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    1. Asesinatos de periodistas en Colombia por región

    153 periodistas han sido asesinados en Colombia desde 1977. Valle y Antioquia son los departamentos que más reporteros muertos suman en estos 39 años. Si bien Colombia sigue siendo considerado como uno de los 50 países con las peores condiciones para ser periodista en el mundo, 2016 no registra ningún asesinato en este oficio.

    2. Don Guillermo Cano

    Enero de 1944. Redacción del periódico El Espectador. Centro de Bogotá. Allí estaba parado, con su cartón de bachiller, el joven Guillermo Cano Isaza. Silencio en el recinto. Luis, su tío, quien era por ese entonces uno de los periodistas y pensadores liberales más reconocidos en la capital, se preparaba para hacer un anuncio. Como director del medio de comunicación, presentó a su sobrino: “Enséñenle lo que ustedes saben. No lo elogien, regáñenlo”.

    Una libreta de apuntes, unos zapatos y una máquina de escribir. Guillermo Cano no necesitó nada más para aprender el oficio del periodismo. Salía a la calle, buscaba noticias en los juzgados, en las comisarías, en los espectáculos. La noticia podía estar en cualquier evento. Sin embargo, como lo cuentan los editores de El Espectador, no todos los textos eran recompensados con la publicación. Poco a poco fue formando su propio criterio periodístico.

    Su primera crónica, publicada el 27 de junio de 1944, tenía que ver con las corridas de toros, un tema que le apasionaba. La llegada de la torera Concepción Cintrón Verill, conocida como Conchita Cintrón, fue un evento nacional. Guillermo Cano cubrió la noticia desde que la celebridad aterrizó en Bogotá hasta que se retiró de la plaza de toros la Santamaría. “Juanita Cruz está en Bogotá. Desea a toda costa igualar los triunfos de su colega Conchita Cintrón. Pero ésta, como Ortega, Garza y los novilleros, deben esperar a que la plaza de toros sea una verdadera plaza de toros, sin carpas y sin el olor de las fieras, que tanto aborrecen los cornúpetos”, escribía el joven Guillermo Cano.

    Fueron suficientes tres años de aprendizaje para que fuera designado Secretario de Dirección y Redacción en El Espectador. Además de revisar la agenda diaria con noticias de actualidad, Cano impulsó el Magazín Dominical de El Espectador, donde se publicarían temas relacionados con literatura y cultura, otras de sus pasiones. En octubre de 1952, cuando Guillermo Cano tenía 27 años, su nombre apareció en las páginas de El Espectador como el nuevo director del medio, tras la renuncia de su padre, Gabriel Cano.

    El nuevo cargo representaba objetivos complejos, que iban más allá de su propio desempeño. Él lo admitía. El sábado 6 de diciembre de 1952 tuvo que vivir un incendio en su lugar de trabajo. Y tuvo que reportar, además, cómo una horda de conservadores trataba de destruirlos; a él, a sus periodistas y a sus colegas del diario El Tiempo. Las casas de los dirigentes liberales Carlos Lleras Restrepo y Alfonso López también fueron un blanco de los manifestantes.

    Más allá de las pérdidas materiales que dejó el incendio, el miedo y las amenazas, a los periodistas de la época les preocupaba la censura del entonces gobierno conservador. El ministro de Gobierno de ese entonces, Luis Ignacio Andrade, había manifestado abiertamente que una opción para que el país “volviera a la normalidad” consistía en suspender a los periodistas. El presidente encargado, Roberto Urdaneta, le pidió a Cano reportarle al Gobierno informaciones de orden público, editoriales, investigaciones criminales, fotografías, asuntos económicos y caricaturas.

    La censura crecía a medida que pasaban los años. En junio de 1953, cuando el general Gustavo Rojas Pinilla alcanzó la presidencia, las medidas de control para los medios de comunicación se intensificaron. Guillermo Cano tuvo que afrontar una lucha constante por la libertad de expresión. A manera de ejemplo está el caso de Primo Guerrero, el corresponsal del diario en Chocó que fue encarcelado en mayo de 1954 por publicar un caso de corrupción. Cano, en ese entonces, envió mensajes de protesta a la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), organización que lo respaldó en sus denuncias.

    Como mediador entre los medios y el Estado, Guillermo Cano convocó una asamblea de periodistas en Bogotá. Con el apoyo de 130 delegados, el entonces director de El Espectador logró que Rojas Pinilla levantara la censura de prensa que había instaurado mediante el decreto del Estado de Sitio. Dicho decreto mereció la oposición rotunda de la Comisión Nacional de Prensa, presidida por Cano.

    Sus palabras incomodaron a los Gobiernos de turno, a ciertos grupos políticos y a las mafias. El dominio de los carteles de droga no fue motivo de censura, en principio. En los años ochenta el director de El Espectador se mantuvo al margen del silencio y siguió con sus publicaciones. Su apuesta fue castigada por los narcotraficantes y en la noche del 17 de diciembre de 1986, cuando salía de las instalaciones del periódico, dos sicarios lo asesinaron. Un periodista de El Espectador, Rodolfo Rodríguez, lo vio morir: “Su rostro pálido no reflejaba ningún dolor, ni tristeza, estaba tranquilo, en paz como siempre vivió, mientras la vida se le escapaba por los agujeros de las balas de 9 milímetros”. El Estado, impotente, declaró muchos años después su caso como crimen de lesa humanidad.

    En sus años como reportero, Guillermo Cano escribió un perfil sobre Luis, su tío, maestro y amigo. Las palabras de Luis toman vigencia cada vez que se recuerda la partida de Guillermo Cano Isaza: “Por la puerta grande de El Espectador vi salir lentamente, cojeando de su pierna izquierda, la figura de Luis Cano. Su cabeza blanca sobresalía por entre la turbamulta. Me acerqué a él.
    –¿Para dónde vas?
    –Para Palacio...
    –Permíteme acompañarte...
    –No, Quédate aquí. En el periódico te necesitan...”

    Guillermo Cano sigue firme en la memoria

    Si el periodista Guillermo Cano estuviera vivo, en estos momentos estaría intentando convencernos, en sus editoriales, de que debemos comenzar a ensayar la paz verdadera y duradera, y haría todos los esfuerzos por explicarle a la gente los beneficios de los acuerdos de reconciliación.

    De esto está convencida Ana María Busquets de Cano, la viuda, cuando se cumplen treinta años del asesinato del periodista a manos de sicarios al servicio del narcotráfico.

    Ella, columnista de origen catalán, presidenta de la Fundación que lleva el nombre de quien fuera el director de El Espectador en el momento de su muerte, cree que el mayor legado que dejó Guillermo Cano fue el ejemplo de cómo se debe ejercer el periodismo, con honradez y movido por un criterio de bienestar para la sociedad colombiana.

