El día que llovió arena en Armero

  • Esperanza Fierro, sobreviviente de Armero, relata cómo fue el día de la avalancha y cómo construyó una nueva vida. Lleva 30 años buscando y esperando a su hija Diana.
    Esperanza Fierro, sobreviviente de Armero, relata cómo fue el día de la avalancha y cómo construyó una nueva vida. Lleva 30 años buscando y esperando a su hija Diana.
  • El día que llovió arena en Armero
  • El día que llovió arena en Armero
Por: maría victoria correa Fotos: juan antonio sánchezEnviados especiales, Armero | Publicado el 13 de noviembre de 2015
en definitiva

Al conmemorarse 30 años de la avalancha de Armero, reconstruimos esta tragedia desde 4 personas que sobrevivieron: Esperanza Fierro, Margarita Gómez, Hernando Bandera y Fredy Gutiérrez.

Esperanza Fierro se recuesta en la silla de su peluquería y pide que la maquillen. Una de sus empleadas se apura y empieza a taparle con polvo y sombra las lágrimas que se le tallaron en la cara. “Apúrate mujer que me van a tomar una foto y si mi hija Diana me ve en el periódico, quiero me vea bonita”, dice.

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Diana, hoy tendrías 33 años y el 16 de noviembre te harían una fiesta sorpresa para celebrar tus 34 años. Tu mamá compraría la torta y apagarían juntas las velas. Vivirías en Lérida junto a ella o en Ibagué con tus hermanos. Tal vez ya estuvieras casada y elegirías Cartagena para ir de vacaciones. Tal vez todavía recuerdes la tragedia, el abrazo que tu mamá te dio para soportar juntas la paliza del lodo, y que luego te soltaste, que apareciste y que una señora del barrio se ofreció a cuidarte y no te cuidó. Tal vez recuerdes los días de piscina en el club y que tu hermano y tú se escondían debajo de la cama a comer papitas. Tu mamá dice que amaba esos días.

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La peluquería de Esperanza es una de las más famosas de Lérida, Tolima, a 15 minutos de Armero, el de siempre. La dirección para llegar no es con nomenclatura. En el paradero de taxis y en la plaza de mercado saben dónde es. No hay pierde. La historia de esta mujer de 1,65 de estatura, tez morena, 56 años, podría empezar por los días felices en la peluquería, pero no, el inicio se lo sabe de memoria, cual libreto, dice que lo recuerda todo y por eso su relato empieza en aquel 13 de noviembre de 1985, cuando una avalancha borró del mapa a Armero y dejó cerca de 25.000 muertos y otros miles de sobrevivientes, entre esos, ella.

Es la noche de ese 13 y Esperanza acaba de llegar de su trabajo en el Club Campestre. Les regala a sus hijos Diana y Jovany un paquete de papitas y luego habla por teléfono con Noel, su esposo, que está en Cali. No escucha ninguna advertencia ni alarmas, por eso se pone a coser un vestido para un bautizo. Pasadas las nueve, acuesta a sus pequeños y se acuesta.

“Desde la cama escuché un parlante de un carro que decía que no fuéramos a salir. Sin embargo, me asomé por la ventana y vi llover arena. Al rato me golpearon muy duro la puerta, como quien quiere tumbarla, y era un vecino que gritaba: ‘corraaaaaan, corraaa Esperanzaa, salgaaaan, salgaaaann, se vinoooo el volcán, corraaaan’. Desperté a mis niños y a mi mamá y arrancamos. Mi papá me dijo que no, que no iba con nosotros, que igual eso nos iba a matar y se quedó en la cama. Cuando llegamos a la esquina de la casa vi venir la avalancha”.

Esperanza abraza a Diana —la acurruca en el pecho— y a Jovany lo agarra de la mano, la mamá se aferra a su brazo. Y lo que Dios quiera, piensa. A los segundos, la avalancha los golpea e inevitablemente se sueltan. Mientras el lodo los arrastra, Esperanza oye gritar a su niña que dice: ‘mami, mami, dónde estás’. Eso fue lo último que le escucha a su pequeña. Y la mujer fuerte de 26 años, aferrada a la vida, comienza a nadar en el lodo, sube y baja, y baja, y el lodo la tapa y ella se limpia los ojos como puede y logra respirar y otra vez el lodo se la traga. Hasta que siente un nuevo golpe y queda sentada. El mundo se detiene.

Justo cuando todo se detiene, comienzan los lamentos, los mismos que Esperanza hoy repite como si fuera esa noche. Imita la angustia, adivina los ademanes de quienes se quejan y entonces, sentada en la puerta de su peluquería, saca fuerzas para recordar las oraciones de quienes estaban enterrados junto a ella.

