Casa de paso de Cúcuta ha entregado casi medio millón de raciones de comida a venezolanos

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Colprensa | Publicado el 07 de junio de 2018

A la Casa de paso Divina Providencia ha entrado medio millón de los venezolanos más pobres en busca de alimento para subsistir, y durante un año de ir y venir no faltaron ni una lata de atún ni un huevo, para asegurar que nadie se vaya sin comer de vuelta a su país, o a donde sea que sobreviva.

Este miércoles se cumplió un año de labores de la Diócesis Católica de Cúcuta en esta casa que a la fecha suma 421 mil 400 raciones entregadas, que según el obispo, monseñor Víctor Manuel Ochoa, bien pudiesen ser más, si en sus manos estuviera multiplicar, o al menos duplicar el alimento.

“No tenemos problema en continuar”, dijo, en relación con la posibilidad de que la labor se extienda más tiempo. “El lío es que cada vez es más complejo ayudar, porque tenemos más gente... Ese es mi gran dolor: que no tengo capacidad material para distribuir más”.

Pero pese a ello, ni la iglesia católica ni los movimientos apostólicos ni los 25 voluntarios venezolanos que les sirven a los suyos para garantizar su propio alimento diario, han desistido de cada jornada, preparando más de 40 kilos de arroz, o 20 de carne.

“Hay que ser un chef de primer orden”, dice monseñor sonriente, resaltando la caridad de los cucuteños, “mamás de nuestros barrios, hombres y mujeres que sacan de su tiempo para ayudar a los más necesitados”, en una obra cuyo impacto y crecimiento ya alcanza para apoyar a comedores de caridad en Venezuela.

“Esto marcará la historia”, reitera una y otra vez el sacerdote, convencido de que la acción de la iglesia ya genera una relación distinta, sólida, que se mueve entre dar y recibir no solamente comida, sino medicinas de primera necesidad para los migrantes: antibióticos, medicamentos para la presión arterial, el corazón, entre otros.

Conforme pasaron los 365 días del primer año de servicio, la providencia trajo consigo gente de zonas más alejadas de la frontera: Caracas, Petare, Maracaibo, “con un dolor que a mí me rompe el alma”, dice monseñor, a quien le cuesta admitir que hay ocasiones en las que se debe decir ‘no más’, porque hay demasiados niños y mujeres gestantes... Cada vez más.

Sin embargo, pasta con atún, o arroz con huevo; algo se prepara para cumplir con la misión: mandarlos a todos con alimento.

El sacerdote José David Caña, quien coordina la casa, sueña con que dentro de poco se materialice la adquisición del lote, para que la ayuda internacional llegue sin contratiempos, y se edifiquen más baños, algunas oficinas, se logre unir el lote con la parroquia San Pedro Apóstol y se proyecte la casa, hasta donde sea posible, en medio de esta crisis.

“Esta casa ha tenido tantas bendiciones porque Dios respalda a sus pobres”, dice Caña, esperanzado en que la casa siga creciendo, como ya lo ha hecho, con su nueva cubierta, un parque infantil, y los sabrosos aromas que se confunden entre las oraciones, a media mañana, “para que este alimento alcance para todos. Amén”.

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