HISTÓRICO
COSAS QUE NO ME TRAGO
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Por DIEGO ARISTIZÁBAL | Publicado el 03 de abril de 2013

En el colegio había un joven extrañísimo. En los descansos reunía un grupo de estudiantes y les pedía dinero antes de iniciar su acto. Decía que el de hoy estaría mejor que el de ayer hasta que se sentía satisfecho con lo recolectado. Era entonces cuando al quitar una servilleta de un vaso desechable dejaba al descubierto lo que se tragaría: un par de cucarachas.

Esta semana leí que el University College en Londres acaba de abrir una exposición que se llama "Cuerpos Extraños". La curiosa muestra deja al descubierto la cantidad de objetos que la gente se traga y que los médicos deben sacar cuanto antes para que el paciente no muera. Agujas, monedas, resortes, ganchos, tornillos, juguetes, hacen parte de los objetos que ingieren personas que padecen una rara enfermedad o quienes, como el joven aquel, quieren dinero.

Todo esto me hace pensar también en la cantidad de cosas que los colombianos no deberíamos tragarnos porque al acostumbrarnos a tanta "glotonería" la indigestión podrá ser muchísimo peor. A mí, por ejemplo, cada vez más me indigesta el hacinamiento en las cárceles y saber que la Procuraduría no elimina inmediatamente de su base de datos los antecedentes de alguien que justa o injustamente pagó una condena en la cárcel. Me da dolor de estómago la absurda estrategia del director de la Policía Nacional de dirigir por momentos sus "operaciones" desde los lugares donde se vive más intensamente el conflicto en Medellín y apenas se marcha, la violencia, que dejó de ser un cuerpo extraño, vuelve y entra como si nada.

No me trago el falso altruismo de los políticos de este país ni tampoco la débil voz del Papa que clama para que reine la paz en la península coreana. ¿Acaso todos los papas no piden en sus homilías multitudinarias lo mismo: que no haya hambre ni guerras en el mundo y las cosas no cambian? Mucho menos me trago la preocupación del Gobierno colombiano que para evitar la guerra entre las dos Coreas hizo un llamado a la cordura, a "respetar" las resoluciones de Naciones Unidas. Como si la voz de este pobre país tuviera algún peso en la toma de decisiones, o como si el Estado fuera respetuoso de los fallos. Recordemos nada más lo que pasó en La Haya.

Si no se da esta guerra no es precisamente porque Kim Jong-un escuchó al Papa o a la canciller y se conmovió de los inocentes que pueden morir. Si no se da esta guerra es porque el jovencito, después de su pataleta, de demostrar su "poder", logró su cometido: que el mundo no deje de sentir miedo.

Mejor dicho, hay cosas que pueden indigestarnos más que una cuchilla en la garganta, pero curiosamente los humanos aprendemos a vivir con ciertos "hechos extraños" que poco a poco nos enloquecen, al fin y al cabo, ya casi no nos atragantan las injusticias.