“Me dormí enterrada en el barro rezando a todo pulmón el Salmo 91: “El que vive bajo la sombra protectora del Altísimo y Todopoderoso, dice al Señor: Tú eres mi refugio, sí señor, ¡Tú eres mi refugio!”, repite Esperanza: ¡Tú eres mi refugioooo!.

El volver

Pasaron dos meses y medio para que Esperanza saliera del hospital. El diagnóstico final fue de nueve costillas fracturadas, una herida en la cara, la espalda quemada y un hueco en la pierna en el que cabían 13 cucharadas de azúcar. Eso cicatrizó. Sin embargo, el diagnóstico real no fue tan rápido de curar y fue en la puerta del hospital cuando su tragedia volvió a empezar al revisar sus cosas y verse con una caja llena de pijamas. Sin más.

Su esposo Noel encontró en un hospital a su hijo Jovany. Esperanza cuenta que este hombre lo buscó de hospital en hospital por todo Tolima hasta que lo encontró llorando y todavía con algunas heridas.

A Diana también la buscó. Se suponía que estaba bien. “Un día después de la tragedia, a mí me llevan para Cambao y allá me preguntan mi nombre: ‘Me llamo Esperanza Fierro’. Me dijeron que si yo tenía una niña de nombre Diana Marcela Fierro. Les dije que sí. Y me dicen que ella había dicho que su mamá se llamaba Esperanza, que el papá se llamaba Noel y que su hermano era Nan, así le decía. Me dijeron que estaba sana, que solamente tenía una herida en la ceja, que no tenía sangre, que era solo un rasguño, pero luego me remitieron a Girardot por la cantidad de heridas que tenía y no me la dejaron llevar, entonces se la dejé encargada a Omaira, una amiga —mi esposo apenas estaba tratando de localizarme— por eso le dije a ella que me la cuidara. Y nunca más, nunca más, volví a saber de mi hija”.

Los días comenzaron a pasar lentos, muy lentos. Consiguió que una cuñada la dejara vivir en su casa y ahí las penas se evidenciaron: Esperanza no tiene ropa. Esperanza no tiene plata. A Esperanza su esposo la deja, carajo, la deja. A Esperanza la cuñada la echa de la casa. Esperanza duerme en un parque de Ibagué. Esperanza pide limosna. Esperanza se derrumba y llora. La palabra limosna le duele y la pronuncia sílaba a sílaba: li-mos-na. El mundo se detiene por segunda vez, de un totazo, esta vez sin heridas en el cuerpo, pero sin casa, sin comida, sin ropa y con Jovany de ocho años, de la mano.

Una amiga la ayuda, ¡aleluya!, y los días comienzan a cambiar. Consiguió trabajo de secretaria en Lérida y por eso la palabra trabajo la pronuncia con histeria: ¡Trabajo!. Sentencia que justo ahí, cuando ya tiene plata para comprar la lonchera de Jovany, se da cuenta que su Dios es más grande que todos los Dioses.

Otra vez, de totazo, la vida cambia. Esperanza se volvió a enamorar y quedó embarazada otra vez y otra vez.

“No me he quedado quieta. Había que vivir. Recuerdo que un día pasó por la casa un vendedor de tela de peluche y le compré todo lo que tenía y empecé a hacer peluches, hacia elefantes, vacas, perros y vendía y vendía. Luego puse una vitrina en mi casa y comencé a vender desde mi casa. Llegó un momento en que tenía tres muchachas ayudándome”.

Una casa nueva que le regaló su jefe y una familia también nueva que le regaló Dios. Sus cinco hijos comienzan a estudiar en Ibagué y ella monta una peluquería y una floristería y una venta de peluches en Lérida. En un mismo local hacía todo. ¿Cinco hijos? No es una equivocación, cinco hijos: Jovany y Diana, del primer matrimonio, Ivonne y Érika Paola del segundo amorío, y Jhon. Jhon llega a la casa de milagro. Hoy es un señor de 37 años. Cuando tenía siete sus papás lo abandonaron y como el Dios de Esperanza es más grande que todos los dioses, ella lo acurrucó en su corazón y lo declaró su hijo por los siglos de los siglos y cuatro hijos tengo. Sonríe.

Esperanza se recuesta en la silla de su peluquería y a los cinco minutos las lágrimas desaparecen. Sin penas. Relata que la semana pasada estuvo en el cumpleaños de Jovany, que ella le hizo el almuerzo y que soplaron las velitas, que celebraron la vida.

*****

Diana, tu mamá advierte que tu cumpleaños será en tres días, que aunque sumas 34, para ella seguirás siendo la niña de la casa, mi niña, dice. Que sí, que claro, que llora cuando el rafagazo de tu ausencia golpea, pero que la fe sigue ahí pendiente de que la reconozcas en el periódico. Mientras eso pasa, carga una cámara fotográfica en la que revisa las fotos de sus dos nietas —tus sobrinas, Diana— dice que tienen tus ojos .

