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Cuando el amanecer llega, nace una silleta

  • Juan Pablo Sánchez con su silleta monumental, en instantes previos del traslado al desfile.
    Juan Pablo Sánchez con su silleta monumental, en instantes previos del traslado al desfile.
  • Rodrigo Sánchez, en el proceso de afinar los detalles faltantes de su silleta.
    Rodrigo Sánchez, en el proceso de afinar los detalles faltantes de su silleta.
  • Juan David Sánchez, con su hijo Samuel, quien también ha participado como silleterito en ediciones anteriores. La pieza de Juan David fue finalista en la categoría artística este domingo. FOTOS Julio César Herrera
    Juan David Sánchez, con su hijo Samuel, quien también ha participado como silleterito en ediciones anteriores. La pieza de Juan David fue finalista en la categoría artística este domingo. FOTOS Julio César Herrera
Por Daniela Jiménez González | Publicado el 13 de agosto de 2018

Aunque pretende ocultar el agotamiento, a Rodrigo Alonso Sánchez se le nota que ajusta tres días sin dormir. Sin embargo, no ha sido una vigilia tranquila: el silletero, vestido de carriel y sombrero, entra y sale de las habitaciones con paquetes atiborrados de flores, saluda a los turistas que se enfilan a su paso, sonríe para las fotos y estrecha las manos de viejos amigos.

En el hogar de los Sánchez, una finca en lo alto de la vereda San Ignacio del corregimiento de Santa Elena, se vive una fiesta entre los visitantes que se reúnen –en una suerte de ritual– a observar la construcción de las silletas en la noche previa al Desfile.

Rodrigo no tiene mucho tiempo para bailar o celebrar. Sujeta el bisturí, corta y pega las flores sobre el armatoste de madera. Esquiva como saltimbanqui la manigua de hojas y pétalos que se acumulan sobre el piso, a medida que los botones son separados de sus tallos.

“Es mucho trabajo, son demasiados detalles. Ya tengo ganas de irme a descansar”, dice el silletero, tras varios días de quehacer en vela, “pero sería un mentiroso en donde dijera que esto lo hago solo. No sería capaz”.

Y es que la noche silletera es, ante todo, una celebración familiar en torno a la única misión de que la obra esté lista a tiempo. Participan los niños, primos, abuelos, cuñados y hasta los suegros.

Por pura tradición

Todos los Sánchez llevan consigo el legado silletero, a fuerza de sudor, quereres y herencias. El abuelo, David Emilio Sánchez, fue uno de los fundadores del Desfile y su descendencia (entre ellos el padre de Rodrigo, silletero por más de 30 años) impregnaron la pasión por las flores a más de 26 hijos, dedicados al oficio.

Rodrigo Alonso, quien ya suma 18 años cargando el peso de su creación en este evento, construye este año una silleta artística. Cuenta que 15 veces han regresado a casa como ganadores o finalistas y que lo único que tienen pendiente es corononarse como campeones absolutos.

Mientras discute con su esposa Sandra Hincapié sobre cómo fijar una figura en la estructura sin que tambalee, su hermano, Juan David Sánchez, elabora otra silleta del mismo tipo. Con silicona fija las pequeñas flores sobre el armazón, en las que resalta el botón verde, que para él simboliza las montañas de la tierra antioqueña. Su diseño le tomó 15 días y es la representación del encuentro entre dos barrios de Medellín separados por “fronteras invisibles”, que han decidido reencontrarse más allá de las disputas.

“Lo que trato de plasmar es que no vale la pena seguir peleando ni disputando territorios. Somos una misma familia”, cuenta Juan David. En la fabricación incorpora más de 40 variedades de flores, entre las que se destacan el statis morado, las rosas, la palma araucaria y los pinochitos.

La noche avanza y el cansancio se vuelve evidente. “Ahí vamos, lento pero seguro”, indica Juan David. Turistas y amigos se suman a la empresa de fijar las flores faltantes sobre la silleta.

“Cuando la vean con la cinta ganadora, qué bueno que todos los que ayudaron digan: ‘yo puse una flor ahí’”.