    “Creo que sus ideas se resumen en una de las frases de su último editorial: 'Así como hay fenómenos que compulsan el desaliento y la desesperanza, no vacilo un instante en señalar que el talante colombiano será capaz de avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más justa, más honesta y más próspera'”.

    Ana María cuenta que, para mantener viva la memoria de su esposo, la familia se reúne cada año, el 17 de diciembre, día del triste aniversario, a recordarlo. “Hablamos de lo que él hacía. Les contamos a los nietos, que no alcanzaron a conocerlo, cómo fue, qué hizo, por qué fue un hombre importante para el país”.

    Las palabras de Ana María Busquets de Cano se confirman en las de su nieta, María José Cano, periodista de temas judiciales de El Espectador. Es una de las integrantes de la familia nacida después del asesinato de su abuelo. Cuenta que en esas reuniones han aprendido acerca del ideario de Guillermo Cano, y también de sus gustos. “Sabemos que era un ser humano transparente. De blanco y negro, no de tonos grises”. María José aporta en la Fundación y, en ocasiones, acude a la entrega del Premio de Libertad de Prensa de la Unesco, en representación de su abuela.

    La Presidenta de la Fundación Guillermo Cano, Ana María, aclara que en esas reuniones en las que se habla del periodista y del hombre de familia, “lo hacemos con un espíritu alegre; no triste. Como esa fecha está dentro de los días de preparativos de la Navidad, nos reunimos desde las horas de la tarde, vamos a misa en familia y, después, rezamos la Novena de Aguinaldos y cantamos villancicos. Al final, compartimos una comida”.

    En la Fundación, uno de los mayores logros ha sido que el Premio Mundial de la Libertad de Prensa de la Unesco, lleve su nombre desde su creación en 1997. “Se conoce en 20 países de los cinco continentes”.

    3. Redes, ¿amigas o enemigas del periodismo?

    Hace ya una década que las redes sociales llegaron para insertarse en la sociedad, poco a poco, hasta el punto que ya hacen parte de la vida cotidiana de gran parte de la población. De las 7.400 millones de personas que viven en este planeta, 3.500 millones son usuarias de internet y, de estas, 2.380 millones usan redes sociales, según datos del portal especializado Statista.

    Como era obvio, los periodistas, los medios de comunicación y la industria de la información también fueron permeados por estas nuevas ventanas donde se ventilan datos e historias. Los periodistas tuvieron que cambiar la idea de crear contenidos para ser vistos solo en su región, tuvieron que asumir que su trabajo podía ser visto desde cualquier parte del mundo y así mismo, cuestionado o criticado.

    Según Delia Rodríguez, periodista española especializada en internet, ahora subdirectora de Desarrollo de Audiencias en Univisión Digital, las dinámicas que trajo consigo internet cambiaron todo para el periodismo, “no solo porque ha generado una crisis comparable a la de otras muchas industrias, como la de la música o el cine. Ahora, las ideas compiten a la vez por la atención de todo el mundo, así que sólo las más emocionales triunfan; eso es lo que vemos que ocurre en las redes, lo que recogen los medios y el juego al que intentan jugar”, enfatiza.

    Ángeles y demonios

    Como la información dejó de salir de un solo lado, porque los ciudadanos dejaron de ser solo consumidores de información y pasaron a ser creadores también, reportando incendios, accidentes y manifestaciones desde la calle, allí el periodista se encontró con un mundo en el que podía enterarse más rápido de sucesos, o llegar más fácil a diferentes fuentes.

    Algunos periodistas también entendieron que podían tener a la mano nuevas herramientas para relatar sucesos en tiempo real de una manera eficaz. Carmela Ríos es una de ellos. Por el cubrimiento en tiempo real a través de Twitter que esta periodista española hizo del Movimiento 15M en Madrid, en 2011, fue galardonada con el premio Ortega y Gasset de Periodismo.

    “La aventura de Twitter fue siempre personal. De hecho no todas las personas y responsables del medio para el que trabajé después comprendieron las razones que me llevaban a dedicar horas de mi día y de mi tiempo libre a explorar una herramienta nueva cuando se trataba de un trabajo que nadie me pedía y por la que no era pagada”, relata Carmela.

    Más tarde en los medios entenderían que no podían seguir manejando el tema de una manera tan informal, e incorporarían nuevos perfiles como el “community manager”, o los editores de redes sociales, encargados de modular el diálogo con las comunidades a través de herramientas sociales y crear estrategias alrededor.

    Y en este nuevo panorama, la inmediatez se convierte en un ideal que tienen que alcanzar los medios digitales. Esta presión conduce, algunas veces, a que se cometan errores o se publique información errada. “Algunos errores resultan realmente divertidos, pero casi siempre tienen una consecuencia negativa: menoscaban la credibilidad del medio”, señala el periodista español Pablo Romero en Cuadernos de comunicación Evoca 8.

    A esto, se le suma el afán por lograr tráfico web. “Antes los medios definían los temas noticiosos del día, ahora los persiguen en Twitter o Facebook. La industria está desconcertada porque ni siquiera sabe cómo están llegando los lectores a sus noticias: está en manos de Facebook”, advierte Delia Rodríguez.

    Entonces, al final, ¿hablamos del indio o de la flecha? Vanesa Rodríguez, redactora jefe de Cultura y Tecnología en eldiario.es, en entrevista con con el periodista Manuel Moreno del portal TreceBits, dice: “Hemos aprendido que las redes sociales tienen un gran potencial y pueden ser un gran aliado de los medios. Otra cosa es que haya aspectos negativos (...) Los periodistas y los medios no tienen que perder de vista que las historias que merecen la pena ser contadas, lo merecen independientemente de que se viralicen o no. Olvidar esto es la peor amenaza de todas y no está en las redes, está en muchas ocasiones dentro de los medios”.

    4. Disparos no mataron a Julián Ochoa

    Un atentado con muchas secuelas

    • Por los disparos, Julián sufrió afectaciones plexo braquiales que afectaron su mano derecha.
    • Por un tiempo su mano estuvo casi muerta, pero con terapias y medicinas se ha recuperado un poco.
    • Incluso en el cuello le quedó alojada una bala que, al parecer, ya no puede ser extraída y Julián convive con ella.
    • Ochoa lleva muchos años reclamando una reparación y restitución de sus derechos, pero solo recibe evasivas.

    Once años después de haber visto la muerte cuando vino por él hasta un aula de clases en Andes, Julián Alberto Ochoa no sabe si agradecer que se salvó, pues el peor calvario de su vida vino tras haber sobrevivido.

