HISTÓRICO
Calculada indignación
Pascual Gaviria | Publicado el 01 de agosto de 2008
Colombia lleva veinticinco años repitiendo su lamento por el estigma del narcotráfico sobre el honor de su escudo y la espalda de sus embajadores, sus turistas y sus emigrantes. La indignación se renueva con el estreno de cada película con exportadores como protagonistas, con el gesto burlón en la nariz de una celebridad o con una canción donde la cocaína y Colombia comparten estrofa. Es normal entonces ver al Canciller colombiano argumentando contra la maldad de un coro contagioso.

Tarde que temprano la conciencia llorona de ser víctima se convierte en resentimiento y torpeza. Así que al estigma de narcotraficantes que nos llega desde afuera hemos comenzado a responder con el estigma de drogadictos para quienes nos visitan. Hace una semana el Canal Caracol presentó con los bombos del suspenso y los platillos del escándalo un informe especial titulado "La ruta del vicio ¿un plan turístico?". El tono era de fingida sorpresa y de permanente condena moral. Todos los visitantes se convertían en sospechosos de aprovechar nuestras desgracias para encontrar unas vacaciones excitantes. En un extremo estaban los periodistas como guardianes del dolor nacional y en el otro los drogadictos extranjeros como una horda frívola e inconsciente. Un aire de xenofobia alimentaba las pretensiones del gran descubrimiento periodístico. "Hemos comprobado que muchos turistas vienen atraídos por los procesos de producción de cocaína y, cómo no, por el producto mismo". Los locutores se dolían de las preferencias de los extranjeros por las cocinas de coca y su desdén por los trapiches o los beneficiaderos de café.

La gran primicia del Canal Caracol tiene treinta años largos de historia. Durante su viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta en los años setenta, el antropólogo británico Wade Davis describe con naturalidad a los turistas en busca de la gastronomía local: "Aquí vienen muchos tipos raros cuando caen en la cuenta de que pueden volar a Colombia por el precio de un par de gramos de coca en Estados Unidos". El punto más alto del prejuicio contra los extranjeros alentado por la primicia de Caracol se presentó en 1995 con la muerte del italiano Giacomo Turra. La justicia militar colombiana habló de sobredosis mientras la demanda interpuesta ante la Corte Interamericana prefiere la hipótesis de una sobredosis de palo de los policías que lo atendieron. Además de insensibles los drogadictos extranjeros resultaron delicados.

Es lógico que el efectismo del especial de Caracol TV convenza a una tropa de gazmoños militantes y a un club de madres de familia atemorizadas. Y que algunos taxistas coléricos se sumen a esa bonita cruzada. Y tristemente, es lógico que Álvaro Uribe ejercite su populismo santurrón y frunza el ceño ante semejantes evidencias. A propósito del programa el Presidente habló de sus preocupaciones como padre de familia y aprovechó para impulsar su quinto intento de penalización a la dosis mínima. En ocasiones uno quisiera que Álvaro Uribe abdicara de su trono de padre inflexible -el preferido de sus papeles- y fingiera ser un presidente con niveles de raciocinio más complejos a los habituales en las juntas escolares. Es muy triste que el Presidente haya escogido el más sensible de los problemas nacionales para el más barato de sus proselitismos. Mientras parece que por fin el congreso de Estados Unidos debatirá un asunto cercano a la despenalización, el "padre nuestro" anda diciendo que no penalizar a los consumidores de la dosis mínima es una "negligencia pequeño burguesa". Y saber que es posible que falten seis años para zafarnos de su patria potestad. Será resignarnos en la compañía de un porro.