HISTÓRICO
CLARO QUE ES UNA SANTA
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    CLARO QUE ES UNA SANTA |
Por SAMUEL ARANGO M. | Publicado el 24 de febrero de 2013

En las pasadas vacaciones leí con deleite espiritual la Autobiografía de la Madre Laura Montoya. Un libro de cerca de mil páginas que pensé que no iba a ser capaz de masticar. Pero lo leí en la playa de Moñitos, muy cerca al Urabá que tanto vio el trabajo de la Madre Laura.

Quería conocer a fondo a la nueva santa, primera antioqueña y colombiana. Confieso que me pateó. Escribir este libro le costó mucho trabajo, pero tuvo que obedecer la orden de su obispo, que le mandó hacerlo; según ella, es la orden más difícil que recibió en su vida. Me lo leí en cuatro días, mejor, me lo devoré.

Sus reflexiones espirituales, su experiencia religiosa, su vida interior, su unión con Dios, se parecen mucho a las de Santa Teresa de Ávila, la doctora de la Iglesia. Sin exagerar. Sólo que se vislumbra en ella no solo su santidad sino su modo de ser paisa, alegre y de buen humor.

También impresiona la cantidad de persecuciones que tuvo que soportar, desde todas las direcciones. La atacaron y trataron de destruir la obra obispos, sacerdotes, políticos, terratenientes. Sufrió, pero no se amilanó. Ella nunca tuvo enemigos y cuando narra alguno de los ataques que sufrieron ella o su comunidad, lo hace con prudencia, delicadeza y pensando que las obras que valen la pena no son fáciles y son inspiradas por Dios.

Aunque para la canonización se comprueban varios milagros que atestiguan su poder ante Dios, en vida obró múltiples milagros que desconocemos. Por ejemplo, para ganarse a los Emberá de Dabeiba, su sede de nacimiento, tuvo que suplicar a Dios, a Ese, como lo llamaban los indígenas, las demostraciones de amor por esa comunidad que se creía animal. La primera era sacar, por petición de los jefes Emberá, la plaga de langostas que azotaba los cultivos y los tenía aguantando hambre. La Madre Laura les dijo que Dios los amaba y que para probarlo Ese iba a quitar las langostas. Ella se encerró en la capilla a orar y cuando salió, una nube de langostas cruzó el cielo y desapareció para siempre. Sanó, imponiéndoles las manos, a muchos enfermos. Eso sí, se cuidó de que no le atribuyeran a ella los prodigios sino a Dios, y para eso inventó remedios que para nada servían pero que hacían creer que no era ella la curadora. Cuando llegó de uno de sus viajes a Dabeiba y encontró a su madre, monja de la comunidad, agonizante, se encerró a orar en la capilla. Le pidió a Dios que no se la llevara todavía porque la necesitaba para acabar de montar el noviciado. Cuando salió de la capilla, le contaron que la mamá estaba sentada y que había pedido un vaso con leche. La mamá, al verla la regañó con firmeza: ¡Cómo me haces esa… ¿Qué hice, mamá? No me dejaste ir, yo ya estaba lista ante Dios y me hiciste devolver…

Leer su Autobiografía fue revelador y lo hace a uno reconciliarse con la vida y aun con la muerte. Gran santa tenemos, no hay duda.