    De hecho, una bala se le quedó alojada para siempre.

    Era la mañana del 23 de mayo de 2005 y Julián, que era maestro en una escuela rural en el corregimiento San Bartolo, fue atacado por un sujeto que le disparó a quemarropa y de quien, segundos antes, había logrado zafarse e impedir que accionara el arma.

    “Yo llegué al trabajo temprano, pero cuando iba en el colectivo se subió un tipo con un bigote postizo. Me pareció raro. Después apareció otro en una moto, miró adentro, luego se subió, el otro le dio una plata, y todo eso me siguió pareciendo raro. Pero seguí y ya en el salón, el mismo tipo del bigote llegó a preguntar si podía matricular a su hijo. Le dije que fuera a otra oficina que el tema no era conmigo, aunque le pregunté que de dónde era su hijo. Como respondió que de Urrao, me entró la sospecha. Cuando de pronto el man se alzó la camisa y sacó un revólver, yo reaccioné, le pude quitar el arma, pero como en mi vida jamás usé eso no sabía para qué diablos servía, y salí corriendo. El tipo salió detrás, el patio estaba mojado y me caí, quedé encerrado y él disparando, ya me había pegado dos tiros en la nuca, hasta que logré saltar un alambrado. La gente en la vereda empezó a salir, al man se le acabó el cargador y se fue con el de la moto. Luego un vecino me llevó al hospital...”.

    Recordar el episodio, o digamos contarlo, porque olvidarlo nunca ha podido, transforma a Julián en un hombre tan elemental como cualquier campesino que en el país ha sido víctima de un hecho violento. La voz se le interrumpe. A ratos se le quiebra. Lleva sus manos al rostro. Las descarga sobre la mesa o las pone en señal de oración. Si bien ese 23 de mayo la muerte que vino por él de bigote tuvo que irse sola, lo que sobrevino después para él fue un calvario.

    Ese episodio le dejó una costra imborrable, pues este periodista, en ese entonces en el esplendor de su vida, con una cátedra en comunicaciones en la Universidad de Antioquia, un matrimonio próximo y su sueño de ser maestro rural cumplido, vio su paraíso caer. Vinieron el exilio en Uruguay, el retorno al país con su hogar perdido y la debacle económica.

    “Lo más duro es enfrentar la sobrevivencia diaria, terminar llevando hojas de vida, que un amigo te diga ‘hermano, usted está muy caliente, nos vemos luego’, y todas las humillaciones a que te somete la Unidad de Víctimas”.

    Para Julián aún es un enigma quién quiso matarlo, pero tiene claro que el bigote asesino cumplía órdenes superiores y por eso no anda tranquilo. A ratos le da zozobra y pide que el Estado le restituya su cargo de profesor, pues ese derecho lo ganó en un concurso entre nueve mil aspirantes.

    “Yo no abandoné el cargo, yo no escogí un tipo que viniera a dispararme”, dice, sin sonreírse un solo segundo en los 45 minutos que duró esta entrevista. Es como si arrastrara consigo una muerte que no para. La bala en su cuello se lo recuerda todo el tiempo.

    5. El mundo sigue hostil con los reporteros

    67 periodistas murieron en 2015 en el mundo. Un año que tuvo como gran ataque contra la prensa la masacre perpetrada en el semanario francés de Charlie Hebdo.

    En promedio cada seis días un periodista es asesinado en el mundo, según datos de Reporteros Sin Fronteras.

    El disparo en la cabeza con el que ultimaron a Hernán Choquepata Ordoñez retumbó en la cabina de la emisora La Ribereña, desde donde el periodista emitía su programa dominical, y en los oídos de quienes sintonizaban la emisora en la ciudad peruana de Camaná. El reportero murió en la tarde del 20 de noviembre camino al hospital y se convirtió en el periodista número 58 en ser asesinado en el mundo en 2016.

    El caso peruano es uno de los más recientes y es dramático, pero en la actualidad hay países mucho más peligrosos para ejercer el periodismo. Solo en Siria, en el Oriente medio, once reporteros perdieron la vida en 2016 realizando cubrimiento sobre la guerra civil que allí libran las fuerzas leales a Bashar al-Asad y la oposición, además de la injerencia que tiene el grupo terrorista Estado Islámico en este territorio que tiene escenarios, como Alepo, de difícil acceso para los reporteros.

    Los países con más muertes

    Un ránking con los países más hostiles para los periodistas, si se tiene en cuenta solo los asesinatos, en lo corrido del año entregaría en el top 5 a Siria, México, Irak, Yemen y Afganistán. Juntos, estos cinco países reúnen el 58 por ciento de los asesinatos contra periodistas en 2016. Todos silenciados por incomodar al poder, a grupos armados o a víctimas del fuego cruzado.

    América Latina continúa en la mira

    Si el Medio Oriente, África y Europa del Este son lugares complejos para informar y realizar cubrimiento del acontecer noticioso, América Latina no se queda atrás. Así se concluye luego de encontrar casos de periodistas asesinados en lugares como México, Brasil, Guatemala, Perú o El Salvador. Países que cargan con la desigualdad social, el narcotráfico o la guerra de pandillas, flagelos que disparan los índices de muertes violentas y a los que les incomoda un periodismo a profundidad que devele redes de corrupción y alianzas criminales con empresarios o grupos políticos.

    Colombia, a pesar de no registrar en 2016 muertes de periodistas (la última fue Flor Alba Núñez en septiembre de 2015), continúa como uno de los 50 países con peores condiciones para ser periodista y es calificado como un panorama muy difícil, según la clasificación de libertad de prensa de la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF). Este listado además de las agresiones contra reporteros mide indicadores como autocensura, marco legal para ejercer el periodismo, independencia y pluralismo en el espacio mediático a la hora de informar, entre otras.

    Este índice de RSF ubica como los mejores países para informar, es decir donde los periodistas tienen más garantías, a Finlandia, Holanda, Noruega, Dinamarca, Nueva Zelanda, Costa Rica, Suiza, Suecia, Irlanda y Jamaica.

    Al otro lado de la tabla se encuentran naciones como Cuba, Siria, Corea del Norte, China y Eritrea. Allí ser periodista, además de ser peligroso, está lejos de ser lo que Gabriel García Márquez denominaba “el mejor oficio del mundo”.

    Muertes por países en 2016

    *Mapa actualizado hasta el 10 de diciembre con información de Reporteros Sin Fronteras.

    6. En Siria, la verdad se escribe con sangre

    Mansour al Omari quisiera que sus letras volvieran a leerse en Siria, en el país más peligroso del mundo para ejercer el más “bello” de los oficios, en donde 139 reporteros y 47 blogueros han perdido la vida durante seis años de guerra.

