De besos no robados y otros poemas de Elkin Restrepo

  • El León de Greiff, que entrega Eafit, la Alcaldía y el grupo Argos, es un reconocimiento a su trayectoria literaria. FOTO cortesía eafit.
    El León de Greiff, que entrega Eafit, la Alcaldía y el grupo Argos, es un reconocimiento a su trayectoria literaria. FOTO cortesía eafit.
Por mónica quintero restrepo | Publicado el 17 de agosto de 2018

Elkin es poeta, cuentista, editor, profesor de literatura, director de la revista Universidad de Antioquia. Dibujante. A veces en su lápiz aparece Henry Miller, Jimi Hendrix, Dylan Thomas. A veces personajes de sus libros o hace algún jolgorio entre líneas.

–Lo caracteriza –cuenta Claudia Ivonne Giraldo, jefe del Fondo editorial Eafit– un ejercicio de sensibilidad profunda y de la inteligencia que la guía. Una medida de las palabras, de los tiempos, del ritmo.

Lo había dicho alguna vez el escritor Darío Jaramillo: que Elkin es un poeta que “cuenta historias, que cuida el lenguaje hasta la obsesión con el fin de que no se note; con el fin de que cada palabra corresponda a lo que narra y cada adjetivo le dé color y sabor a la escena”.

Porque Elkin sí es así: trabaja en el lenguaje para que el verso sea exacto en su expresión, en lo que sugiere, en la riqueza del sentido. Es, para él, como construir un templo, una casa. Los poemas los escribe lentos, línea a línea. La poesía, además, requiere de un impulso, de sentir un ámbito interior que posibilita el poema. El cuento lo piensa, la poesía la escribe. Sus poemas son, piensa a veces, narrativas en un comienzo, con personajes a los que de pronto les sucede algo.

Está Odiseo, que empieza de esta manera: Su regreso a Ítaca nunca sucedió,/todo fue un sueño.

Le parece que ser escritor, ya en serio, le llegó después de los 50 años, cuando tenía más horas libres. La infancia, me contó en una conversación en 2016, le duró hasta entonces, porque fue ahí cuando entendió que era un juego con el tiempo. La vida, la verdadera, sin embargo, siguió diciendo, no se deja escrita. Esa pasa sin dejar rastro, y eso es bello, contó, porque es el olvido. La vida es ese instante entre lo visible y lo invisible.

Y ahí está la poesía, por supuesto, para escribir, por ejemplo, en ese poema que se llama Suburbio, ya al final, que para no hablar de nostalgias,/ me cosí la boca./ Había dejado de amart.e.

Un premio

En otro poema, en la página 37 de El torso de venus (2015), debajo de una palabra en mayúscula que es el nombre, OPORTUNIDAD, Elkin Restrepo habla de la vida que pasa, de lo que se pudo ser y no se fue, de lo se pudo hacer y no se hizo: El beso –así está en el cuarto verso– que no robaste/ cuando todo invitaba a que lo hicieras. Y se va, casi hasta el final: aquello, en fin,/ que hubiera hecho de tu existencia/ otra existencia.

Esa es la poesía de este poeta: una que habla del amor, del tiempo, de los griegos, de lo pasajero, de la palabra, del erotismo. De la vida cotidiana, porque, me dijo Elkin en ese septiembre de 2016, qué otra vida puede haber que la cotidiana. Algo así, dijo entonces:

–Habitualmente la actitud que se toma es negativa, pero por el contrario, a medida que se va advirtiendo lo que ella significa como todo, va uno encontrando la enorme riqueza que existe en lo que es corriente, que no es más que la manera habitual en que las cosas se organizan, pero que son apenas un aspecto. Aquí están todos los mundos, incluso ese que llamamos cotidiano, y el de la poesía está ahí también.

Ese día además contó que la poesía es lo esencial, y que si uno le preguntaba qué papel cumple él en la vida, diría que escribe poemas.

A ese escritor es a quien este jueves, en el Puente de Guayaquil, en el lanzamiento de la Fiesta del Libro y en compañía de sombrillas rojas con letras que sumadas decían que El nadaísmo es una cosa eterna que apenas lleva 60 años –y que es coincidencia para decir que Elkin pertenece a esa generación posterior al Nadaísmo, que algunos llaman Sin nombre–, lo anunciaron como el ganador del premio León de Greiff al mérito literario 2018.

El galardón, explicó el escritor y gestor del premio Héctor Abad Faciolince, se entrega a la trayectoria literaria, un año a un poeta, el otro a un novelista, y es la primera vez que recae sobre un colombiano: primero fue el venezolano Juan Calzadilla y luego la argentina Luisa Valenzuela.

–Elkin –contó Héctor– mezcla ironía y ternura, cosas que parecen banales y que él es capaz de convertir en poesía. Es un poeta de la vida cotidiana, del humor, que ha trabajado discretamente como profesor y en trabajos editoriales, en una vida dedicada a la creación.

Desde el premio, los jurados (los colombianos Catalina González, Giovanni Quessep y Ramón Cote, y el mexicano Fabio Morábito) señalaron que “se reconoce el gran valor de la obra de Elkin Restrepo a lo largo de más de 10 libros de poemas donde trata diversos temas siempre con precisión, originalidad y economía. Nacido en 1942 pertenece a una generación que incorporó a nuestra tradición manifestaciones como el bolero, el rock, las baladas, el cine o las referencias literarias, y también la poesía norteamericana. Él supo unir estos elementos con una visión particular”.

En Como en tierra salvaje, un vaso griego, en la carátula, dice así: Allí, donde la piedra guarde aún la forma/ desnarigada de algún dios ido

Contexto de la Noticia

el poeta, león de greiff y el premio, en sus palabras

“Para mí León De Greiff tiene dimensiones de animal mitológico, no tiene semejante en nuestra lengua y junto a Carrasquilla, Fernando González y Barba son los padres de nosotros, incluso de los por nacer. Lo vi de lejos dos o tres veces y durante un año, comienzos de los noventa, cada viernes con Miguel Escobar Calle, historiador e investigador, y Eduardo Peláez, novelista, tomamos El Libro de los Relatos y nos fuimos a recorrer la topografía nombrada en ese viaje ‘rimbaudiano’, como lo llamó, cuando se fue a trabajar de contador en la construcción del ferrocarril de Urabá. Comenzábamos en Bolombolo, país ‘fuera del mapa’ y nos cruzábamos el Cañón del Cauca, a 40 grados, en todas las direcciones. Estuvimos en Titiribí, visitando las minas de El Zancudo, la Otra Mina, etc. Leíamos un poema y alzábamos la copa de suerte que, mientras recobrábamos la razón, pasó un año completo y no recuerdo si el libro se nos extravío o nos lo comimos, el hecho fue que no lo volvimos a ver. Cuando seamos gente y a de Greiff lo leamos como se debe, el premio será para cada uno de nosotros. Me parece”.

Mónica Quintero Restrepo

Es periodista porque le gusta escribir. A veces intenta con la ficción, y hasta con los poemas, y entonces se llama Camila Avril. Le gusta la literatura, el teatro, el arte y las historias. Es periodista de Cultura de El Colombiano. También estudió Hermenéutica Literaria.

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