Con el adiós a Alberto Sierra no acaba la exposición de su vida en el arte

  • Artistas y curadores reconocieron en Alberto un referente. Las exequias serán este martes a las 11:00 a.m. en el Cementerio Jardines Montesacro. FOTO Julio César Herrera
    Artistas y curadores reconocieron en Alberto un referente. Las exequias serán este martes a las 11:00 a.m. en el Cementerio Jardines Montesacro. FOTO Julio César Herrera
Por John Saldarriaga | Publicado el 21 de marzo de 2017

Un mediodía, cuando los integrantes del grupo de los Nuevos Once llegaron a su cita habitual de los jueves para almorzar con Alberto Sierra, que más que almuerzo era un ritual, se encontraron con que el anfitrión estaba vestido con sotana, como un cura.

Lejos de terminar en ese momento su presentación —su performance, diría él mismo, en los términos del arte no objetual—, los hizo arrodillar, pronunció un discurso en latín y, por último, los bendijo para que pudieran incorporarse y pasar a sentarse a una mesa que él presidiría.

El artista Hugo Zapata, uno de los Nuevos Once —estos comenzaron con una exposición hace más de treinta años, donde Sierra los presentaba como nuevos artistas antioqueños, y así siguieron llamando a la barra de amigos— recuerda esta anécdota con especial afecto, porque con ella parece apreciar a Sierrita, como lo llamaban los más cercanos, en varias facetas de su personalidad: la de artista, claro, porque él llegó a la curaduría por la creación artística, la de ser religioso y la de hombre dotado de sentido del humor.

Como artista participó en la Bienal de Coltejer de 1972 con una obra en la que integraba imágenes de Mao Tse-Tung y Marilyn Monroe —“una bobada”, diría el mismo Alberto cada vez que se refería a tal asunto—. Como seminarista, porque lo fue hasta 1970, cuando, a punto de ordenarse, le ofrecieron una beca para estudiar en Roma y no quiso saber del asunto.

Ese almuerzo, el de los jueves, era un ritual en el que hablaban de todo: del país, de lo que pasaba, de arte y hasta de las reinas... “A veces, Juan Camilo Uribe declamaba o tocaba la guitarra y cantaba. El ritual terminaba en la noche, cuando nuestras esposas iban a rescatarnos”. Esas jornadas se acabaron cuando Juan Camilo murió. Sintieron que se había ido el alma de la fiesta.

“Sierrita era casi cura —dice Zapata—. Sin serlo, tenía muchas cosas de cura. Era muy religioso”.

Sí que lo era. El propio Alberto nos contó, para un reportaje publicado días antes de la Semana Santa de 2015, en el que deseábamos saber si los intelectuales eran ateos, como algunos creen, lo siguiente:

“Tengo una huella profunda de religiosidad porque yo estudié en el Seminario. No soy asiduo a ningún templo. Me gustan los rituales: son manifestaciones públicas de la fe. Creo que la Iglesia Católica es la única que ha dejado rastros urbanos con sus templos. La fe necesita de la estética, así como en otras religiones necesitan del terror”.

Difícil hablar en pasado

“Haber entrado en la vida de Alberto Sierra ha sido un privilegio”, dice María del Rosario Escobar, directora del Museo de Antioquia, a quien se le hace notablemente difícil hablar en pasado del curador. “Las vivencias que se tienen con un amigo, se quedan con uno. Lo tendré siempre presente.”

Lo conoció cuando ella, periodista, ejercía en El Mundo. Era una de sus fuentes. Posteriormente, cuando se desempeñó como Coordinadora de Extensión Cultural de Eafit, trabajó al lado suyo en el montaje de varias exposiciones. “Nos volvimos aliados y amigos —aclara María del Rosario—”.

En este nivel de amistad que ella sintió el privilegio que menciona. Conoció a un Sierra que pocos conocían. La vida privada, las lecturas, la comida, la mesa, la cocina, el cuarto...

“Con él se comía delicioso —evoca María del Rosario—. Ensalada, sopa, pollo... Y no podía faltarle un dulce que le había enviado una de sus hermanas o una sobrina. Se servía una gran porción de bizcocho de novia, que le gustaba bastante”.

En su cuarto, además de un escaparate, tenía una obra de Beatriz González en la cabecera de la cama.

Gran lector y dueño de una copiosa biblioteca, Sierra tenía en sus lecturas uno de los temas de conversación. Además leía los periódicos y “cuando publicaban algo de los amigos o de las personas que amaba, los recortaba y lo pegaba en la pared”. Le gustaban los chistes y las noticias insólitas. Fue bohemio y fumador.

“Alberto Sierra era un hombre muy discreto en sus actos, pero jamás un hipócrita. Hacía uso de su libertad”.

Cuando no le gustaba una obra de arte, lo expresaba con claridad. Era visceral y sanguíneo y él se sabía malgeniado. Y los amigos lo querían así, aunque los regañara. Él bromeaba con este asunto: decía a veces que se sentía tan aliviado que estaba de mal genio. En ocasiones se arrepentía de haberse enojado.

“Un día, cuando organizábamos una exposición en Eafit, yo estaba sufriendo porque llegó la hora de abrir y no alcanzamos a montarla completamente. Eran las 7:15, la gente estaba esperando y nosotros todavía instalando plotters. Alberto vio mi angustia y me llevó a un lado para decirme: ‘No pasa nada. Abramos así, que no estamos haciendo nada de qué avergonzarnos’. Como yo confiaba en lo que él dijera, así lo hicimos: la gente tomaba vino y nosotros terminando el montaje a la vista de todos”.

Alberto Sierra era una persona sencilla. No amaba los lujos. “Incluso en el vestir era discreto —menciona María del Rosario, quien agrega—: su lujo estaba en su vida, en sus amigos, en el arte.”

Contexto de la Noticia

INFORME Algunas realizaciones de Alberto

· Alberto Sierra Maya nació en Medellín en 1944.

· Estudió en el seminario. Se graduó en Arquitectura en 1975. Ejerció dos años. Diseñó la iglesia de la Santísima Trinidad en la Avenida Santander, de Manizales.

· Fundó la Galería de la Oficina, en el Centro de Medellín, en 1972. La trasladó a El Poblado cuatro años después.

· Participó en fundación del Mamm; en la apertura de la Sala de Arte de la Biblioteca Piloto, y del Parque de las Esculturas, del Cerro Nutibara.

· Dirigió la Re-vista del Arte y la Arquitectura en América Latina.

John Saldarriaga Londoño

Envigadeño dedicado a la escritura de periodismo narrativo y literatura. Libros publicados: Al filo de la realidad (cuentos), Contra el viento del olvido, en coautoría con William Ospina y Rubén López (periodismo), Crónicas de humo, El Arca de Noé (crónicas) y Vida y milagros (crónicas), El alma de las cosas (relatos), Gema, la nieve y el batracio (novela). Recibí el Premio a la Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa en 2005; el Premio CIPA, en 2004.

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