    Quisiera, pero repetir los días amargos en prisión sería una pesadilla y una condena. El 16 de febrero de 2012, hombres armados allanaron su oficina en Damasco, el Centro de Medios y Libertad de Expresión de ese país. Se lo llevaron a él y a sus 14 compañeros, que habían investigado “un dramático aumento de violaciones contra medios y periodistas”.

    El mundo reviró. Hasta la Asamblea General de la ONU publicó una resolución denunciando la “arbitraria detención” y exigiendo su “inmediata libertad”, y Amnistía Internacional lo nombró “preso de conciencia”. Mientras tanto, y durante 356 días, Mansour fue borrado del mapa.

    Estaba recluido en una celda subterránea de militares, sin acceso a abogados, llamadas ni visitas. Tampoco había luz, calefacción, comida decente ni medicinas.

    “Fui humillado, torturado y golpeado diariamente, a veces dos veces al día, cuando los carceleros entraban para llamar a comer. No podía cerrar los ojos. Si los militares miraban a través del agujero de la puerta y me veían durmiendo, me sacaban a los pasillos para una fiesta de golpes”, relata el periodista, ahora exiliado en Suecia y pendiente de un juicio en Siria que le impide imaginar siquiera la idea de volver.

    Bajo tierra, en la oscuridad y la zozobra de esa prisión, Mansour buscó la forma de escribir. Sintió la obligación de documentar los nombres, teléfonos y direcciones de sus compañeros de celda, que se encontraban allí por incomodar al régimen de Bashar al Asad.

    Usando la sangre de sus encías lastimadas y de los golpes, y el óxido de los barrotes, el reportero logró conseguir una tinta con la que escribió en pedazos de ropa. El 7 de febrero de 2013, cuando fue liberado, se las arregló para sacar esas piezas de la detención militar, ocultándolas con cuidado dentro del cuello de la camisa que llevaba el día en que lo capturaron, aunque en Siria, ventilar secretos militares en tiempos de guerra es castigado con la ejecución.

    Sin terreno para la prensa

    La presencia de regímenes autoritarios y la ausencia casi total de prensa libre han sido un terreno constante y espinoso en Siria. Según cuenta Alexandra El Khazen, coordinadora en Medio Oriente de Reporteros sin Fronteras, incluso antes del inicio de la guerra, en 2011, los periodistas trabajaban para medios de comunicación oficiales (o de apoyo) o eran supervisados y censurados por las autoridades.

    La Primavera Árabe trajo consigo una esperanza de transición democrática y un nuevo espacio para las voces independientes. De hecho, dice la coordinadora, ayudó al lanzamiento de nuevos medios de comunicación de oposición. Sin embargo, poco después del inicio de los levantamientos ciudadanos, la represión se volvió el común denominador.

    “Ahora, ser periodista independiente en Siria es considerado como una amenaza para las autoridades, y los periodistas de la región son tratados como criminales”, afirma Sherif Mansour, coordinador de Medio Oriente del Comité para Protección a Periodistas, y añade que el peligro se agravó con la presencia del Estado Islámico.

    El Gobierno usó la lucha contra el terrorismo como una excusa para reprimir la libertad de expresión, y en las zonas donde se encuentran los grupos de milicias, incluidos los controlados por el Estado Islámico, quienes informan se ven obligados a guardar silencio.

    Contar parece más fácil desde el exilio. Mansour al Omar tiene su propia red de periodistas y desde Suecia casi todos los tipos de cobertura siguen siendo posibles, utilizando herramientas de comunicación en línea.

    No obstante, la nueva batalla militar del régimen es detectar a las familias de los periodistas que lograron huir, y eso, cada vez más, le espanta el sueño en las noches.

    7. Periodistas que han trascendido en el tiempo

    Denunciar por medio de su programa radial y en sus columnas de prensa a militares, políticos y paramilitares que cometían crímenes selectivos contra líderes sociales, le costó la vida a este médico defensor de derechos humanos, una tarde del 25 de agosto de 1987.

    La historia no pudo ser más trágica. Héctor Abad murió frente a la sede de la Asociación de Institutores de Antioquia, en Medellín, junto a su colega Leonardo Betancur, cuando se dirigía al velorio del abogado Luis Fernando Vélez, presidente del gremio de profesores y asesinado a balazos en la mañana de ese mismo día.

    Durante más 29 años se ha investigado el crimen del que era presidente del Comité de Derechos Humanos de Antioquia y precandidato por el partido Liberal a la alcaldía de Medellín, pero no se han podido obtener resultados.

    Aunque Héctor era blanco de diversas organizaciones desde el narcotráfico, los paramilitares hasta políticos y militares, en su momento se señaló como autores materiales a dos sicarios reclutados en las filas del cartel de la droga que dirigió Pablo Escobar, y su caso fue casi que archivado.

    Sin embargo, la investigación tomó fuerza luego de que su crimen fuera declarado delito de lesa humanidad. En mayo de 2014, capturaron a la mano derecha de Carlos Castaño, el paramilitar "Móvil Cinco", para que respondiera por este hecho y por la muerte de numerosos militantes de la Unión Patriótica.

    Abad Gómez fue un luchador incansable de las causas sociales y lideró numerosas marchas contra crímenes políticos. Nacido en Jericó en 1921, hijo del notario liberal Antonio J. Abad Mesa y Eva Gómez, hizo sus estudios de secundaria entre el Valle de del Cauca y Antioquia, para terminar estudiando medicina en la Universidad de Antioquia y una maestría en Salud Pública en la Universidad de Minnesota.

    Como médico, Abad Gómez fue un defensor de la atención primaria en salud para los sectores más vulnerables y sus opiniones sobre salud pública fueron acogidos en casi todos los programas de Gobierno.

    Con su esposa Cecilia Faciolince tuvo cinco hijos, entre ellos el escritor Héctor Abad Faciolince, quien escribió un libro sobre la vida y muerte de su padre, titulado El olvido que seremos, primer verso de un soneto atribuido al escritor Jorge Luis Borges y encontrado en uno de los bolsillos de Héctor Abad Gómez el día de su muerte.

    En revistas, libros de historia, diarios colombianos y archivos judiciales aparece la misma foto de la periodista Diana Turbay: un primer plano a blanco y negro, pelo liso hasta los hombros, mirada desviada, sonrisa leve y un saco cuello tortuga. El recuerdo de una reportera, hija del expresidente Julio César Turbay, víctima de Pablo Escobar. Una mujer sensible, como la describían sus padres.

