Los regalos del universo

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Yo creo que el universo me regala sus dones, pero a veces no estoy preparado para verlos.

Recuerdo que mi vida ha estado llena de regalos de felicidad, como la vez que me encontraba en la casa de mi mamá, un domingo, en una reunión familiar. En esa época, ella vivía en un segundo piso, pues siempre adoró la idea de tener un balcón para sentarse allí, y sentir la frescura del aire y de esta forma tener la sensación de libertad y de poder, al mirar a las personas, sin ser observada. Continuar leyendo

Las preguntas del niño

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Yo creo que no hay nada tan fascinante como las preguntas de un niño; sobre todo, si están salpicadas por la ingenuidad fantasiosa que todo lo puede y todo lo logra, con solo imaginarlo. Continuar leyendo

Todo en la vida… tiene su tiempo

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Yo creo que cada situación en la vida tiene su tiempo. Por lo tanto, no debo apurarlo, más bien debo ser paciente, pues cada vivencia llega cuando debe llegar. Cada situación se va, cuando se debe ir. Y no obedece a mi capricho, ni a mi deseo; pero eso si…obedece a lo que necesito de cada evento vital, para aprender de ello. Continuar leyendo

El deseo crea poder

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Yo creo que el deseo crea poder, pero no basta con desear. Desde niño me han dicho “querer es poder”, y descubro que hay algo más que impide el logro de objetivos y que está asociado con el miedo al fracaso.

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El ciego y el despertar de la conciencia.

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Yo creo que siempre me ha generado curiosidad el hombre ciego que vende confites en la calle. Su sensibilidad y sus oídos están tan afinados que confía plenamente en ellos y de una manera temeraria se lanza al mundo para ofrecer su mercancía. Es un hombre mayor, robusto, se ve sano y lo más impresionante sereno. Cuando el semáforo está en rojo, se acerca cuidadosamente percibiendo el sonido del motor y el calor de cada carro. Continuar leyendo

El señor de los aguacates…o la felicidad al atardecer de la vida

el-mariachi-loco-1389118_960_720Yo creo que, el fin de semana pasado tuve una visión de mi futuro.
Eran las dos de la tarde del domingo, cuando a la distancia, alcancé a oír al vendedor de aguacates. Su voz sonaba poderosa y juvenil. Llamé a la portería para invitarlo a subir y pasó un tiempo bastante largo, entre la llamada y el arribo a mi apartamento; lo que me hizo sospechar, que aquel buen hombre se había perdido. Sin embargo, para mi sorpresa, al sonar el timbre que anunciaba su llegada, me encontré, no con un joven, sino con un caballero, muy mayor, sudoroso y jadeante que a duras penas articulaba palabra, debido por supuesto, al esfuerzo físico. De todas maneras, a punto del infarto, negociamos una buena cantidad de fruta, más por mi compasión, que por la calidad de esta. Continuar leyendo