HISTÓRICO
AY, ESTAS DOS COLOMBIAS
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    AY, ESTAS DOS COLOMBIAS |
Por ALBERTO SALCEDO RAMOS | Publicado el 15 de junio de 2013

Está, en primer lugar, esa Colombia que nos indigna y nos duele.

La Colombia en la cual, según el DANE, el trabajo infantil aumentó casi en un cuarenta por ciento durante el último año.

La Colombia que entre 1990 y lo que va de 2013 ha visto morir a 10.309 personas destrozadas por las minas antipersonal.

La de los casi siete mil secuestros en los últimos diez años.

La de los "falsos positivos", ese capítulo de horror y vergüenza de nuestra historia reciente: más de mil civiles inocentes fueron ultimados por miembros del ejército, y luego presentados como insurgentes dados de baja en combate.

¿"Falsos positivos"? Ah, es que a esa Colombia le fascinan los eufemismos.

En esa Colombia ciertas atrocidades son mostradas como "hechos aislados", pero cuando uno se pone a unir un hecho aislado con el otro lo que descubre es un desprecio permanente por la vida ajena.

Él muere, ellos mueren, aquellos murieron, yo todavía estoy vivo.

Padecemos esa Colombia de la guerrilla que mata con cilindros de gas y de los paramilitares que cortan cabezas con motosierras.

Hora tras hora uno percibe las garras de esa Colombia brutal:

En el semáforo un tipo que se salta la fila para girar a la izquierda le grita "india hp" a la señora que le reclama.

En una discoteca les niegan el acceso a un par de muchachas porque son negras.

Un expresidente reparte insultos en Twitter. Varios de los intelectuales que le critican el gesto también se la pasan de camorra en camorra.

Esta Colombia abandona a sus ancianos, maltrata a sus mujeres, ningunea a sus profesores, esquilma a sus enfermos, y es homofóbica hasta el tuétano.

Además, les da la casa por cárcel a políticos nefastos que merecen la cárcel por casa.

Ay, nuestros políticos, nuestros políticos, nuestros políticos. Son tan dañinos que han corrompido aún más a nuestros narcos.

Dañinos son también esos empresarios mezquinos que certifican pobreza para obtener prebendas estatales que no necesitan. Y los que se roban los víveres destinados a los damnificados de las inundaciones.

Está, en segundo lugar, esa Colombia que nos enorgullece:

La de la gente que a pesar de las adversidades no mata, ni roba, ni saca ventajas indebidas, ni escupe sobre los demás.

La del funcionario público honrado: los hay, los hay.

La del profesional que impulsa a su familia esforzándose jornada tras jornada.

La de la gente que se saca el pan de la boca para regalárselo al más necesitado.

La del gamín que esta mañana le besaba el hocico a su perro sarnoso.

La del carretero que, a pesar de estar muerto de hambre, se encontró un talego lleno de dinero y corrió a devolverlo.

La de la madre capaz de ser madre y padre. La del padre tan bueno que es madre.

Dos Colombias distintas que, sin embargo, son una sola. Tus Colombias, mis Colombias. No podemos defendernos de la que nos mata, pero sí podemos decidir, con nuestros actos, a cuál de las dos queremos pertenecer.