    En la navidad de 1990, Diana Turbay Quintero cumplía cuatro meses en cautiverio. Estaba viviendo lo que en su momento investigó como periodista: el secuestro como base de chantaje al Estado. Desde la zona rural de Copacabana, Antioquia, escribió cartas para su familia. No hubo, en ninguna, palabras de rendición: “Papito, sé que tú siempre has estado acompañado por Dios y eso me ayuda y me da fortaleza. A ti, a mi madre y a todos los extraño mucho. A mis hijos les envío todo mi amor. Solo Dios sabe cuánto los adoro y la falta que me han hecho, pero confío en el Señor y espero estar reunida con todos nuevamente”, reza el diario de la reportera.

    Su muerte fue el desenlace de uno de los capítulos más oscuros en la historia del narcotráfico. El 30 de agosto fue secuestrada. En su labor como periodista aceptó entrevistar al cura Manuel Pérez, por ese entonces máximo comandante de la guerrilla del Eln. El diálogo nunca ocurrió. Era una mentira orquestada por el Cartel de Medellín. Turbay fue raptada con tres periodistas más del noticiero televisivo Criptón. Entre los rehenes estaba Azucena Liévano, jefe de redacción del programa y sobreviviente al episodio.

    El 25 de enero de 1991, el Cuerpo Élite de la Policía, enviado por el Gobierno del entonces presidente César Gaviria, intentó rescatarla. La operación no tuvo éxito. Los secuestradores, al percatarse del operativo, le ordenaron a los rehenes escapar. Diana Turbay subía una loma pendiente cuando sintió un dolor fulminante: una bala le había fracturado la columna vertebral. Un helicóptero la rescató, pero no fue suficiente. A las 4:35 de la tarde el Hospital General de Medellín se confirmó la muerte de Diana Turbay Quintero.

    El crimen contra Turbay Quintero ocurrió tan solo 11 días antes de que se instalara en el país la Asamblea Nacional Constituyente. Con el asesinato, Pablo Escobar logró que el Gobierno abandonara el plan de extradición para narcotraficantes. Como un evidente episodio de rendición es recordada la “entrega” de Pablo Escobar, quien fue recluido bajo sus condiciones, en su propia “cárcel”: La Catedral.

    El 13 de agosto de 1999 Colombia despertó con la trágica noticia de la muerte de uno de los periodistas y humoristas más queridos y valientes, que entre chiste y chiste contaba la realidad del país, marcando a toda una generación.

    Su capacidad para contar lo más crudo a través del humor lo consagró entre la gente y le dictó también su sentencia de muerte. El humorista fue asesinado por sicarios de "La Terraza" a órdenes de Carlos Castaño, en la avenida La Esperanza con calle 42 en Bogotá, cuando se dirigía en su camioneta a la emisora Radionet.

    Con la muerte de Garzón se desató una de las épocas más violentas y difíciles para la prensa colombiana, según la Flip. Ahora, 17 años después las investigaciones continúan. Carlos Castaño, ya muerto, es el único condenado por este crimen que habría tenido, según la Fiscalía, la complicidad de agentes del Estado, quienes actuaron como determinadores y contribuyeron a desviar la investigación.

    Según los testimonios, las labores del comunicador como mediador en casos de secuestro por parte de las Farc y su intento para propiciar un desescalamiento del conflicto llevó a agentes estatales a identificarlo como cercano a la guerrilla. De ahí que conminaran a Castaño a atentar contra su vida.

    Garzón fue gestor de paz y activista por su carrera como abogado, pero su vocación fue la de humorista, actor, locutor y periodista. Fue también una persona muy cercana al poder político y todo un referente cultural en los círculos intelectuales de la capital a los que retrató con un estilo único.

    Su primera incursión en la vida pública fue como alcalde menor de Sumapaz, Cundinamarca, en 1989. En menos de un año fue destituido, por lo que demandó al Estado y recibió una indemnización meses antes de morir.

    Néstor Elí, Émerson de Francisco, Heriberto de la Calle, Dioselina Tibaná, Godofredo Cínico Caspa, entre otros, fueron algunos de sus personajes inolvidables a los que dio vida en una muy corta carrera.

    A Orlando Sierra Hernández lo hirieron de muerte un 30 de enero de 2002, frente a las instalaciones del periódico La Patria, en Manizales, donde trabajaba desde 1985. El periodista, subdirector del diario en aquel momento, se encontraba en compañía de su hija, Beatriz, cuando fue abordado por sicarios que le dispararon a quemarropa.

    Dos días después se apagó la vida de este tenaz crítico de aquellos políticos corruptos, grupos armados y fuerzas de seguridad que aquejaban a Caldas. Sierra con su columna Punto de encuentro había destapado una olla de casos de corrupción, violaciones de derechos humanos y denuncias sobre el Gobierno local.

    Su pluma siempre fue un puñal para los corruptos, hasta el día de su muerte ordenada por el exdiputado Ferney Tapasco, según reza el fallo que lo condenó a 36 años de cárcel. Político que estuvo prófugo durante más de cuatro meses huyendo por Medellín, Cali, Bogotá y siete municipios del Eje Cafetero, hasta su captura en Manizales.

    De esa manera se cerraba un capítulo oscuro en el periodismo. Durante más de 13 años el expediente de Sierra había rodado por varios juzgados siendo el vivo retrato de la impunidad: falta de independencia de los fiscales regionales, asesinato de testigos, libertad para los autores del crimen y varias desviaciones en la investigación.

    Una de las causas para que tomara fuerza fue el Proyecto Manizales, donde siete importantes periódicos y revistas del país, entre ellas El Colombiano, colaboraron para investigar y publicar simultáneamente los móviles del homicidio de este periodista oriundo de Santa Rosa de Cabal.

    Sierra, periodista atípico formado como filósofo, fue también poeta y escritor. En La Patria inició como columnista cultural y luego ascendió a diferentes cargos, hasta llegar a la jefatura de redacción en 1990. Escribió tres libros de poemas y la novela La estación de los sueños, publicada en Francia cinco años después de su muerte.

    Como tributo a su coraje la Comisión Interamericana de Derechos Humanos creó la Beca Libertad de Expresión Orlando Sierra que se realiza en Washington, Estados Unidos.

    8. Riesgos del periodismo

    9. De las amenazas frenteras a las veladas
    Por: Carlos Alberto Giraldo

    Eran los tiempos, en los noventa y principios de este siglo, en que los actores armados ilegales dominaban territorios rurales, e incluso urbanos, y se sentían con suficiente poder para mandarles razón a los periodistas que debían irse de la ciudad o del país. Los menos afortunados simplemente recibían los balazos de algún sicario, lograban esquivarlos, quedaban mal heridos o pasaban a engrosar la larga lista de muertos.

