HISTÓRICO
CON LA OFICINA AL HOMBRO
  • CON LA OFICINA AL HOMBRO | ELBACÉ RESTREPO
    CON LA OFICINA AL HOMBRO | ELBACÉ RESTREPO
Por ELBACÉ RESTREPO | Publicado el 08 de diciembre de 2012

Lo conozco hace años. Entonces era un mocoso que vivía detrás de una pelota y pasaba por el frente de mi casa enredado en su gallada, en busca de una cancha para jugar al fútbol cuando los deberes de la escuela dejaban tiempo libre.

Luego creció, consiguió novia y abandonó el balón, su compañero fiel. Hace unos meses pasó con un escritorio al hombro. "Si el trasteo es a pie, se va muy cerca", pensé, pero en la noche regresó en las mismas condiciones. La escena se repitió varias veces, hasta que se levantó el telón: Un día lo vi sentado frente a su escritorio, en una de las calles principales del barrio, dedicado a la reparación y venta de celulares. Lo que alguna vez confundí con un trasteo era un modo de vida. Él iba y venía, simplemente, con su oficina al hombro.

Según un artículo de la revista Gobierno, Colombia tiene alrededor de 12 millones de trabajadores informales, sin contar el incremento en la temporada navideña: vendedores callejeros de luces, guirnaldas, velas, gorros, juguetes, adornos y cachivaches propios de la época.

Hay millones de empleados de "agáchese", negociantes de semáforo y empresarios de carretilla que obtienen ingresos inestables en condiciones de explotación y miseria, al sol y al agua, sin seguridad social, con las puertas del sistema pensional cerradas y vacaciones sólo en sueños.

Sin duda, el empleo informal es una catástrofe de la que seguramente nacen muchos de los problemas sociales y económicos del país. Sin embargo, de elegir entre dos males, prefiero el menos peor. Sin pretender estimular la informalidad laboral, cada vez que mi vecino pasa con su oficina al hombro, reconfirmo que la falta de oportunidades, muchas veces, va vestida de disculpa.

Aunque para él no se abrieron las puertas de la universidad ni de ninguna empresa con plenas garantías, tampoco optó por la ilegalidad, como muchos de sus amigos, cuyo paso por la vida duró muy poco, según lo evidencian algunas lápidas en el cementerio; o caminan en círculo en el patio de una cárcel hacinada o son el terror de una comunidad que sobrevive bajo el azote de su delincuencia.

Por eso, por la alacena llena, por las necesidades básicas satisfechas y por una EPS al día, aunque de poco sirva, lo pienso muchas veces antes de protestar contra el señor que con su megáfono nos ofrece papayuelas un domingo a las seis de la mañana. Porque lo prefiero a él por encima de tantos rufianes, callejeros o de oficina, que vacían sofisticados cajeros electrónicos, clonan las tarjetas de cincuenta (o sin cuenta) pensionados en una sucursal del banco o nos arrebatan el bolso a plena luz del día.

El empleo informal es una forma decente pero infame de ganarse la vida ante la incapacidad del Estado de garantizar educación y condiciones dignas para todos, lo que no parece preocuparle a ningún gobernante.

Bueno, no después de resultar elegido, porque la generación de empleo siempre es el comodín perfecto en cualquier campaña política que se respete.

Puede que alguien avizore cambios en el horizonte. Yo, sin remedio, me declaro bienintencionadamente pesimista....