HISTÓRICO
Visiones de un artista secuestrado
Colprensa | Publicado el 13 de julio de 2008

Durante horas observó su imagen reflejada en el pequeño espejo. Las orejas y la palidez de su rostro, los cabellos enmarañados, sin forma, y la barba larga de varias semanas entre la montaña, parecía una pelusa áspera, dura como el papel de lija.

"Es el rostro del secuestro", pensó el Maestro Rodrigo Arenas Betancourt al verse ese diciembre de 1987, luego de casi tres meses encerrado en las montañas de Antioquia y custodiado por hombres armados y vestidos de civil, cuyo único gesto humanitario fue entregarle un cuaderno escolar de cien hojas, un pequeño espejo y regresarle el lápiz que llevaba consigo cuando salió de su finca.

Pero lo que ellos –los secuestradores- nunca imaginaron, es que ese regalo sería el nacimiento de un testimonio único y diferente sobre las visiones que padecería el Maestro durante esos 96 días privado de la libertad y que hoy, 20 años después, son su verdad acerca de "la muerte en vida encadenado".

En esto pensó el alto comisionado para la Paz, Luis Carlos Restrepo, quien le pidió a la viuda de Arenas, doña María Helena Quintero, hacer pública la obra de su esposo en la inauguración del primer museo de víctimas del secuestro en el país este diciembre en la ciudad de Medellín.

Son más de 20 dibujos los que Arenas alcanzó a crear en el monte, los cuales muestran el sufrimiento del secuestro y la simpatía por la muerte como única estrategia de conseguir la libertad.

"En todas las pinturas que hizo secuestrado está la constante de un cerro, el famoso cerro bravo que es el referente de Arenas a su tierra natal, Fredonia (Antioquia). También se refleja lo que sería morir en el lugar donde nació", explica su esposa, quien guardó los dibujos que fueron ampliados para recuperar la obra y dejarlos como un "documento histórico" en la época que nació este flagelo en el país.

De ahí el interés de Arenas por reflejar, de una manera erótica y sensual, su parto y entierro al mismo tiempo, "porque él me confesó sentirse sepultado por demonios armados".

Historia de un secuestro
Desde un principio, la muerte y el éxito unieron al maestro Arenas y su esposa, la poetiza María Quintero. Ella acababa de ganar el Premio Nacional de Poesía y él llegaba de Italia como agregado cultural.

La misión de ambos fue trasladar las cenizas del poeta Porfirio Barba Jacob hasta su tierra natal: Santa Rosa de Osos. "Me da pena decir que soy poeta porque para eso se necesita un compromiso más grande del que yo he tenido, pero el resultado de mi vida ha sido hacer poesía", dice María con la humildad que caracteriza a los buenos artistas.

De hecho, su estilo al hablar dice bien de su obra escrita. Ahí se conocieron. Duraron 20 años de casados, tuvieron 2 hijos -Helena María y Rodrigo José-, y en medio de toda esa experiencia y la fama del Maestro a finales de los años ochenta, tras haber echo el homenaje a la raza antioqueña que actualmente se encuentra en la Plazoleta de la Gobernación de ese departamento, apareció el secuestro.

Esa fue la obra que lo convirtió en un personaje apetecido de los grupos guerrilleros y la delincuencia común, que iniciaban a lucrarse con la extorsión. Un día de octubre de 1987, en algún punto de la vía que comunica a Fredonia con Medellín, siete hombres, "como de la ciudad", cerraron el paso.

Detuvieron el carro. Obligaron a que la familia descendiera. De nada sirvió que el Maestro les hablara como en sus mejores épocas, cuando militaba en la izquierda colombiana, y recurriera al mismo lenguaje de ellos.

"Él pensaba que eran sus 'camaradas', pero los hombres se quedaban en silencio y apenas se miraban entre si". Al principio, la pequeña Helena María -de ocho años- al ver que jalonaban a su padre, se abalanzaba contra los captores como disparada por el violento resorte de sus músculos. Los mordía con todo el peso de su rabia y de su cuerpo. "Supuestamente, apenas terminara el trabajo, lo iban a liberar y nos pareció que sería verdad porque ocho días antes, habían matado a (Jaime) Pardo Leal, el dirigente de la Unión Patriótica (UP) y pensamos que querían hacerle una escultura", recuerda su viuda.

María Helena, sus dos hijos y su esposo fueron apartados de súbito. La dejaron sola, perdida en medio de la montaña. Al llegar a Medellín, tuvo que renunciar a su trabajo como maestra de escuela para dedicarse a recoger el dinero que le exigieron después por teléfono: 200millones de pesos.

En la cuenta bancaria sólo habían 200 mil pesos de la época -"como millón y medio hoy"-. Debió renunciar y ponerse a fundir en bronce las pequeñas réplicas de las diferentes obras de Arenas y salir a venderlas en la calle con el fin de reunir el dinero.

Mientras tanto, la Policía intentaba localizar a los captores interceptando el teléfono de la casa. "Quienes se lo llevaron pensaron que tenía la plata en el bolsillo. No calcularon que cuando uno termina una obra el dinero está invertido en el trabajo. Definitivamente, ellos confundieron las fama con dinero",dice María.

El pago
Luego de tres meses sin descanso el dinero estaba listo. Contactaron al médico del maestro, Jorge Franco Vélez. La orden era amarrar a un maletín la tula con la extorsión en un lugar donde pasaba una quebrada. La Policía estaba enterada. "Al ver que nadie se acercó a recoger el dinero, la Policía encontró una cantidad de lazos: resulta que halaron la bolsa desde otra montaña y cuando se percataron, sólo encontramos al otro extremo de la cuerda las huellas de un carro".

Era 31 de diciembre. Supuestamente, el Maestro sería liberado antes del año nuevo, pero apareció seis días después, con una mirada horrorizada, la cara demacrada y "caído de la rasca porque se pegó de una botella de aguardiente hasta quedar inconsciente".

Pero antes abrazó a sus hijos y su esposa sin soltar un costal que tenía amarrado al brazo; ahí estaba el legado de su obra en cautiverio, un testimonio diferente a los conocidos hasta el momento.

"Me entregó el costal. Me dijo: 'mira, esto tienes que guardarlo muy bien'. Al día siguiente vi, por primera vez, sus dibujos y las cientos de hojas que escribió".

Días después, en su taller en Medellín, hizo lo que sería su obra más importante, una figura dramática con icopor, plásticos y alambre de púa; un torso masculino rodeado con flores y helechos unidos entre sí a la figura,  en un efecto óptico infinito que, para algunos, representa una premonición hace 21 años de los secuestrados.

"Admiro a las familias que añoran la libertad de los suyos tras 10 años de secuestro. Yo estaría desesperanzada de que ocurriera un milagro", confiesa María Helena, lista para poner una pequeña parte la obra de su esposo en un foro sobre secuestrados del Eln en Bogotá.

Del secuestro a la muerte
La adicción al licor del Maestro Arenas terminó con él. Un cáncer se lo llevó en menos cinco meses. "Decía que su concepto sobre el hombre había cambiado con el secuestro. Aprendió a que la muerte era su compañera junto con el amor y la libertad".

Para María, el Maestro no pudo superar el secuestro. La estética de su trabajo en adelante se relacionó siempre con la muerte. No obstante, siempre pudo más en el Maestro Arenas, su intención por dejar un legado sobre los horrores del cautiverio.

Inclusive, este interés fue más grande que cualquier intención por salir del país y dejar todo atrás.