HISTÓRICO
Cañaveral: óleo sobre taburete
  • Cañaveral: óleo sobre taburete | Cañaveral vive para el arte. Por ese camino, al parecer, seguirán sus hijos. FOTO DONALDO ZULUAGA
    Cañaveral: óleo sobre taburete | Cañaveral vive para el arte. Por ese camino, al parecer, seguirán sus hijos. FOTO DONALDO ZULUAGA
Por JOHN SALDARRIAGA | Publicado el 03 de febrero de 2013

Quien ve la casa de Carlos Mario Cañaveral, el pintor de taburetes de Jardín, cree que la sacó de un libro de cuentos, aunque no logre imaginarse cómo lo hizo.

Situada en la vereda La Herrera, es una vivienda de dos pisos, en un estilo que recuerda las edificaciones campesinas antiguas, colorida, con pilares, circundada por un corredor en el primer piso y balcones con barandas de macana en el segundo. Frente a ella hay un riachuelo. Se cruza por un puente de madera, dotado de pasamanos a cada lado y entejado.

En el segundo piso, ese hombre tiene su taller de pintura. Y como él mismo hizo la casa o, para decirlo en sus términos, la ha "ido haciendo", teniendo en cuenta las rutas del Sol durante el año, la entrada de la luz del astro es aprovechada de buena manera para su oficio, el de pintor.

"La casa la dibujé primero y, después, en 2000, con ayuda de mi hermano Octavio, comencé a construirla. Eso fue antes de casarme".

Con el encanto que guardan los talleres, el de Cañaveral es una habitación de pisos y paredes de madera. Hay una mesa atiborrada de herramientas y materiales: pinceles, tubos de óleos, reglas, escuadras, disolventes, serruchos, martillos, bastidores, lápices, lápices de colores, paletas, trapos de limpiar... y los consabidos chorretes de pinturas aquí y allí...

En las paredes hay fotografías de paisajes, casas campesinas, buses de escalera y rostros, así como cuadros terminados y otros sin terminar. En el ambiente, un olor a esmalte y el sonido de música programada por una emisora universitaria, que él sintoniza por internet.

"Lo mío es el costumbrismo", expresa el artista.

Cuando pinta en lienzo, usa caballete; cuando pinta taburetes de cuero, un soporte que él fabricó: una suerte de marco hecho de palos, en cuyos verticales hay una hilera de clavos largos muy salidos. En dos de estos, uno del palo izquierdo y otro del derecho, ambos situados al mismo nivel, sostiene un madero horizontal que pasa por entre las patas del taburete, que él pone a la altura deseada; para eso hay tantos clavos.

El niño que dibuja
"Me presta al niño que dibuja". Le parece oír la voz de Consuelo Herrera, una profesora que solía ir con frecuencia a su salón de clase en sus tiempos de escuelero, para llevárselo consigo con el propósito de que le hiciera carteleras.

Aficionado al arte desde chico, Carlos Mario Cañaveral estudió artes plásticas en la Universidad de Antioquia.

"Era 1989 o 1990, algo así", cuando conseguía su sustento trabajando en una pizzería del centro de Medellín. Época del terrorismo de los carteles del narcotráfico, en la ciudad había un "toque de queda" impuesto por los delincuentes. El miedo se apoderó de los ciudadanos, la pizzería quebró y tuvo que cerrar.

"Pablo Escobar me dejó sin trabajo", sonríe con amargura, sin dejar de mover el pincel. Pinta la imagen de una mujer campesina -"es Inés Atehortúa, una vecina de la vereda La Palmera"-, que lava la ropa en una poceta de madera de macana.

"Sin medios para sostenerme en Medellín, me devolví a Jardín y, a los días, me fui a Riosucio y monté un taller de marquetería".

Era 2003 cuando incursionó en la pintura de taburetes -una escena en el espaldar; un rombo en el asiento-, al lado de Calonga, el iniciador de los taburetes pintados de Jardín. Entonces lo hacía con vinilo. Cuando se independizó, Cañaveral experimentó con óleos cubiertos con laca. Consiguió más nitidez en los colores y mayor duración.

Ahora, al parecer, algunos taburetes suyos van a ser expuestos en un museo del exterior, todos lo comentan; él dice que nada sabe.