participaba en política y dada su inteligencia verbal, era un contertulio agradable y entretenido, y combinaba su oficio de jurisconsulto, con la de técnico en electrónica, talento que desarrolló con ayuda de un curso por correspondencia, que llegaba directamente de los Estados Unidos de América y que disfrutaba ampliamente como una terapia ocupacional.
Para mí, era un momento maravilloso en mi niñez, acompañarlo y observar cómo, con la paciencia de un filigranista, iba soldando resistencias y condensadores mientras explicaba con deleite, el secreto de los colores de esos minúsculos elementos, imprescindibles en el buen funcionamiento del receptor de televisión.
Con frecuencia me ofrecía a ayudarlo, y él conocedor de mi temeraria disposición, me permitía colaborar con aquello que no fuera a afectar mi integridad física, ni mucho menos, el éxito de la reparación en curso.
Esa tarde de domingo, ocurrió algo maravilloso… me pidió que destapara el televisor que se encontraba en la “mesa de operaciones”. Para mi sorpresa, los elementos que sujetaban la cubierta trasera tenían cabezas con novedosas formas. Me pasó un par de destornilladores que definitivamente no coincidían con las caprichosas figuras de los tornillos y por supuesto, entré en angustia al no poder hacer la tarea, pues intenté varias veces moverlos sin éxito. Él me miraba con amorosa e infinita curiosidad, esperando mi reacción y la posible solución al impasse.
Pasado un tiempo, y dada la impotencia en la que me encontraba, me preguntó: -hijo, ¿qué vas a hacer? -… y luego de un incómodo silencio le sugerí que no teníamos más alternativa que forzarlos.
Con la sonrisa de quien tiene la solución…y sabiendo de su as en la manga, sacó una caja con curiosas herramientas, que nunca había visto antes y que, por la variada cantidad de formas, tamaños y diseños, se acomodaban a cualquier necesidad, incluso para llegar a los lugares más difíciles dentro del televisor, que “estábamos” reparando.
Ese día comprendí dos cosas: que el buen maestro permite la participación del alumno en el proceso creativo de aprender, gracias al descubrimiento y la construcción de sentido, y debido a la invitación para lograr deducciones, inducciones y abducciones en el proceso.
Y segundo: que el éxito del maestro se fundamenta en su método de trabajo, lleno de recursos, creatividades, paciencia, amor y claridad en el objetivo, para contagiar a sus alumnos el deseo de aprender, investigar y más adelante… enseñar.
Yo creo que le debo mucho a mi padre, por el método que utilizó conmigo, para avivar el maestro que hoy vive en mí.

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