HISTÓRICO
Amistades peligrosas
Javier Darío Restrepo | Publicado el 14 de enero de 2009
Los autores de "A las puertas de El Ubérrimo" prometieron más de lo que finalmente entregaron. La prueba reina sobre el compromiso del presidente Uribe con los paramilitares, se busca y no se encuentra en las 155 páginas de su documentada investigación. No aparece allí porque no la vieron, o porque no existe. En ningún momento aparece El Ubérrimo como epicentro de la actividad paramilitar, ni su dueño como el gran capo que denunció el presidente Chávez en una de sus pataletas.

En cambio en el libro se acumulan hechos, testimonios y datos que demuestran una perturbadora cercanía del presidente con el paramilitarismo.

Lo acercan, y mucho, los homenajes: el que se rindió al general Rito Alejo del Río en que Uribe fue el orador principal; también lo fue cuando Rodrigo García, "admirador de los Castaño", "exponente de la doctrina de las autodefensas" fue el centro de una celebración en Montería; hubo discurso en la celebración de los diez años de El Meridiano de Córdoba, el diario de los Salleg, incluidos por la Fiscalía en la lista de financiadores de las AUC. Son datos que los autores enhebran como cuentas de un collar. Y anotan: "Mancuso no ocultaba su admiración. '(Uribe) ha mostrado un discurso firme'" dijo Mancuso, y Carlos Castaño: "(Uribe) es el hombre más cercano a nuestra filosofía".

A su vez, Uribe, entonces gobernador, habló de las Convivir como un "modelo transparente". Para entonces, anotan los autores, "las Convivir se habían convertido en la base de la estructura nacional de los paramilitares".

Indicios de esa cercanía abundan en el libro: desde la licencia para la Convivir Horizonte, solicitada al gobernador por Mancuso en 1996 "cuando ya había consumado más de 10 masacres". En ese año el gobernador "pidió la legalización de armas de largo alcance para las Convivir". Entonces Uribe las veía como "grupos de apoyo a las Fuerzas Armadas".

Ante las acusaciones de Jesús María Valle a las Fuerzas Armadas porque "actuaron conjuntamente con los paramilitares en Ituango, a raíz de los asesinatos en la década de los 90, el gobernador calificó al abogado y defensor del pueblo, Valle, como "enemigo de las Fuerzas Armadas". Posteriormente Valle fue asesinado.

Recién posesionado, propuso al Congreso el indulto general de los paramilitares y una representación parlamentaria directa para ellos. En su segundo período, ardía el escándalo de los parapolíticos, cuando "propuso medidas para buscar la excarcelación de los congresistas presos".

Todos ellos sus amigos y partidarios. La investigación identifica estas amistades peligrosas del Presidente: el general del Río, su asesor en materias de seguridad, hoy en prisión; Roger Taboada, su tesorero de campaña en Córdoba, con orden de captura de la Fiscalía, José M. Maroso, también del equipo de campaña señalado por la fiscalía como financiador de las Auc, y 20 de sus amigos de campaña, acusados por su participación con los paramilitares en el proyecto refundador de Ralito.

Sobre datos como estos los autores se preguntan cómo es posible que la historia del paramilitarismo, ocurrida en las vecindades del Ubérrimo, transcurriera a espaldas de su dueño; o que, sabiéndolo, hubiera consentido en ella. Tal vez porque, como dice su siquiatra de cabecera, Luis Carlos Restrepo, "este es un país con mentalidad de autodefensas".