El perro que me muerde… es mi maestro

wolf-62898_960_720Yo creo que todo en el Universo tiene un tiempo cíclico que va y viene en espiral ascendente y al volvernos a tocar, porque al fin y cabo todo se repite, aunque lo miremos diferente, en tanto soy distinto, por efecto de la experiencia que el mismo tiempo nos va regalando, y que como las lecciones se vuelven a presentar si no las he aprendido, entiendo que el perro que me muerde…es mi maestro, porque aprendo mucho del sufrimiento, cuando me doy permiso de escudriñar el sentimiento de enojo y dolor y lo puedo contrastar con lo que necesito descubrir en mi sombra. Continuar leyendo

¿Atrapado por el pasado?

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Yo creo que soy el resultado de lo que sembré.
El pasado tiene como función, ser el caldo de cultivo de lo que disfrutamos o sufrimos en el presente. Soy el resultado de mi pasado, lo que aprendí y lo que no quise aprender, y se verifica aquí y ahora. Es cierto que no puedo borrar lo que pasó, pero si puedo cambiar lo que siento y pienso en relación con ello. Continuar leyendo

El fracaso no existe

El inventor más importante de Estados Unidos

Thomas Alva Edison

Yo creo que el fracaso no existe. Mas bien creo que, esa situación que llamamos fracaso es una excelente oportunidad para aprender de nosotros mismos. Claro que se requiere de una muy buena dosis de humildad, para reconocer aquello que no estamos haciendo bien.
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Perdono…cuando sano recuerdos.

couple-677571_960_720Yo creo que, en relación con el perdón, es posible hacer un proceso de sanación de recuerdos. Es decir, creo que el problema fundamental está en la manera como administramos la memoria asociada con la ofensa. Recibir un insulto no significa nada, a menos que yo lo recuerde toda la tarde.
Entonces propongo estas preguntas para continuar la reflexión:

¿Existen ofensas perdonables y otras imperdonables?

Yo creo que, es posible perdonar, desde el corazón, cuando he comprendido, que, en esa experiencia dolorosa, hay una enseñanza y un aprendizaje para mí. Perdonar es posible, si logro discriminar los recuerdos, pues podemos ser selectivos con ellos. Es decir, si elijo recordar sin rencor, obtengo beneficios, porque me libero del lastre del pasado.

No perdono cuando quiero dañar al otro intencionalmente. Cuando me obsesiono con destruirlo o acabarlo. Y por lo tanto ya no es un problema de perdón, sino un resultado del resentimiento y las ganas de desquite o venganza que tengo.

No perdono, cuando no comprendo las razones de la ofensa y juzgo desde el ego herido. Cuando decimos “no le perdono” …estamos perpetuando el daño, al tenerlo siempre presente. Como un evento permanente…entonces esto evita sanar la herida. En estos casos la mala memoria sería la solución.

¿Qué te hace sentir débil…si perdonas?
Yo creo que el ego herido y la sensación de derrota que te hace sentir perdedor… si perdonas. Además, porque nos gusta tener el poder y demostrarle a los demás lo fuertes que somos. Y en estos casos no perdonar es una manera de tener los mecanismos de defensa altos para que no vuelva a suceder la ofensa.

¿Sirve para algo el resentimiento?

Para nada. Cuando decimos: “yo perdono, pero no olvido” cargamos con el peso del resentimiento y la necesidad de venganza. Las venganzas no son buenas porque dañan a las mismas personas que albergan estos deseos y sentimientos y de otro lado… el “ofensor” jamás se entera de nuestros sentimientos encontrados.

Cuando caminamos por la vida y los años llegan, vamos reconociendo nuestros errores, faltas y ofensas para con otros. Y debemos pedir perdón, a nuestros seres queridos y al grupo social que nos rodea, así como a nosotros mismos.

¿Qué es aquello que te cuesta perdonar?
Precisamente perdonarme. Porque se trata de reconocer nuestro propio papel en el proceso de la ofensa. A veces no nos damos cuenta de que pudimos ser nosotros mismos los causantes de ese daño. Y para liberarnos de ese peso, proyectamos en los demás toda la culpa del hecho: “Por culpa tuya” …se convierte en el encabezado de nuestras frases y comentarios. También es bueno decir: “Por culpa mía”, como una manera de responsabilizarme de los hechos.

