HISTÓRICO
APRENDER A VIVIR EN EL MEDIO
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    APRENDER A VIVIR EN EL MEDIO |
Por ÓSCAR TULIO LIZCANO | Publicado el 04 de mayo de 2013

En los últimos meses, varias universidades del país han realizado foros, conversatorios y debates sobre el actual proceso de paz. Las temáticas que los han convocado tienen que ver con la participación política de los alzados en armas, el marco jurídico que los cobijará y el asunto agrario.

Sin lugar a dudas, todos estos temas despiertan interés en la sociedad colombiana. Sin embargo, me resulta inquietante que aspectos que deberían estar en la agenda pública, aún no estén en discusión. ¿Qué va a pasar con el perdón si se llega a la terminación del conflicto armado? ¿Estamos preparados los colombianos para perdonar? A este proceso de paz no se le puede olvidar que quienes perdonan son las víctimas, no el Estado.

Este tema amerita un análisis juicioso en un país que padece una violencia endémica, una guerra desregulada y degradada, y que cuenta con millones las víctimas y toda clase de violaciones a los derechos humanos. Aún no sabemos si las víctimas podrán oír la voz de sus victimarios. Nadie, según parece, les va a contar dónde están los muertos y los desaparecidos. Aún no sabemos si los guerrilleros están dispuestos a pedirles perdón por el daño causado.

Las negociaciones que se llevan a cabo en La Habana se han mantenido al margen, como si acaso el perdón se derivara del Estado. La reconciliación no se hace por decreto. Varios estudios hechos tras las negociaciones de paz en otros países, han demostrado que las víctimas suelen perder por partida doble: en la guerra sufren las más atroces tragedias y en las negociaciones de paz son irresponsablemente ignoradas.

El secuestro, el desplazamiento y la desaparición forzada son situaciones traumáticas para las víctimas. Producen tensión en las personas y las obligan a vivir en el silencio, por temor a retaliaciones. Lo más grave que afrontan los ciudadanos en medio de contextos de guerra no es el miedo. Lo más letal y lesionador para la vida psíquica de las víctimas de la violencia política, es tener que "aprender" a vivir en medio de las pérdidas de sus seres queridos, tener que actuar como si nada estuviera pasando.

Ni en los foros, ni en los diálogos de paz, está siendo considerada la apertura de un escenario para hablar de las secuelas que estas crueles violencias dejan. Casi todos los policías y soldados que soportaron un largo y cruel cautiverio están abandonados por el Estado. No tuvieron acompañamiento sicólogo; algunos, incluso, perdieron sus hogares.

"Tematizar la experiencia del dolor para llegar a una ética del perdón", así he llamado el anteproyecto de la tesis de la maestría que actualmente estoy culminando en la Universidad de Caldas. Tristes relatos me he encontrado en este proceso académico. Testimonios de víctimas que expresan, de múltiples formas, los sentimientos de impotencia. "Siempre nos estremeceremos por no ser más que tubos de sopa, algo que se llena de agua y mea mucho", escribió Robert Antelme, uno de los sobrevivientes del Holocausto.

Primo Levi, uno de los sobrevivientes de esa masacre contra los judíos, escribió en su libro Si esto es un hombre, que la autoridad no viene del que sabe más, sino del que ha experimentado el lado oculto de la realidad que vivió. Y nadie mejor que las víctimas de las Farc, para hablar con autoridad sobre las secuelas profundas de la guerra en el país.