A eso de la medianoche, Rodrigo pega la última de las flores a un entramado terminado de más de 30.000 botones. Lo siguiente, por supuesto, es jugársela por unas insuficientes horas de sueño.

Juan David dice que su finca silletera lleva el nombre de El Mirador porque las luces de la ciudad se alinean a lo largo y ancho de la urbe y sobre las periferias, en una vista privilegiada.

Al amanecer, cuando el cielo es casi una bóveda anaranjada, los dos silleteros descienden con sus creaciones, entre las hileras de algunos visitantes que pasaron la noche en fiesta y los aplauden a la distancia. Han dormido poco, pero Marleny Sánchez, su madre, los espera en el cruce de caminos, a las afueras de la finca, justo antes de que se suban a las camionetas que han llegado hasta el corregimiento para transportarlos.

“Cuando regresan a la finca es la satisfacción del deber cumplido, independientemente de si les va bien o no”, comenta ella, una mujer que fue silletera durante 25 años.

Antes de irse, Rodrigo y Juan David se despiden entre abrazos. “Este año sí es, este año ganamos”, grita alguien, desde lo alto de El Mirador. “Mi Dios me lo bendiga, hijo”, le susurra Marleny a Rodrigo, en una mirada cómplice.

Y llegó el domingo

Las camionetas se alejan. Sandra Hincapié comenta que, a pesar de que tanto esfuerzo terminó, el descanso aún no llega. “El lunes salimos a trabajar normal. Nos toca esperar hasta el otro fin de semana para tirarnos a la cama”.

Uno de los turistas coincide con ella y, entre vítores y emociones, comenta: “Si este año quedamos de absolutos, nos emborrachamos... Y luego, a trabajar”.

Después de seis horas, sin embargo, y ya cuando ha pasado la mañana del domingo, la silleta de Juan David, un homenaje a los aires de reconciliación que necesita la ciudad, no fue la ganadora absoluta, si bien terminó finalista en la categoría Artística, con el cuarto puesto. Entonces hay que sumar una vez más, la 16, que vuelven entre los mejores.

La Feria terminó. También ese amanecer en el que nacieron en Santa Elena, enfrentadas al azul del cielo, cada una en su finca y con su silletero, y lista para mostrarse en las calles de Medellín, 510 silletas.

Contexto de la Noticia

En la fraternidad de la familia

“Mejor dicho: usted llegó a Sancholandia”, comenta Juan Pablo Sánchez, primo de Rodrigo y Juan David. Su casa está ubicada arriba de la finca El Mirador, luego de ascender durante cinco minutos sobre unos rieles de asfalto.

Allí, la construcción de las silletas se realiza entre el baile y las risas de los más queridos, en un ambiente mucho más cercano y al que llegan menos turistas.

Según el campesino, en la vereda San Ignacio reina su familia, que participa este año en la categoría de Monumental, y su sobrino, Andrés Sánchez, con una tradicional. Mauricio Sánchez, padre de Andrés, comenta que ambos han participado juntos en el evento desde que su hijo cumplió los cinco años.

“En esta época, esta reunión familiar nos permite reencontrarnos con nuestras raíces. Es una fiesta muy bonita en la que todos los silleteros compartimos ideas sobre la construcción y el estilo de la silleta”, agrega Mauricio.

Mientras Juan Pablo adhiere flores sobre la propuesta de su sobrino, su esposa Jéssica de La Vega y un tío de ella, Orlando de La Vega, van afinando los detalles restantes de su pieza monumental, en cuyo centro destaca una protea, una botánica exótica.

“El lunes, mi esposo llega cansado, agotado de la espalda por cargar el peso de la silleta, pero aún así madruga a trabajar”, comenta Jéssica.

Juan Pablo, entre risas, agrega: “Yo amo las flores, me han dado toda mi vida y por eso vivo agradecido. Todo el año estoy rodeado de ellas, con mayor razón en estos días. Esa es mi felicidad”.

Daniela Jiménez González

Periodista del Área Metro. Me interesa la memoria histórica, los temas culturales y los relatos que sean un punto de encuentro con la ciudad en la que vivo, las personas que la habitan y las historias que reservan.

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