¿Cómo te perdonas a ti mismo?
Cuando soy capaz de mirarme con misericordia. Cuando reconozco que puedo ser merecedor de amor y compresión por mí mismo. Porque el perdón, es el mejor regalo que podemos darnos a nosotros mismos.

¿Qué necesitas para perdonar?
En un mundo de humanos, nuestra falibilidad hace parte del inventario. Por lo tanto, el proceso de perdón se da cuando me permito examinar, observar y comprender la conducta de otros y al entenderla, veo claramente las causas de su ofensa y su necesidad de hacerme daño y de esta forma, a pesar de las circunstancias, perdonarlos, porque también es mi responsabilidad defenderme; pues nadie puede hacerme daño a menos que yo lo permita.
Es tan fácil juzgar y tan difícil defender. Es tan fácil acusar y tan difícil disculpar. Acusar a alguien por su pasado, es negarle su posibilidad de corrección al futuro. Condenarlo por lo que hizo, solo tiene sentido si se le invita a un cambio y a una corrección para el presente y el mañana.

¿Qué hace falta para sanar recuerdos?
Entendiéndolos como un proceso de aprendizaje que, aunque doloroso, deber servir para nuestra madurez emocional, para comprender muchas conductas humanas y principalmente para confirmar que, en el sagrado arte de vivir, la convivencia no es fácil, cuando prima el egoísmo y la inconsciencia.
Yo creo que la generosidad del corazón habla de nuestra habilidad para perdonar sin miedo, sin prevención, sin rencor. Con la serenidad que da el saber que el Yo no puede ser herido, mientras que el Ego si.

Cuando se aproxima el fin.

time-3038213_960_720Yo creo que tenemos dificultades para cerrar ciclos. Y debemos reconocer que hay procesos inconclusos que, al quedarse así, impiden una correcta elaboración del duelo.

Los ciclos sin cerrar van y vuelven indefinidamente, pidiendo a gritos su conclusión.

Y descubro que lo que nos impide cerrar un ciclo, es el miedo al desenlace que sospechamos; así como en otros momentos, tiene que ver con la necesidad de permanecer atados a aquello que realmente no queremos cerrar, porque en el fondo, nos conviene tener motivos de queja, para poder pasar por víctimas o victimarios.

También hay ciclos que no se cierran, debido a la falta de trabajo sobre el orgullo y el obligatorio desarrollo de la humildad, condiciones necesarias para lograr la aceptación y el reconocimiento de los factores causantes de la parálisis, en la resolución de temas pendientes.

Al revisar asuntos inconclusos, me percato del miedo a enfrentar el encuentro conmigo mismo, debido al dolor en el ego que se produce, al mirarse así mismo.

Le tenemos miedo a lo que no entendemos. Rechazamos todo lo que se sale de nuestro control y atacamos cualquier cosa que nos saque de la zona de confort y de las supuestas seguridades con las que nos rodeamos.

Miremos por ejemplo cómo nos da terror, enfrentar el tema de cerrar el ciclo laboral, con todas las implicaciones que ello trae a nivel económico y de reconocimiento social. Postergamos, hasta el límite de lo posible, hablar de jubilación, porque lo relacionamos con la muerte de nuestra propia utilidad.

Jubilarse tiene que ver con la palabra júbilo o alegría de terminar un trabajo que desarrollamos en buena parte de nuestra vida. Sin embargo, si la valía y el orgullo personal dependían de esa labor, se hace muy difícil separar la actividad, de la identidad. Me refiero por ejemplo a aquel que, ejerciendo una profesión u oficio a lo largo de los años, ahora debe darle paso a las nuevas generaciones de profesionales y trabajadores, quienes incluso están mejor preparados que él, al tiempo que debe reconocer que, sus habilidades y conocimientos no son los mismos que lo hicieran competente en el pasado.

No se cierra el ciclo cuando sigo pensando y opinando en pasado… duelo sin elaborar como el de aquel, que comienza sus frases diciendo “cuando yo trabajaba en…” nostalgia característica de quien no ha soltado su identidad pasada.

Yo creo que es importante hacer un proceso terapéutico de pre-jubilación, para aprender a cerrar ciclos laborales y como una preparación obligatoria para entender cuando se aproxima el fin y de esta forma, exorcizar incluso otros temores a cerrar ciclos vitales, como los de la paternidad, en el “síndrome del nido vacío” o como los asociados con la pareja, ya por muerte natural o emocional de la misma, temas de los que hablaremos en futuras publicaciones.

