HISTÓRICO
ALDO MORO, DE MÁRTIR A SANTO
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Por EUSEBIO VAL | Publicado el 25 de septiembre de 2012

Italia, como buen país católico, es tierra de santos y de pecadores. Los políticos, muy desacreditados por sus continuos escándalos de corrupción, suelen ser catalogados en el segundo grupo. Pero hay excepciones.

La Iglesia católica ha autorizado formalmente el proceso que puede llevar a la beatificación -y eventual canonización- de Aldo Moro , el líder democristiano, cinco veces jefe del gobierno, asesinado por terroristas de las Brigadas Rojas en 1978. La compleja y lenta maquinaria para elevar a los altares a Moro se ha puesto en marcha con discreción.

Dio la noticia, en exclusiva, La Gazzetta del Mezzogiorno, periódico de Apulia, la región natal de Moro.

Moro podría ser declarado beato por dos motivos: por un milagro que se atribuye a su intercesión -ocurrido hace años en Mozambique- y por su condición de mártir, de persona que fue asesinada por motivos ideológicos, de “odio a la fe”.

Esta categoría ha permitido la beatificación de un millar de sacerdotes y religiosos asesinados durante la guerra civil española. Para Benedetto Sorino , el periodista que obtuvo la primicia, las posibilidades de que la beatificación de Moro vaya adelante son bastante altas, debido a la coyuntura que vive el país.

“Moro serviría para reivindicar un modelo de valores para una nueva clase política”.

El periodista no alberga dudas de que la Iglesia católica vería con buenos ojos la beatificación de Moro, “en este momento histórico muy particular”, pues le ayudaría a proyectar su influencia sobre la nueva generación de políticos. Soriano recordó que Moro era amigo íntimo del papa Pablo VI, que era un hombre de la Iglesia y representaba ese vínculo directo entre el Vaticano y la Democracia Cristiana italiana.

La iniciativa para elevar a los altares al político asesinado partió de la Fundación Moro. Hubo una recogida de firmas a la que se adhirieron autoridades políticas locales y regionales, así como la diócesis de Bari. El crucial nihil obstat (nada se opone) por parte eclesial llegó del vicario de Roma -la diócesis del Papa-, el cardenal Agostino Vallini.

Este purpurado dio visto bueno al nombramiento del postulador -una especie de abogado defensor de la causa-, Nicola Giampaolo , uno de los pocos laicos a los que se les ha encargado esta tarea.

Vallini también proclamó a Moro “siervo de Dios”. La misión de Giampaolo será recoger documentación y testimonios que muestren que Moro fue un modelo y una figura ejemplar para los creyentes. La palabra final la tendrá el Papa.

La categoría de mártir asesinado “en odio a la fe” sería ya suficiente para beatificarlo.

Pero en el caso de Moro se habla de un milagro del que habría sido beneficiario un cardenal ya fallecido, Francesco Colasuonno . Este vivió un momento dramático en la nunciatura de Mozambique, cuando un grupo de guerrilleros asaltó la legación diplomática y mató a muchos de quienes estaban dentro. Según Colasuonno, él se recluyó en una habitación en la que colgaba un retrato de Moro. Empezó a rezar e invocó su ayuda. Después de salvar la vida en el episodio, Colasuonno tenía una certeza. “Él (Moro) es mi santo”, dijo.

Entre los familiares de Moro surgieron ayer divergencias sobre la idea de beatificar al político. Una de las hijas, Agnese Moro , entrevistada por La Gazzetta del Mezzogiorno, dijo que el asunto no le interesaba. Tal vez la razón es el temor a que reabran heridas. Otra hija, María Fida , en cambio, habló de una “bellísima propuesta” y aseguró que su padre era digno de beatificación por el modo en que vivió y murió.

Se recuerda, por ejemplo, que Moro hizo gala de una fe irreductible en los 55 días de cautiverio pasados en la “cárcel del pueblo” en la que lo tuvo encerrado el comando de las Brigadas Rojas. Aldo Moro , que hubiera cumplido 96 años el pasado domingo, fue un protagonista central de la política italiana después de la II Guerra Mundial.

Fueron los años setenta tiempos muy convulsos en Italia, situada en primera línea en la lucha entre los dos bloques, en aquel mundo bipolar que enfrentaba a Estados Unidos y la Unión Soviética. Se daba la circunstancia, además, de que Italia contaba con el partido comunista (el PCI) más potente de Occidente, que a punto estuvo de ganar las elecciones legislativas. Eso añadía tensión. Y el terrorismo de extrema derecha y de extrema izquierda protagonizó los años de plomo.

Moro fue uno de los impulsores del compromiso histórico, la idea de incorporar al PCI en el gobierno del país, dado su peso político y su influencia en los sindicatos. Al final el plan se quedó en un apoyo externo. El precario equilibrio fue roto dramáticamente por el secuestro de Moro, el 16 de marzo de 1978, justo el día en que se presentaba un nuevo gobierno con Giulio Andreotti al frente. Para capturar a Moro, las Brigadas Rojas mataron a los cinco hombres que lo escoltaban. Siguió una fase de comunicados y chantajes de los terroristas. El gobierno de Andreotti se mantuvo firme. Finalmente, el 9 de mayo de 1978, se produjo el trágico desenlace. El cadáver de Moro fue hallado en el maletero de un Renault 4. Tenía 61 años.