    En ese país, que aún vivía bajo los códigos implacables de Pablo Escobar, los mensajes de amenaza podían ser de una crudeza sin rodeos o de alguna diplomacia bronca, pero no por ello menos perentorios y menos ejecutables.

    La desprotección de la prensa y de sus oficiantes, en especial en las regiones periféricas, resultaba patética. Había, además, poca formación en materia de cobertura de conflictos armados. Así que la intimidación podía partir tanto de los intereses políticos o económicos de los grupos armados, como de la imprudencia o ignorancia en el uso de categorías, por parte de algunos periodistas, o de su falta de autocuidados. Pero los verdugos también se hacían sentir frente a la determinación de colegas de zafarse de los lenguajes y tratamientos que querían imponer las fuentes de información. Era peligroso errar de buena fe, pero también lo era informar con libertad, criterio e independencia.

    Secuestros, atentados, mensajes escritos o verbales, todos los conocí en carne propia o en la experiencia de otros periodistas. De las Farc, del Eln, de las autodefensas, del narcoparamilitarismo, de los políticos que obraban a la sombra, de todos ellos conocí sentencias.

    Hoy, el panorama es un poco más alentador: nacieron organismos para proteger los derechos de los periodistas. Se recibió más capacitación y, por supuesto, bajó la intensidad del conflicto armado.

    Pero perviven las intimidaciones y asesinatos de colegas, como en el Bajo Cauca o los secuestros en el Catatumbo. Todavía se escurren las amenazas sutiles, lo cual dice que no hay una prensa protegida y libre en su integridad. La luz pasó de roja a amarilla. Ojalá baje a verde y que las únicas censuras posibles sean las autoimpuestas o las de los mismos medios a sus reporteros, que siempre existirán, aunque ellos se presenten libres, pero que son más llevaderas que una mortaja.

    10. Periodistas muertos que se han contado poco

    El primer periodista asesinado por su labor, a manos de actores del conflicto, según la Fundación para la Libertad de Prensa, Flip, es Carlos Ramírez París. Hablaba sin tapujos por Radio Guaimaral, en Norte de Santander. La emisora de la que él había hecho popular el lema: “Chica para grandes cosas”.

    Su homicidio fue perpetrado el 11 de diciembre de 1977, el el Puente Calderón de Cúcuta. Los autores: dos policías que lo hicieron bajar de su auto, en el que viajaba solo, y procedieron a golpearlo con las culatas de sus revólveres. Le rompieron las costillas y le causaron hemorragias internas que fueron letales, según datos mencionados en el libro La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015), del Centro Nacional de Memoria Histórica, publicado en 2015, en el cual este el homicidio de Ramírez París da inicio al recuento de crímenes.

    Ese homicidio ocurrió “a unas pocas cuadras de una comisaría de policía”.

    Este periodista protestaba por casos de corrupción o todo aquello que consideraba injusticia contra la ciudad. En la frontera recuerdan que él encabezó manifestaciones en su juventud. Fundó Radio Guaimaral, el 13 de marzo de 1952. Sostuvo el Noticiero CRP y la columna de prensa Desde mi esquina, hasta su muerte.

    A Ramírez lo apodaban “Trompoloco”. Este sonoro apodo, que terminó apoderándose del nombre, se debía, según el periodista Gustavo Gómez Ardila, a que “a semejanza de los trompos tataretos no se estaba quieto. Iba, venía, subía, bajaba, echando vaina en las oficinas, pidiendo cosas pero no para él, sino para la gente. Y si había que pelear, peleaba. Si había que gritar, gritaba. Cuando se dio cuenta de que sólo con gritar en la calle y en los parques no era suficiente, montó su propia emisora, Radio Guaimaral, y desde ella inició sus campañas cívicas, siempre en favor de los más necesitados”.

    Sin pergaminos ni títulos, Carlos se hizo a pulso, era autodidacta y gran lector.

    De acuerdo con el comentario de un colega suyo, Jorge Meléndez Sánchez, emitido en 1978, al primer periodista caído a manos de los violentos por razones de su oficio lo caracterizaban la autenticidad, el tratamiento de temas sencillos y que era un retratista de lo cotidiano y lo local.

    Y fue por su formación, pero tal vez más por su amor a la ciudad, que fue nombrado alcalde de Cúcuta por el gobernador Eduardo Cote Lamus, el 24 de junio de 1963. Pero la posibilidad de ejecutar los proyectos para la ciudad fronteriza quedaron en nada. Su gobierno duró apenas 37 días, porque fue relevado del cargo. La explicación oficial fue que tenía alguna inhabilidad, pero se regó como un secreto a voces la explicación de que la curia presionó al presidente Guillermo León Valencia y al gobernador Cote Lemus y terminaron por darle gusto a los religiosos.

    Carlos Ramírez París estuvo casado con Consuelo Lobo. Fue padre de Donamaris Ramírez-París Lobo, quien se dedicó también a la radio y llegó a ser alcalde de Cúcuta por Partido Verde, entre 2012 y 2015.

    Con una pipa larga y un rostro más bien rectangular y con el cabello peinado hacia un lado, el izquierdo, y caído un poco sobre la frente, así se le ve a Nelson Anaya Barreto, quien fuera columnista de EL COLOMBIANO y asesinado el 26 de septiembre de 1983.

    De origen sucreño, se graduó de abogado en la Universidad Pontificia Bolivariana en 1960 y hacía parte del grupo de opinión Tema Libre, espacio que aprovechaba para exponer ideas en contra de la droga, la corrupción y la descomposición social de manera clara y directa. Pedía claridad sobre los dineros calientes en el Estado y rechazaba la forma como se intimida a los integrantes de la rama judicial. En la página de la Fundación para la Libertad de Prensa, Flip, se anota que sus últimas columnas las había dedicado a señalar la infiltración de dineros del narcotráfico en la política y la economía del país.

    “Es grave que casi todo el Suroeste esté invadido por el bazuko (...), pero más grave aún es que todo el mundo, padres de familia, alcaldes y jueces, sepan quiénes lo venden y dónde lo venden, y no hagan nada por evitarlo”, expresó un día.

    Lo mataron en el centro de Medellín, en la esquina de Salamina con Colombia, luego de salir de su oficina, como siempre, pasadas las seis de la tarde, justo cuando procedía a buscar su auto, en el Parqueadero Mundial. Iba en compañía de su secretaria, Miriam Acosta de Bravo, y del magistrado Publio Trujillo.

    Los hechos no fueron claros. En la noticia del crimen, escrita por el periodista César Pérez Berrío y publicada en este diario al día siguiente, se informó que algunos testigos hablaban de sicarios en motocicleta; otros, que un transeúnte lo estaba esperando en esa esquina, y hubo algunos más que aseguraron que eran varios pistoleros, solo que mientras uno disparaba, los otros creaban la confusión, disparando incluso contra el Banco del Comercio.