 

 

 

 

El difícil arte de tomar decisiones.

Yo creo que la tarea humana más compleja y difícil, es aquella relacionada con la toma de decisiones. Debido a que, según la decisión tomada, es posible cambiar el rumbo de nuestras vidas. Una decisión tomada a tiempo, tiene la virtud de la oportunidad, en tanto que si no lo hacemos en su debido momento… el Universo se encarga de tomar la decisión por nosotros.

De otro lado una decisión bien tomada supone el control y conocimiento de varios factores, entre ellos el personal; es decir el conocimiento de quien toma la decisión. Darse cuenta de qué estoy haciendo, cómo lo estoy haciendo y para qué lo estoy haciendo, es fundamental a la hora de tomar decisiones. Así como el conocimiento del entorno, el ambiente y las personas involucradas.

Entonces ¿Por qué es tan difícil tomar una decisión?

En primer lugar porque nos atemoriza el factor tiempo, en relación con la permanencia. “Hay decisiones para toda la vida”… dice la sabiduría popular y en ese sentido nos asusta la idea de la falta de reversa, si algo sale mal, con la decisión.

Segundo porque no queremos equivocarnos. El orgullo, la falta de humildad o la búsqueda de la perfección, se convierten en obstáculos al momento de tomar decisiones. No existen resultados perfectos…a menos que se tenga la capacidad de leer el futuro, y la idea en el fondo, con la vida, es jugar con el riesgo de la incertidumbre, pues para algunos, eso le da sabor a la existencia.

Tercero, porque nuestra decisión también afectará a otras personas, y ello puede generar sentimientos encontrados como la culpa y además porque nos convierte en blanco de críticas y eso preocupa a quienes viven del qué dirán. Sobre todo, si nos pasamos la vida comprando aprobación.

Y cuarto, es importante diferenciar la decisión tomada desde la emoción versus la decisión tomada desde la razón.

En muchas decisiones, la lógica debe imperar… pero en el mundo de los humanos la emoción gana la partida y nos lleva a tomar decisiones locas, atrevidas y contra todo pronóstico… como en el amor. “Pues el corazón tiene razones que la cabeza no entiende”.

Ahora lo que realmente interesa no es la decisión como tal, sino sus consecuencias. Esto significa que toda decisión debe tomarse desde varios puntos de vista y criterios, teniendo en cuenta posibles modelos que reflejen efectos futuros.

Además es gracias a la equivocación como aprendemos…pero también sabemos que hay errores fatales que no permiten la posibilidad de futuro.

Cambiar de opinión es de sabios, en virtud a que con el tiempo, vamos descubriendo nuevos elementos que nos ayudan a tomar nuevas y mejores decisiones.

Conversaciones conmigo mismo…sobre los demás

Yo creo que la sabiduría consiste entre otras cosas, en la capacidad para reconocer humildemente la sabiduría del otro y pienso que la sabiduría aumenta cuando tomamos conciencia de nuestra propia ignorancia, sobre todo cuando se trata del autoconocimiento.

Cuentan que en cierta ocasión se encontraba caminando el iluminado con sus discípulos y al pasar por un lago, dijo: observad como los peces saltan y de esta manera se “divierten”.

Uno de los acompañantes repuso: “¿y tú cómo sabes, que eso “divierte” a los peces si no eres un pez?”

Los demás discípulos miraron al maestro, esperando la reacción de este, pues consideraban un irrespeto la pregunta del novicio y al mismo tiempo sentían curiosidad por conocer la respuesta del gurú.

Entonces el maestro con dulzura y amabilidad dijo: ¿Y tú cómo sabes que yo no soy un pez, si tú no eres yo?

Yo creo que de eso se trata la sabiduría… en re-conocerme y sobre todo en aceptarme. Y descubrir que soy un milagro ambulante y que tengo la posibilidad de andar haciendo milagros gracias al amor.

Y que no debo preocuparme por el camino de otros, las acciones de otros, las vidas de otros, si al menos no me ocupo de la mía, que es la que en verdad debe ocuparme.

Creo que pasamos mucho tiempo criticando las acciones de los demás sin darnos cuenta que somos los demás de los demás. Y que puedo ahorrarme muchos sufrimientos, si no me comparo con otros.

El día que practique todo esto, van a terminar las conversaciones conmigo mismo, sobre los demás.

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