HISTÓRICO
AUTOPISTAS DE LA MONTAÑA O AUTOPISTAS DE LA PROSPERIDAD
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    AUTOPISTAS DE LA MONTAÑA O AUTOPISTAS DE LA PROSPERIDAD |
Por JAIME OROZCO ABAD | Publicado el 05 de abril de 2013

El solo hecho de que se haya tomado la decisión de denominar el proyecto de las Autopistas de la Montaña de una manera distinta produce inconformidad.

Y querámoslo o no, nos hace pensar en que existen razones que justifican el cambio porque pretenden evitar los obstáculos que el nombre inicial pudiera ocasionar. La pública manifestación de que se construirán las vías que el país necesita y no las que los antioqueños desean, es una manera de hacer explícita esta realidad.

Lo que los antioqueños desean es la concreción de un proyecto que reconozca el atraso en la infraestructura vial existente, la necesidad de remediarlo y de poner en marcha un programa ambicioso y razonable que permita en el menor tiempo posible hacerlo realidad.

Y si los recursos que se requieren son cuantiosos, es porque por imprevisión e ineficacia gubernamental, dejamos pasar el tiempo sin acometer los proyectos que se requieren para atender los retos que exige la inserción de nuestro país en una economía competitiva y global.

Llámenlas como quieran.

Pero no debería haber razón alguna que nos haga pensar que al denominarlas Autopistas de la Montaña harían su aparición enemigos gratuitos, incapaces de soportar un apelativo que las describe a cabalidad.

El tránsito de vehículos por Antioquia fue, y continúa siendo, una aventura a partir del momento en que viniendo del sur se pasa por Chinchiná. La carretera se estrecha y el reparcheo nos priva de la palabra.

Hace unos 50 años, un derrumbe sobre la vía represó el río Cauca y a partir de ese instante dimos por desaparecida la línea del ferrocarril que conectaba a Puerto Berrío con Buenaventura y Popayán. El río continúa su viaje imperturbable.

Mal que bien, si hay paso en Chiropotó, somos capaces, arriesgando la vida cada vez que es necesario adelantar una tractomula, de llegar a La Pintada.

Y si una necesidad imperiosa, un amor que no da espera, o alguna afugia económica nos impidieran seguir adelante, la decisión más inteligente sería dar marcha atrás y regresar a nuestros lugares de origen. Cincuenta y más años han sido insuficientes para encontrar una solución que nos permita ascender a Minas, para después precipitarnos temerariamente a Medellín, siempre y cuando hayamos podido superar el obstáculo de un semáforo en Caldas. Así era hace 50 años y continúa siéndolo ahora.

El viaje que hacíamos de niños para conocer y disfrutar Tolú y Coveñas sigue teniendo las mismas características de aventura y temeridad. Y el descenso desde Ventanas a Puerto Valdivia requiere, como entonces, de la misma paciencia, el mismo ayuno y el mismo abandono del deseo de llegar.

La autopista Medellín-Bogotá. El trayecto Primavera-Camilocé-Bolombolo. La modernización y ampliación y, en general, la modernización, el rediseño y la ampliación de la marginal del río Cauca, que va de La Pintada a Santa Fe de Antioquia, para empalmar con la autopista que unirá a Medellín con el golfo de Urabá, junto a las demás obras que queremos y necesita el país, son parte del Credo que debemos recitar sin vergüenza de mendicantes todos los antioqueños y los colombianos de buena voluntad. Digamos y exijamos sin tapujos: Sí a las Autopistas de la Montaña.