    En cambio, no quedo duda de que un disparo dado a traición le perforó el lado izquierdo del hueso occipital y lo mató al instante.

    Anaya Barrero tenía 50 años y estaba casado con Amparo Saldarriaga. Tuvo cinco hijos: Gustavo Adolfo, Álvaro, Sandra Victoria, María Adelaida y Nelson Antonio.

    También escribió para El Espectador y, en radio, abrió un consultorio jurídico en Todelar.

    Su crimen, ocurrido en el cuatrenio presidencial de Belisario Betancur, quedó impune. En la cuenta de Facebook de la Flip, un apunte del 26 de septiembre, para no olvidar el aniversario número 32 de su asesinato, agrega: “Su caso quedó archivado y no se conoció quienes fueron los actores materiales e intelectuales del crimen”.

    En los periódicos de Cali, a Raúl Echavarría Barrientos, Raulete, lo recuerdan tecleando una máquina Remington, mientras fuma cigarrillos nacionales como un condenado y toma café a sorbos apresurados.

    Es un periodista asesinado por la mafia del narcotráfico. Era el 17 de septiembre de 1986. Había salido del Diario Occidente, del que era subdirector, en un carro de la empresa. Iba acompañado por el conductor y un reportero gráfico. Alrededor de las 7:00 p.m. estaba próximo a llegar a su casa en el barrio San Fernando. Tras una esquina lo acechaban dos sicarios que se movilizaban en una moto. Le dieron tres disparos. Uno de ellos en la cabeza, que lo mataría minutos más tarde. Lo llevaron al Hospital Universitario de Valle, donde su hijo, el médico Héctor Raúl Echavarría Abad, no pudo hacer nada para salvarle la vida.

    Tres meses después mataron a Guillermo Cano.

    Años después, en entrevistas a diversos medios de comunicación, el médico dijo que siempre tuvo la idea de que su papá fue el primer gran homicidio hecho por narcotraficantes al periodismo. Y cree que él conocía el riesgo en que vivía. “La gente que adopta esas posiciones son héroes en sus países”. Sin embargo, el periodista nunca quiso tener guardaespaldas, ni carro blindado, ni chaleco antibalas.

    Reconocido por sus opiniones duras contra los narcotraficantes, que emitía en el editorial y en su columna Molino de Viento, justamente dos días antes había dicho que apoyaba la extradición de nacionales a Estados Unidos, como lo había propuesto el presidente de ese país, Ronald Reagan, cuando los narcos le temían más a una cárcel en el país norteamericano que una tumba en Colombia, según una de sus frases de batalla de esa epoca. Raúl creía que el narcotráfico debería ser considerado un delito de lesa humanidad y castigarse con pena de muerte.

    “Cuando me avisaron que un compañero había muerto, empecé a pensar en los que me quedaban vivos”, dijo el locutor de radio y televisión Fernando González Pacheco, al referirse al asesinato de este amigo suyo, quien compartía micrófonos radiales con él en las temporadas taurinas. Fue precisamente en estas en las que lo bautizaron “Raulete”.

    Raúl Echabarría Barrientos nació en Fredonia, en el Suroeste antioqueño, en 1923. Trabajó en EL COLOMBIANO en los años 40. Llegó a Cali llevado por El Pacífico; luego, Laureano Gómez lo llamó para El Siglo de Bogotá; más tarde, El país de Cali lo volvió a llevar a la Sultana del Valle y lo retuvo muchos años; por último, pasó al Diario de Occidente.

    En una nota de El Espectador del 17 de septiembre último citan una frase suya en la cual “torea” a los narcos, tomada de una de sus columnas: “Si unos caen, otros seguimos, pues el intento de acallar a tiros a la prensa libre también fracasará, como ocurrió en el pasado con la mordaza o la persecución económica”.

    Tenía entre sus placeres coleccionar letreros, avisos y tarjetas raras; caminar; pescar; despacharse en panegíricos sobre Augusto Pinochet y Francisco Franco, y despotricar sobre Fidel Castro, según recuerda Álvaro Bejarano. Por esta posición política fue conocido como “un godo completo de los años veinte”.

    11. Crónica de voces en las regiones

    12. Atentados a medios

    13. ¿Por qué hay impunidad en las investigaciones por el asesinato de periodistas?

    Tres expertos exponen las razones.

    Fernando Velásquez Velásquez, catedrático, tratadista y director del Departamento de Derecho Penal de la Universidad Sergio Arboleda: “La impunidad, entendida como la ausencia de castigo para un delito, es un mal endémico de nuestras sociedades dentro de las cuales la colombiana es apenas un ejemplo a estudiar. Y ello sucede con todo tipo de delitos, aunque los índices tienden a aumentar en atención a las calidades y a las circunstancias que rodean cada hecho en particular. Tratándose del delito de homicidio en Colombia, los guarismos han sido estimados en un 4 % antes de 2004 y, después de la introducción del llamado Sistema Penal Acusatorio, en un 3 %. No es, pues, un fenómeno predicable solo en relación con las muertes de determinadas personas, sino que ello sucede en relación con todo tipo de homicidios sin importar las calidades o cualidades de la víctima; por eso, cuando se habla de la muerte de una persona en Colombia el autor de la conducta punible tiene el 97 % de posibilidades de no ser castigado. Y esto, justo es decirlo, es lo que sucede cuando se trata de la muerte periodistas; un hecho que, se ha dicho hasta el cansancio, es la más grave amenaza contra la libertad de prensa a lo largo y ancho del continente latinoamericano”.

    Alfonso Gómez Méndez, ex fiscal General de la Nación, exprocurador y ex ministro de Justicia, coincide en que la impunidad en las investigaciones por crímenes contra periodistas es la misma que sufre el colectivo de víctimas de cualquier otro delito: “En los últimos años se han creado unidades especiales para investigar este tipo de crímenes. Pero el problema no es si estos delitos se cometen contra periodistas, o contra niños, o contra determinados sectores de población. El problema es mejorar la investigación criminal para que todas las investigaciones salgan adelante. Los crímenes contra periodistas tienen muchas veces particularidades que dificultan la investigación. Pero, insisto, la cuestión no es activar solo las investigaciones por casos contra periodistas, sino en todos por igual”. El exfiscal General puntualiza que no puede hablarse de un patrón de persecución sistemática contra periodistas, “y mucho menos por parte del Estado. Cada crimen tiene sus elementos diferenciales: uno es el caso de Guillermo Cano, por ejemplo; otros son los de periodistas de provincia que tienen diversas causas”.

