HISTÓRICO
DE LA IMPUNIDAD AL CASTRISMO
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Por ÁLVARO URIBE VÉLEZ | Publicado el 19 de abril de 2013

"Es mejor que la oposición de Venezuela no gane ahora, el país está dividido por la mitad, más adelante, con una economía más deteriorada, el triunfo será más nítido, con mayor margen", me decía hace poco un interlocutor. Eso podría ser en una democracia transparente, pero el régimen de Maduro aplica aquella fórmula castrista según la cual el socialismo solamente puede permitir elecciones cuando todo esté controlado para no perder.

La consolidación de la dictadura en el hermano país, sobre los hombros de la democracia mancillada, en medio de la crisis económica y la insostenibilidad de las políticas sociales, puede ser irreversible, por décadas, como lo han sido modelos similares. Por eso se necesita una reacción continental y mundial que por ahora no se vislumbra en América Latina.

Los organismos multilaterales y muchos países exigieron la renuncia de Fujimori y la convocatoria a nuevas elecciones en Perú; sancionaron a Honduras e hicieron caso omiso sobre la intervención del Gobierno de Venezuela, a través del dinero del petróleo, como causante de la crisis; algunos mantienen en aislamiento a Paraguay por la aplicación de una norma constitucional de remoción del Presidente. Pero, en Venezuela hay denuncias repetidas de corrupción y manipulación electoral, de vergonzosa inequidad en la campaña presidencial, de golpes de estado al Congreso, y muchos aprueban, unos por afinidad política y otros por intereses económicos.

El Presidente de Colombia era el periodista y el ministro más radical contra la dictadura del generador de Maduro, y se convirtió en su mejor validador. Siento pena cuando una dama de Venezuela, en un aeropuerto, me dice "dígale al Presidente Santos que ya pagamos los 800 millones de dólares, que no apoye más a la dictadura". Habría sido mejor financiarlos a 40 años que comprometer la consistencia con los valores democráticos. El éxito de la seguridad democrática, determinante en la elección del Presidente, se venía construyendo contra el poder venezolano, anfitrión del terrorismo.

Tal vez el cálculo de la reelección o del pedestal de la historia condujeron al giro del Gobierno. Al dejar a un lado estas especulaciones, aparece un tema de fondo, entre muchos: la impunidad y elegibilidad política de terroristas. Seguramente Maduro, Castro y los voceros del Foro de Sao Paulo dirán a los cabecillas de las Farc que negocien porque no encontrarán a alguien, como el Presidente Santos, que les confiera tal impunidad y les abra el camino del poder. Además, los avezados consejeros saben advertir que un Gobierno, que no tiene genuino afecto de integración al pueblo, será fácilmente derrotado en 2018 por los beneficiarios de su juego de impunidad. Y agregarán que habrá advenimiento del Castrismo por la vía electoral para lograr el desastre que poco a poco se consolida en Venezuela, y que después eliminarán las elecciones para que no haya regreso por la escalera de la democracia.

Qué peligro el juego de gobiernos que calculan sus conveniencias, pero, ante el pueblo, son impredecibles.