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Luis E. Atehortúa hace de la silleta una canción

  • El autor del Himno del Silletero, al igual que su esposa, participa en el Desfile con Silleta Tradicional. FOTOS Donaldo Zuluaga
    El autor del Himno del Silletero, al igual que su esposa, participa en el Desfile con Silleta Tradicional. FOTOS Donaldo Zuluaga
Por John saldarriaga | Publicado el 07 de agosto de 2016
79

años tiene Luis Enrique. En enero pasado cumplió 50 de casado con Carmen Sánchez.

en definitiva

Hoy, desde las 2:00 de la tarde, más de 300 artesanos desfilarán por la avenida Guayabal para tomar la calle 10 hasta la Plaza Gardel, donde será el sitio de arribo del evento.

Luis Enrique Atehortúa compuso el himno del silletero, ha escrito tres libros sobre Santa Elena, hace parte de la estudiantina Los Silleteros, ha compuesto cuatro bambucos, tiene un museo que denomina La Guacherna y, por supuesto, es silletero.

Esta presentación, en la que, sin esfuerzo, se muestra el alma de un hombre que vive el folklor, sé que es suficiente para mostrar a un paisa que vibra y siente con las tradiciones y para quien el pasado es su presente y su futuro.

Sin embargo, es apenas un compendio apretado de lo que encierra en su humanidad este antioqueño inquieto. Inquieto por cultivar las costumbres y por plasmarlas en libros y en canciones.

Porque en esa enumeración no aparece que a los 79 años lleva una vida tan activa como la de una persona de la mitad de su edad. Tiene una agenda apretada con sus compromisos culturales, a los que se suman otros de carácter cívico, que aluden al progreso de su corregimiento.

Nacido en la vereda El Cerro, donde aún reside, este personaje vive bajo un sombrero, precedido por un delantal blanco que los campesinos llaman paruma, abrazado por un poncho y rodeado por un carriel. Estudió solamente hasta segundo de primaria, “porque no había más”. Y con esa educación aprendió inglés en una universidad de los Estados Unidos, país al que fue invitado a estudiar sindicalismo, cooperativismo y desarrollo comunitario.

Y ese inglés, que no olvidó nunca, le ha servido para hacer una versión del Himno del Silletero en ese idioma, canción que él compuso con el título de Réplica de un Silletero.

El tiple y la bandola

Se sienta en un tronco de árbol en la entrada de su finca. Deja ver, a sus espaldas, el letrero del nombre del predio: «El edén en primavera». Hace sonar el tiple y después de cantar en español lo hace en el idioma de Michael Jackson:

Silletero, silletera from my homeland from my race/ When you pass trough in parade, it is Antioquia that pass through/ Recalling grandfather’s memory and the ruana/ In Colombia it repeats, it is Antioquia that pass through.

A su finca se llega por un camino de más de cien años, por el que también pasaron su padre y su abuelo a sus respectivas casas, desde el sendero principal, la vía a Pantanillo. El camino pasa junto a un arrayán de más de 120 años.

Cuenta que el nombre de la finca surgió luego de su viaje por Europa, al lado de su esposa, Carmen Sánchez, en un regalo que les dio uno de sus hijos.

Llegó al país de los tulipales y los gladiolos, Holanda, con la ilusión de verlos. Pasaron por tres ciudades, Ámsterdam, La Haya y Róterdam, pero no halló ninguna flor, a pesar de que no dejaron floristería ni cultivo sin visitar.

La explicación que recibieron: no transcurría la estación de las flores, la primavera.

“Entonces me dije: prefiero mi Placita de Flórez, en Medellín, que en todas las épocas del año tiene flores de todas clases. No necesita una temporada especial. Fue también cuando nos surgió la idea de ponerle este nombre a la finquita. ‘El Edén’ es el nombre del Paraíso, según la Biblia. Este lugar es nuestro paraíso. Y ‘en primavera’, porque si es la estación de las flores en el resto del mundo, esta tierra mantiene en primavera”.

Cargando el tiple por el diapasón con una mano, la derecha, camina hacia el museo La Guacherna y va contando que fue su suegro, David Sánchez, padre de 26 hijos, quien tuvo la idea de realizar el Desfile de Silleteros, en 1957. “Él aparece en el primer cartel que crearon del Desfile, que le dio la vuelta al mundo”.

La vivienda casi no se ve, por la cantidad de plantas que existen. Cuelgan del alero, de los muros y de los pilares; están sembradas en la tierra o en cuencos y en recipientes que antes tuvieron otros usos; las hay florecidas y de follajes exuberantes.

Carmen, su esposa, a quien siempre llama Negra y jamás por el nombre... a menos que esté enojado, es una mujer silenciosa y amable. Da la bienvenida, sin importarle que un letrero pintado en un trozo de palo y adherido a un árbol, ya lo ha hecho; invita a pasar, ofrece café.

