HISTÓRICO
ADORACIÓN ESFÉRICA
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Por ARTURO GUERRERO | Publicado el 11 de junio de 2013

Arrasa en el mundo una nueva religión. Infesta los cinco continentes, no da tregua, aparece todos los días en todos los medios de comunicación. Celebra liturgias que duran ocho o seis horas, como las del anterior viernes y martes, y apenas da descansos cada dos. Uniforma de amarillo a colombianos, de azul a argentinos, de cada color a cada país.

Sus pontífices son negociantes de papada que compran y venden seres humanos por cuarenta y sesenta millones de euros. Sus sacerdotes gritan por radio y televisión, y se desgañitan cuando ocurre el éxtasis. Se les llama narradores o comentaristas, inventan nuevos idiomas, aporrean sin piedad la corrección de los antiguos, forman guerrillas, azuzan.

Los fieles de esta creencia suelen pintarse la cara como los indígenas antiguos, montan sobre sus cabezas gorros estrafalarios para que los reconozcan a leguas como catecúmenos pateadores. Se agrupan en barras, se autodenominan hinchas, han aniquilado las antiguas fortalezas antifutbolísticas de sus mujeres.

No existe época del año, zona del planeta, edad poblacional, dignidad social, que no hayan sucumbido a su evangelización. Ningún ser humano, por pobre e ignorante que sea, se excluye de expresar su opinión sobre el partido, el héroe, el árbitro, el técnico. Todos son profetas con relación al marcador inminente. Rico y miserable se hermanan en el único tema universal del momento.

La historia no recuerda tamaña estatura para ningún movimiento masivo internacional. Ni Buda ni Zoroastro ni Lao Tse ni Jesucristo ni Mahoma soñaron con tal conquista orbital de espíritus. Esta nueva religión no tiene cismas, sectas ni apóstatas. Un secreto acuerdo general arrodilla a sus feligreses en torno de la adoración esférica.

El hecho es que las viejas variadas formas de recreación de la vida cayeron estrepitosamente bajo el sonido de pequeñas trompetas que chillan como perritos pincher. Ante el altar plano de los televisores, celebrando con vino de aguardiente, las multitudes consideran que libros, museos, galerías, orquestas, cine, teatro, danza, son artes desuetas y aburridas que obligan a pensar e impiden desconectarse de la realidad.

La nueva religión del fútbol se adapta con perfección al corazón de un mundo sin corazón. Promete y esparce una felicidad energúmena. Hace de la Tierra una esférica que todos quieren patear.