Contexto de la Noticia

freddy gutiérrez

Freddy es el actual presidente de la Cruz Roja de Armero Guayabal, pero también es el profesor de primaria del pueblo. Vivió la tragedia y la ha estudiado, conoce la ruta que siguió el lodo, se sabe de memoria la historia de lo que pasó después y habla de su noche, de cómo logró vivir. Advierte que los periodistas siempre hacen tres preguntas y por eso, se autoentrevista: “¿Estaba esa noche en Armero? Sí. ¿Perdió familia? No. Éramos siete y quedamos los siete. ¿Cómo se salvó?”. Va contando los detalles mientras camina por las ruinas de su calle. “¡Esta era mí casa!”, grita, mientras nos paramos en la mitad de unas ruinas. “¡Estamos en la sala!. Yo estaba durmiendo con mi hermano mayor en esta habitación. Cuando mi mamá me despertó tenía a mi hermano menor cargado, una linterna y una sombrilla y decía: Vámonos. A dos cuadras, el lodo nos tapó. Al otro día, los siete salimos caminando”. Después de la tragedia, Freddy fue panadero y obrero. Luego empezó a estudiar Topografía y licenciatura. “Cuando una persona que no tiene nada y le ofrecen un empleo no necesita de

más nada, eso es como

cuando las tórtolas se caen del nido y las soplan para

que vuelen. Yo decidí volar y no ser damnificado”.

hernando bandera

Carlos Hernando Bandera carga en una bolsita transparente su pasado. Se trata de una docena de fotografías con las que relata su historia y la de Armero. Recuerdos del día de piscina, del bautizo, los paseos de olla, la entrada de la iglesia, el parque infantil, la primera comunión y una foto familiar en la que se detiene y dice: “¡Todos se murieron!” y se le quiebra la voz. Relata detalladamente cómo se salvó él, su esposa y sus hijos Cesar y Juan Pablo. Corrieron al cementerio, la parte más alta del municipio, y paradójicamente, el lodo no los tocó. “Empezamos no a vivir, sino a sobrevivir. Los primeros meses fueron difíciles. Luego, la vida nos fue premiando y me dieron una casita, ahora el asunto es que aquí es donde están todos los recuerdos. Le confieso que en mi corazón además de tristeza hay rabia, yo podía haber salvado a mi papás y no pude. ¡Nadie nos avisó que teníamos que salir!”. Le pregunto que dónde están sus muertos, que si tiene algún lugar de Armero para llorar. Dice que les hizo una lápida y va y se sienta en una tumba que no tiene flores y que él construyó al lado de la cruz que visitó el Papá Juan Pablo II meses después de la tragedia. Es que Armero le quitó, dice, la gente que más amaba y que aunque tiene recuerdos amargos de aquel día, lleva una vida tranquila. No pide más.

Margarita Gómez

Margarita Gómez ha servido un plato de más en la cena de Navidad durante los últimos 30 años. Sin falta. Es para su hijo Jorge. Aquel 13 de noviembre, Adriana y Jorge, sus dos hijos, se perdieron en el mar de lodo en el que se convirtió Armero y hoy ese lodo parece estar aún regado por su casa. Adriana apareció al siguiente día, pero el pequeño Jorge no, no apareció, no aparece. Dice que quiere contar esta historia a su manera, le duele, contarla es volverla a pasar por el corazón. Adriana ha contado que los separaron: niños a este lado y niñas a este lado. No volvió a ver a su hermano que por esos días tenía 3 años. “Le suplico, no le vaya a preguntar a Adriana por Jorge, ella no habla del tema, quedó muy traumatizada, no quiere preguntas. Lo único que nos ha dicho es que el hermano estaba con ella y dijeron: los niños a un lado y las niñas al otro. Y ya. No insista”. Luego Margarita comienza con las preguntas. “¿Usted sabe qué se siente que se le pierda a uno un hijo? ¿Usted sabe? Pues le digo: ¡Es tenaz! Es más cruel saber que tu hijo está vivo y que no lo encuentras y que usted no sepa cómo está, quién lo tiene, cómo lleva su vida, qué come, si tiene esposa. Le digo algo: no es que me dé jartera contarle mi historia, no, el asunto es angustioso, doloroso. Yo lo único que quiero es que mi hijo aparezca”.

María Victoria Correa Escobar

Soy periodista y candidata a máster en Humanidades. Me gusta el periodismo que se hace caminando. El Chocó, la infraestructura y el vallenato son mi ruta.

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