La guacherna

Ella es quien se ocupa de las plantas, dice, sacando tiempo de las múltiples ocupaciones, porque, usted sabe, en una casa campesina como esta, hay mucho que hacer. “Y más aquí, que hay animales, gallinas y dos conejos”.

En el museo, Luis Enrique muestra los libros que ha escrito. Si bien permanecen inéditos, son el aporte que le faltaba hacerle a la humanidad: ya había tenido hijos y sembrado árboles.

Aquel de la casa el sitio más desordenado/ con los chécheres que usaron en el pasado./ La estera, el pilón, la cóleman y el maíz por canastaos.

Son los versos iniciales de un poema a La Guacherna, incluido en el libro Akíai másque silletas, en el que menciona personajes que existieron en el corregimiento entre 1870 y 1960, año en el que comenzó a llegar mucha gente de otras partes, y cuenta tradiciones de su corregimiento.

Y, como dice el poema, en ese espacio anexo a la casa, que “en otro tiempo fue gallinero”, hay vasijas de peltre, ollas, cuadros de santos y hasta monedas antiguas, fotografías... En una de ellas está el primo Pablo Emilio Atehortúa, de Barro Blanco, que no se ha podido poner zapatos y ya tiene 90 años. También hay enjalmas y muleras.

¿Que cuál ha sido su fuente en la que se basa para escribir y componer canciones? Observar lo viejo: la plata, la jerga, los mitos, las plantas medicinales, las creencias...

Lo que funcionaba antes: eso es lo que le interesa a Luis Enrique Atehortúa.

Contexto de la Noticia

la microhistoria Arriero en nariño, antioquia

“Yo también fui arriero. O, para mejor decir, ayudante de ayudante de arriero, oficio que también llamaban sangrero. Era un trabajo duro, porque el sangrero era el encargado de cargar y descargar las mulas, de estar pendiente de todas las dificultades que se presentaran en el camino.

Trabajaba en el municipio de Nariño, en el Oriente antioqueño. En la recua que arriábamos movíamos café desde Puerto Venus, una zona de tierra caliente en límites con Arboleda, población del departamento de Caldas..

La gente acostumbra decir que los arrieros son muy boquisucios.

En ese tiempo yo entendí por qué el arriero es vulgar. Es que tiene que serlo.

Una vez íbamos por un camino estrecho, por el que no cabía más de a una sola mula cargada a la vez. Todas en fila. De pronto, la primera se entretuvo comiendo de los pastos que había al lado y formó un trancón. El arriero le gritó: ¡Arre, mula hijueputa!”. Y ella soltó el bocado y siguió adelante”.

Jaime Atehortúa

Jaime Atehortúa es, de los silleteros, quien más veces ha ganado premios en la historia del Desfile: 19 de Silleteros. Entre ellos, tres primeros lugares. En la sede de Comfama del Parque Arví, durante la jornada de trueque de flores, este campesino recibió un reconocimiento por tal motivo.

Lleva 38 años participando en el Desfile y carga una silleta emblemática.. Tiene también en su historial ser el inventor de la silleta en alto relieve o “cuarta dimensión”. Recorridos, ha conocido varios, Y, según comenta, a él ninguno le disgusta... “Pero el de la avenida Oriental era muy bueno. Tenía una mayor cercanía de la gente. Sentía con mayor calor los aplausos”. Relata una anécdota: “El año pasado, la víspera del Desfile, me golpeé la pierna. Fui al monte a recoger follaje, me enredé en un bejuco y me caí. Quedé con esa pierna toda hinchada. Al día siguiente, el del Desfile, fui a la droguería de los silleteros y no había una pastilla. Me apliqué hielo y mejoré. Siempre he sido precavido y cargo una venda, para lo que se ocurra. Pues, en una parada, una niña scout me la vendó”.

Julieth Ríos, de El Cerro

Julieth Ríos es una silletera apasionada de la vereda El Cerro. Vive en la vereda El Cerro, en la vía hacia Pantanillo. Lleva seis años participando como silletera, portando silleta tradicional. No lleva más porque los mayores tienen el contrato de llevar silleta y son supremamente apegados a la tradición y les gusta tanto participar en el Desfile, que es muy difícil que cedan el puesto. Y, claro, fue silletera infantil. Hace intercambios de flores. Las que no, en la Placita de Flórez las compra. Las flores nativas de Santa Elena son pompones, margaritas, gladiolos, lirios, claveles, éxtasis, fullys, astromelias, lirio azul, dalia, gladiolo.

Cuenta que una vez, ya como silletera, “una señora me detuvo y yo me asusté un poco. Ella decía: ‘yo soy fan suya’. He seguido sus participaciones, sus silletas; todo. Estar al lado suyo me hace erizar la piel’. Eso fue emocionante: ¡Que una persona se interese en el arte que una hace, provoca una sensación indescriptible... Me gusta que la gente diga que quiere estar cerca de los silleteros”.