    Jessica Cortés, asesora legal de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), denuncia que “la Fiscalía General de la Nación no cuenta con los recursos necesarios -económicos, humanos, técnicos- para llevar a cabo las investigaciones”. Añade que “muchas veces los fiscales no consideran la actividad periodística de la víctima como hipótesis, sino que lo ubican bajo otras causas”.

    La asesora de la FLIP advierte que muchos de estos crímenes se cometen contra periodistas que desarrollan sus investigaciones en asuntos de corrupción regional o municipal, lo cual dificulta las investigaciones por las presiones contra los fiscales locales o las influencias de los políticos involucrados que afectan la imparcialidad de la justicia.

    Finalmente, precisa que en la Fiscalía no se ha creado una unidad especializada para atender y priorizar los crímenes contra periodistas.

    14. Leyes que cobijan a los periodistas

    Constitución Política

    Artículo 2 “Las autoridades de la República están instituidas para proteger a todas las personas residentes en Colombia en su vida, honra, bienes, creencias y demás derechos y libertades”.

    Artículo 11 “El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte”.

    Artículo 20 “Se garantiza la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial. No habrá censura”.

    Artículo 73 “La actividad periodística gozará de especial protección para garantizar su libertad e independencia profesional”.

    Código Penal

    Artículo 104-10 Cuando se comete homicidio contra quien sea o haya sido periodista, se incurrirá en pena de prisión entre 25 y 40 años.

    Convención Americana sobre Derechos Humanos
    (Pacto de San José de Costa Rica, Ley 16 de 1972 de Colombia)

    Artículo 13 Libertad de pensamiento y de expresión. El ejercicio de tal derecho no puede estar sujeto a previa censura sino a responsabilidades ulteriores, que deben estar expresamente fijadas por la ley.

    15. Reina la impunidad en el asesinato de 153 periodistas

    ¿Quién es Germán Rey?

    Nació en Bucaramanga. Es reconocido como investigador de la comunicación social. Es autor de libros como “Escritos sobre periodismo”, “Los relatos periodísticos del crimen”, “El cuerpo del delito”, “Oficio de equilibrista. 21 casos periodísticos”, “Discurso y razón. Una historia de las ciencias sociales en Colombia”.

    El escritor Gabriel García Márquez dijo alguna vez que el periodismo es el oficio más bello del mundo. Y también es uno de los más peligrosos, añade el Doctor en sicología Germán Rey Beltrán, relator del estudio “La palabra y el silencio”, que trae el macabro listado de 153 periodistas asesinados en Colombia entre 1977 y 2015. La mayoría de ellos están impunes y hacen tránsito silencioso a la prescripción.

    En diálogo con este diario, Rey afirmó que si no se toman cartas en el asunto, o sea si la justicia no obra a tiempo, la impunidad podría llegar a ser del 90 por ciento, o más.

    A Rey esta experiencia le pasó una cuenta de cobro. Al ponerle el punto final al texto del Centro Nacional deMemoria histórica, sintió que la obra le había salido por su espalda, pues allí se alojó un intenso dolor, que los médicos identificaron como herpes zóster.

    “Cuando se asesina a un periodista se asesina a un ser humano, pero también a un representante de la sociedad”, afirmó el investigador. La razón es que las víctimas, y muchas veces los medios para los que laboraban, han sido silenciados por razón del oficio que desempeñaban, por desentrañar la verdad, por revelar casos de corrupción y por poner en la esfera pública la voz de las comunidades afectadas.

    De lo arriesgado que resulta el ejercicio de este tipo de periodismo da cuenta la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). De acuerdo con sus registros, entre 1987 y el 16 de septiembre de 2016, fueron asesinados y desaparecidos 508 periodistas en América Latina y Estados Unidos. Los muertos, en particular, fueron 483 y el 28 por ciento de los mismos eran colombianos.

    Lo más grave es la manera como se “borra” a los periodistas “incómodos”para actores violentos como las guerrillas, los paramilitares, las bandas criminales, los parapolíticos, los narcotraficantes e inclusive para agentes del Estado.

    Otros, y no son pocos, tienen esa forma de “muerte en vida” que es el miedo.

    De acuerdo con la Fundación para la Defensa de la Libertad de Prensa (Flip), en lo corrido del presente año 232 periodistas han sido objeto de violaciones al libre ejercicio de su profesión. El método de intimidación por excelencia son las amenazas, con 83. Le siguen la obstrucción al trabajo periodístico (36) y las agresiones (34). También se ven estigmatizaciones, secuestros (4), tratos e inhumanos o degradantes y atentados contra la infraestructura. No faltan la detención ilegal y el desplazamiento.

    Para el profesor Rey Beltrán, el colombiano es un periodismo amenazado. Tantas muertes, a lo largo de casi cuatro décadas, han producido un gran daño en las comunidades, los medios de comunicación, el país entero y la democracia.

    Destaca, de igual manera, cómo el mayor impacto de esta violencia contra los periodistas recayó en periodistas humildes, que trabajaban en las regiones, inclusive para medios comunitarios.

    En su concepto, varios fueron los perpetradores de esa violencia sistemática contra los periodistas y, agrega, estos actores ilegales tenían un proyecto intencionado para evitar que la verdad aflorara y fuera conocida por la comunidad.

    Bien lo dijo Orlando Sierra Hernández, el asesinado subdirector del diario La Patria, de Manizales:“Tratar de silenciar o callar los medios de comunicación es un acto doblemente terrorista, porque es, al miedo, infundirle el silencio”.

    No menos perverso considera el hecho de que en Colombia se tenga a más de un centenar de periodistas amenazados, que deben tener al lado escoltas para proteger sus vidas.

    Una realidad terrible, para un país en el que, según el estudio, “hay apenas cuatro casos en los que se ha podido sentenciar a toda la cadena criminal, desde su determinador hasata quienes llevaron a cabo de manera material los crímenes”.



    Creditos

    Investigación y textos: Claudia Arango, Santiago Valenzuela, John Saldarriaga, Melissa Gutiérrez, Gustavo Ospina, Mateo Isaza, Mariana Escobar, Santiago Cárdenas, Carlos Alberto Giraldo, Nelson Matta, Rodrigo Martínez, Felipe Alberto Velásquez, Germán Jiménez. Video y audio: Juan Sebastián Carvajal, Alex Hereira y Ángela María Arango. Macroeditor PGA: Germán Calderón. Diseño web: Pamela Barrios. Edición: Mónica Quintero R. Redes Sociales: Melissa Gutiérrez. Fotos: Archivo El Colombiano, SStock, cortesía El Espectador y cortesía Mansour al Omari. Directora EL COLOMBIANO: Martha Ortiz.