HISTÓRICO
Con el beneficio de la duda
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Alberto Velásquez M. | Publicado el 12 de abril de 2011

Hasta ahora -con algunas salvedades- se muestra positivo el viaje de Santos a los Estados Unidos. Entró a ese país sin que le rompieran ya la maleta, como le sucedió hace algunos años cuando, invitado por Avianca en calidad de periodista, en la aduana neoyorkina le "chuzaron" su equipaje. Fue un acto tan atrabiliario, como desconsiderado. Ahora, saludos militares al bajarse del avión, alfombra roja para caminar, y maletas protegidas de toda acción vejatoria. Así se le canceló la vieja deuda contraída por funcionarios abusivos, que tienen en el ultraje la manera de demostrar su aversión a los viajeros procedentes del segundo y tercer mundo.

La reunión con Obama fue productiva al demostrar este su interés de enviar bien recomendado el TLC al Congreso norteamericano. Tratado lleno de vicisitudes, en el que en muchas ocasiones se protocolizaron más las genuflexiones y las improvisaciones que la dignidad de país y la consistencia en los argumentos de persuasión.

Este Acuerdo va a ser minuciosamente analizado en el Congreso de los Estados Unidos. Está acompañado de un cúmulo de condiciones, que como altos costos se le imponen a Colombia. El que tiene la plata, pone las condiciones, que no son de fácil cumplimiento, por lo menos a corto y mediano plazo. Proteger a sindicalistas y a profesores -parte de la recargada agenda coercitiva, imposición gringa-, es difícil lograrlo en poco tiempo. Aquí garantizarles a todos los ciudadanos de bien la vida, honra y bienes, parece ser una utopía. Es un país que dolorosamente, en materia de justicia, se ha movido entre la preclusión, la amenaza y la prescripción, triángulo que enmarca la impunidad.

Es mortificante -¿y larvada sanción?- esta exigencia por parte del gobierno norteamericano para condicionar la aprobación del TLC. Porque no debiera existir, en una nación civilizada, la proliferación de estos delitos, que se nos rastrillan para supeditar la vigencia del acuerdo. Son puntos que no se les exigen a Panamá y a Corea del Sur, para la ratificación de esos tratados, países que no soportan en el grado de Colombia, la violación a los derechos humanos.

Reclamando el beneficio de la duda -y esta se ha definido como la almohada de los hombres despiertos- opinamos que aún no podemos cantar victoria. Hay un largo camino por recorrer, unas fiscalizaciones draconianas por superar, y unas conveniencias políticas por vencer y convencer. El catálogo de compromisos es abundante.

El paquete de "sustanciales concesiones" aportadas por Colombia, de pronto podría ampliarse, por presiones para modificar la disposición del Gobierno colombiano de no renegociar lo que ya aprobó el Congreso de nuestro país.

Vaya uno a saber si en el transcurso del debate qué clase de dudas plantearán grupos poderosos de congresistas gringos, que les dé por concluir que aquellos compromisos no se han cumplido en su totalidad, o que apenas se han consagrado parcialmente dentro del cronograma estipulado.

No queremos aguar la fiesta. Deseamos ser optimistas para que todo este programa se cumpla rigurosamente en bien del comercio colombiano y de su aparato productivo. Simplemente queremos poner de presente que hay muchas responsabilidades que se han adquirido, las que debe asumir el país como política inaplazable, para que la fanfarria de los emotivos no tenga de pronto, en vez de la Oda de la Alegría, notas de réquiem.

P.D.: Si gana Humala en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en el Perú, no se sabe aún qué clase de malabarismos tendrá que hacer el presidente Santos para asimilar el eje Chávez-Correa-Humala. Es un trío incómodo, de un populismo crónico.