Luis Enrique Atehortúa

Luis Enrique Atehortúa Ríos estuvo en el primer desfile de Silleteros. No participó con arreglo floral, pero estuvo al lado de los silleteros que motivados por David Sánchez, uno de los mismos vendedores de flores de la plaza de mercado de Guayaquil, decidieron dar una vuelta por unas calles del Centro de la ciudad para mostrar la belleza de sus ramos.

Era un muchacho de 20 años y, recuerda que pasearon por Alhambra, Cundinamarca.

Participa con silleta tradicional, que debe armar el mismo día, para que las flores no se dañen.

Luis Enrique Atehortúa Ríos conoce todos los recorridos que ha tenido el Desfile de Silleteros.

Evoca uno que hacían al principio, que llegaba al Parque de Bolívar. No le disgustaba. Era más corto. También le agradó un trayecto que hicieron algunas veces y que pasaba por Junín y por Palacé. Pasaba por el corazón de la ciudad, donde las flores tenían que adornan con mayor razón.

“Una vez nos tocó llegar al Estadio y eso fue tenaz: horrible de lejos”.

Luz María rajales, de Piedra gorda

Santa Elena es un corregimiento atípico: posee veredas en Medellín, Envigado y Guarne. En la vereda Piedra Gorda, perteneciente a Medellín, vive Luz María Grajales. Esta mujer campesina dice que durante todo el año, ella maneja el azadón para cultivar sus flores y hortalizas.

Es silletera desde hace treinta años. En el Desfile, porta una silleta tradicional, hecha con ramitos clavados sin éxtasis ni sintéticos.

Cuando le preguntan por los recorridos del Desfile, ella evoca muchos de ellos. Los que pasaban por el Centro tenían esa especialidad, de rendirle homenaje a este sector. Pero también los que bordean el río, porque el paisaje es hermoso.

Este año, el recorrido es en Guayabal. Pasa cerca del Zoológico y, según le han dicho, hay sombras de casas y árboles, porque las zonas verdes son generosas. No sabe si es más largo o más corto que los anteriores.

“Todos los recorridos por donde lo lleven a uno están bien para mí. Uno disfruta igual oyendo y viendo la alegría de la gente”.

Olga Londoño

San Ignacio es una vereda de Santa Elena que pertenece a Guarne.

Para llegar a ella, es preciso pasar el parque central del corregimiento, seguir en dirección a Rionegro y estar atento, antes de terminar la meseta, de girar al norte. En esta vereda vive Olga Londoño. Ella conoció los caminos que emprendían los campesinos de madrugada para atravesar la montaña, unirse con los de Barro Blanco y seguir rumbo a la Placita de Flórez para vender sus productos del campo. Flores, hortalizas, maíz, fríjoles. Olga es silletera hace 56 años. Carga a sus espaldas una silleta tradicional. Le tocó vender flores en la Plaza de Cisneros. Ha conocido todos los recorridos del Desfile de Silleteros. Incluso aquellos en los tiempos en que era un evento único y no estaba vinculado con los demás eventos que fueron formando la Feria de las Flores. “De todos los trazados que ha tenido el Desfile de Silleteros, me ha gustado más el que pasaba por la Avenida Oriental. Me emocionaban tanto los aplausos de la gente que nos miraba desde los balcones llenos. ¡Le daba a uno ganas de llorar!”

María C. Grisales

Vecina de la vereda San Ignacio es la vereda El Porvenir., que cuenta con una destacable presencia zonas recreativas y turísticas, iniciando una vocación al turismo.

En esta ondulada geografía de El Porvenir vive María Consuelo Grisales. Esta mujer campesina cultiva flores en la tierra que ella misma prepara con azadón. Es silletera hace treinta y ocho años. Carga a sus espaldas una silleta tradicional.

Se acuerda de todos los recorridos que ha tenido el Desfile de Silleteros. Por la Avenida Oriental, por Junín... Llegando al Estadio, al Parque de Bolívar, a Plaza Mayor... Está convencida de que el mejor de todos es el de la Avenida Oriental. “Salíamos del Edificio de los espejos”. Del último Desfile que siguió esta ruta, recuerda una experiencia: “Una vez me pasó una cosa mala: íbamos por la Oriental llegando ya a San Juan, donde volteábamos para buscar La Alpujarra. Me dieron ganas de orinar. Dejé la silleta en manos de un escout y me fui corriendo a buscar un baño en algún bar o cafetería, casi no lo encuentro. No alcancé el desfile. Cuando llegué, ya el muchacho me había descargado la silleta en el puesto de llegada”.

John Saldarriaga Londoño

Envigadeño dedicado a la escritura de periodismo narrativo y literatura. Libros de cuentos: Al filo de la realidad y El alma de las cosas. Periodismo: Contra el viento del olvido, en coautoría con William Ospina y Rubén López; Crónicas de humo, El Arca de Noé, y Vida y milagros. Novelas: Gema, la nieve y el batracio, El fiscal Rosado, y El fiscal Rosado y la extraña muerte del actor dramático. Fábulas: Las fábulas de Alí Pato. Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa.

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